Partitura
grandiosa, exuberante y monumental los Gurre-Lieder de Arnold Schönberg
(1874-1951) vuelven al Teatro alla Scala después de medio siglo. La única vez que esta extraordinaria obra maestra
se pudo escuchar en la sala del Piermarini fue en 1973 bajo la baqueta de Zubin
Mehta. De compleja realización e interpretada
raramente a causa de las enormes dimensiones del conjunto previsto, los
Gurre-Lieder fueron programados en el teatro milanés en ocasión del 150 aniversario
del nacimiento del compositor. Además de
la Orquesta y el Coro del Teatro alla Scala, estuvo también involucrado el coro
Chor des Bayerischen Rundfunks. Fueron compuestos ente 1900 y 1911 en un
periodo de profundos cambios y renovación de su estilo propio, y su debut tuvo
lugar en la sala Grosser Musikvereinssaal de Viena, en febrero de 1913, con un éxito
triunfal. Aunque el musico vienes poco a poco metió a punto la técnica innovadora
de componer con los doce sonidos (dodecafonía, como el no amaba que fuese
llamada), nunca los negará. Por el contrario, los consideraría un hito fundamental
en la evolución de su propio lenguaje. Utilizando
las palabras del propio Schönberg: "Esta obra es la clave de toda mi
evolución y me hace entender cómo todo en continuación iba a suceder así".
Los Gurre-Lieder son una partitura de claro sello tardo romántico impregnado de
wagnerismo hasta la médula, probablemente el último homenaje a un período de la
historia de la música que entonces se acercaba a su ocaso. ¡Cómo no encontrar
en la leyenda nórdica y muerte entre el rey Waldemar y la delicada Tove, ecos
tristanianos! Pero también Brahms y Mahler fueron modelos para Schönberg, el
cual logró transportar al oyente a un mundo poético naturalístico de belleza interior,
y supo seducir con un uso sapiente de los timbres orquestales. Un manejo virtuosístico de la técnica del
Leitmotiv luego sirve de unión para los diversos episodios vocales que se
suceden intercalados por breves e intensos interludios. En el podio Riccardo Chailly mantuvo con
firmeza y rigor las riendas de la imponente partitura, sin ceder a efectos
decadentes fáciles, exhibiendo una carga dramática explosiva y capturando sobre
todo los aspectos expresionistas de la partitura, partitura que nos sumergió en
una atmósfera nocturna y visionaria. Por tanto, Chailly miró hacia adelante, viendo
lo que habría sido, y esto se notó especialmente en la tercera parte de la
obra, instrumentada por Schönberg tras sus primeras experiencias atonales.
Aquí, el director milanés regaló páginas de rara complejidad y tensión
dramática con extrema lucidez y nitidez. Cada interludio fue cincelado a través
de un análisis meticuloso y refinado. Chailly supo mantener siempre viva la narración,
estimulando, incitando, y exhortando implacablemente a la óptima Orquesta del
Teatro alla Scala. De alto nivel estuvo
el elenco: en el que Andreas Schager personificó a un Waldemar con voz
segura, robusta, y con un squillo fuera de lo común. Probablemente Schager es
el único y verdadero Heldentenor hoy en día.
El tenor alemán superó con aparente simplicidad las dificultades que están
diseminadas en su parte llegando a lo más alto con naturaleza. Camilla Nylund
experta en el canto wagneriano, mostró un hermoso timbre y musicalidad perfeccionando
las preciosas frases musicales confiadas a la dulcísima Tove. Acento esculpido
y perfecta dicción tuvo Okka von der Damerau, quien cantó la pieza más
celebre, Lied der Waldtaube (Canto de la paloma del bosque) con intensidad, emoción
y teatralidad, esa teatralidad de la que efectivamente no careció Michael
Volle, quien también es un celebre interprete wagneriano (y que será Wotan en
el próximo Ring scaligero), interprete que aquí tuvo dos papeles en la tercera
parte de la obra: el campesino y la voz recitante en el episodio en forma de melólogo,
un episodio en el que la recitación toma la forma de una especie de Sprechgesang,
abriéndose así a esas nuevas perspectivas en la relación entre la palabra y la
música que Schönberg supo aprovechar al máximo en los años posteriores. Volle
con su timbre cálido y viril puso en evidencia un canto matizado y
comunicativo. Norbert Ernst se desenvolvió
con agilidad, ligereza y humorismo en la parte del Bufón Klaus. Y aquí, finalmente, el merecido aplauso para Alberto
Malazzi y Peter Dijkstra por haber preparado a sus dos coros, con lo
mejor de sus posibilidades, en páginas muy intricadas y de grande dificultad,
para una velada que será seguramente para recordar.
Opera-Musica Foto: Die Feen - Wagner - Théâtre du Châtelet, Paris - 04/2009(c) Marie-Noëlle Robert.
Wednesday, September 18, 2024
Gurre-Lieder en Milán
Gurre-Lieder di Arnold Schönberg - Teatro alla Scala
Massimo Viazzo
Partitura
grandiosa, lussureggiante, monumentale, i Gurre-Lieder di Arnold Schönberg
(1874-1951) tornano al Teatro alla Scala dopo mezzo secolo. L’unica volta che
questo straordinario capolavoro si è potuto ascoltare nella sala del Piermarini
fu nel 1973 sotto la bacchetta di Zubin Mehta. Di complessa realizzazione ed
eseguiti raramente a causa delle enormi dimensioni dell’organico previsto, i
Gurre-Lieder sono ora stati programmati nel teatro milanese in occasione dei
150 anni dalla nascita del compositore. E oltre all’Orchestra e al Coro del
Teatro alla Scala è stato coinvolto il Chor des Bayerischen Rundfunks. Furono
composti tra il 1900 e il 1911 in un periodo di profondi cambiamenti e di
rinnovamenti del proprio stile, e la première ebbe luogo nel Grosser
Musikvereinssaal di Vienna nel febbraio del1913 con un successo trionfale.
Anche se il musicista viennese a poco a poco metterà a punto la innovativa
tecnica di composizione con i dodici suoni (dodecafonia, come lui non amava
fosse chiamata), non li rinnegherà mai. Anzi, li considererà una tappa
fondamentale nell’evoluzione del proprio linguaggio. Usando le parole di
Schönberg stesso «quest’opera è la chiave della mia intera evoluzione e fa
comprendere come tutto in seguito doveva accadere così». I Gurre- Lieder sono
una partitura di chiaro stampo tardo romantico intrisi di wagnerismo fino alle
midolla, probabilmente l’ultimo omaggio ad un periodo della storia della musica
che volgeva ormai al crepuscolo. Come non ritrovare nella leggenda nordica di
amore e morte tra il Re Waldemar e la leggiadra Tove, echi tristaniani! Ma
anche Brahms e Mahler fungono da modelli per Schönberg, il quale riesce a
trasportare l’ascoltatore in un mondo poetico naturalistico di bellezza
interiore, e sa sedurre con un uso sapiente della timbrica orchestrale. Un
utilizzo virtuosistico della tecnica del Leitmotiv fa poi da collante ai vari
episodi vocali che si susseguono inframmezzati da brevi e intensi interludi.
Sul podio, Riccardo Chailly ha tenuto le redini dell’imponente partitura con
fermezza e rigore, senza cedimenti a facili effetti decadenti, esibendo una
carica drammatica esplosiva e cogliendo soprattutto gli aspetti espressionisti
della partitura, partitura che ha immerso in un clima notturno e visionario.
Chailly quindi ha guardato in avanti, ha guardato a ciò che sarebbe stato. E
questo si nota soprattutto nella terza parte dell’opera, strumentata da
Schönberg dopo le prime esperienze atonali. Qui Il direttore milanese ci
restituisce pagine di rara complessità e tensione drammatica con estrema
lucidità e nitidezza. Ogni interludio è stato cesellato attraverso un’analisi minuziosa
e raffinata. Chailly ha saputo mantenere sempre viva la narrazione stimolando,
incitando, spronando senza sosta l’ottima Orchestra del Teatro alla Scala. Di
alto livello il cast: Andreas Schager ha impersonato Waldemar con voce sicura.
robusta e uno squillo fuori dal comune. Probabilmente Schager è l’unico vero
Heldentenor del giorno d’oggi. Il tenore tedesco ha superato con apparente
semplicità le difficoltà di cui è disseminata la sua parte venendone a capo con
naturalezza. Camilla Nylund, esperta nel canto wagneriano, ha mostrato una
bella timbrica e musicalità nel rifinire le preziose frasi musicali affidate
alla dolcissima Tove. Accento scolpito e dizione perfetta per Okka von der
Damerau che ha cantato il brano più celebre, Lied der Waldtaube (Canto della
colomba del bosco), con intensità, emozione e teatralità. Una teatralità che
non è mancata certo a Michael Volle, anche lui celebrato interprete wagneriano
(e che sarà Wotan nel prossimo Ring scaligero), interprete qui di due ruoli
nella terza parte del lavoro: il Contadino e la Voce recitante nell’episodio in
forma di melologo, un episodio in cui la recitazione prende le forme di una
sorta di Sprechgesang, aprendosi così verso quelle nuove prospettive nel
rapporto tra parola e musica che Schönberg saprà sfruttare al meglio negli anni
a venire. Volle con la sua timbrica calda e virile ha messo in mostra un canto
sfumato e comunicativo. Norbert Ernst si è districato con agilità, leggerezza e
umorismo nei panni del Buffone Klaus. Ed ecco, infine, il meritato applauso ad
Alberto Malazzi e Peter Dijkstra per aver preparato i loro due cori al meglio
delle loro possibilità, in pagine intricatissime e di grande difficoltà, per
una serata che sarà sicuramente da ricordare!
Tuesday, June 6, 2023
Sinfonía de los Mil en Milán
Massimo Viazzo
“No he escrito nunca algo parecido, en contenido y en estilo, es algo completamente diferente a mis otras obras, y sin duda es la cosa más grande que he hecho. Quizás no he trabajado nunca bajo el impulso de tal imposición, fue como una visión relámpago: de repente todo estaba ante mis ojos y me bastaba ponerlo en papel, como si me lo hubieran dictado…” Estas fueron las palabras con las cuales Gustav Mahler comentaba la creación de su sinfonía más problemática y más grandiosa, la Sinfonía n. 8 en mi bemol mayor, un monumento erigido al espíritu creador y al amor, una obra inesperadamente optimista al interno de una producción generalmente de señal opuesta (y que aún hoy hace fruncir la nariz a algunos críticos y comentaristas), sinfonía constituida en dos partes, aparentemente heterogéneas, el Veni Creator Spiritus en latín y la escena final del Faust de Goethe en alemán, pero temáticamente y musicalmente entrelazadas de manera indisoluble. Mahler previó para su obra un orgánico inmenso: dos grandes coros un coro de voces blancas, ocho solistas y una orquesta interminable, fue así, que continuación la sinfonía fue llamada “Sinfonía de los Mil”. Por ello, se intuye que las dificultades que se afrontan para programarla en una temporada de conciertos no son pocas, y es por ello que su ejecución en vivo es una ocasión rara y preciosa. En el Teatro alla Scala llegó por tercera ocasión, después de que la dirigiera Hermann Scherchen en 1962 y Seiji Ozawa en 1970. Esta vez fue Riccardo Chailly, el director musical del teatro, quien presentó esta imponente partitura uniendo su Orquesta y Coro del Teatro alla Scala (dirigido por Alberto Malazzi) con el Coro del Teatro la Fenice de Venecia, dirigido por Alfonso Caiani, y el Coro di Voci Bianche dell’Accademia del Teatro alla Scala, que dirige Bruno Casoni, así como a los solistas de canto Ricarda Merbeth (Magna Peccatrix), Polina Pastirchak (Una poenitentium), Regula Mühlemann (Mater gloriosa), Wiebke Lehmkuhl (Mulier Samaritana), Okka von der Damerau (Maria Aegyptiaca), Klaus Florian Vogt (Doctor Marianus), Michael Volle (Pater ecstaticus) y Ain Anger (Pater profundus). En esta ocasión, la Scala inauguró también su nueva concha acústica realizada por Suono Vivo. Chailly tiene un vínculo particular con las sinfonías mahlerianas habiéndolas dirigido tantas veces, pero en particular, con esta partitura, con la que ha instaurado un vínculo muy estrecho desde que, siendo un joven director, estuvo casualmente como asistente en los ensayos de la edición de 1970 dirigida por Seiji Ozawa. Chailly quedó literalmente fulgurado, que se convirtió con el tiempo en unos de los máximos expertos de la Sinfonía de los Mil. Esta la de Scala, fue su octava ejecución ¿Es un record? Probablemente sí. Aquí, Chailly realizó una ejecución muy eficiente, gobernando con atención y lucidez los planos sonoros distribuidos entre los ejecutores. La orquesta, el coro y los solistas mostraron gran dedicación y profesionalismo sin nunca caer en una rutina que de poco serviría para una pieza como esta. El gesto de Chailly fue preciso y neto, también enérgico, algo fundamental para dar seguridad a todos en una obra tan ardua y compleja. El Veni Creator Spiritus que abre la sinfonía fue afrontado de manera directa. una irrupción de lava de sonido corpulento y compacto que incendia las líneas musicales en un fraseo esculpido y granítico, nunca excesivamente triunfalista, y sobre todo con un ejemplar control de la polifonía. Sin embargo, Chailly también supo diluir los sonidos cuidando los detalles con refinamiento, y esto se percibió sobre todo en la segunda parte, la que se basa en textos tomados del Fausto de Goethe. Aquí, los episodios solistas (de aplaudir, entre otros, la intervención del barítono Michael Volle, viril y muy timbrado, de la mezzosoprano Wiebke Lehmkuhl por su voz bruñida y muy comunicativa, y de la soprano Regula Mühlemann radiante y muy luminosa) se anidaron en las texturas orquestales y corales con una visión coherente proyectada constantemente hacia lo alto, y hacia aquel final en el que se habían alcanzado momentos de alienadora, seductora y humana belleza. Es verdad que, no obstante, la presencia de la nueva concha acústica se notaron algunos efectos de saturación sonora, pero es innegable que la interpretación de esta sinfonía, que no parece adaptarse a un escenario como el de un teatro de ópera, se haya valido de esa atmosfera única e irrepetible que se percibe en la Scala. El triunfo de la noche es el triunfo de Chailly, el director musical del teatro, que imperiosamente llevó las riendas de la gigantesca y poderosa partitura mahleriana con una conciencia y una responsabilidad que le hacen honor.
Sinfonia 8 di Gustav Mahler - Teatro alla Scala
Massimo Viazzo
“Non
ho mai scritto nulla di simile, nel contenuto e nello stile è qualcosa di
completamente diverso dagli altri miei lavori, ed è certamente la cosa più
grande che ho fatto. Forse non ho mai lavorato sotto l’impulso di una tale
costrizione, è stata come una visione fulminea: improvvisamente tutto stava
davanti ai miei occhi e mi è bastato porlo su carta, come se mi fosse stato
dettato...”. Queste sono le parole con le quali Gustav Mahler commentava la
creazione della sua sinfonia più problematica e più grandiosa, la Sinfonia n. 8
in Mi bemolle maggiore, un monumento eretto allo spirito creatore e all’amore,
un’opera imprevedibilmente ottimistica all’interno di una produzione
generalmente di segno opposto (e che fa ancora oggi storcere il naso ad alcuni
critici e commentatori), sinfonia costituita da due parti apparentemente
eterogenee, il Veni Creator Spiritus in latino e la Scena Finale del Faust di
Goethe in tedesco, ma tematicamente e musicalmente indissolubilmente
intrecciate. Mahler previde per il suo lavoro un organico immenso: due grandi
cori, un coro di voci bianche, otto solisti e un’orchestra sterminata, tanto
che in seguito la sinfonia venne denominata «Sinfonia dei Mille». Si intuisce
quindi che le difficoltà da affrontare per programmarla in una stagione concertistica
non siano poche. E quindi una sua esecuzione live resta un’occasione rara e
preziosa. Al Teatro alla Scala giunge per la terza volta, dopo quelle firmate
da Hermann Scherchen nel 1962 e da Seiji Ozawa nel 1970. Questa volta è stato
Riccardo Chailly, il direttore musicale del teatro, a presentare l’imponente
partitura unendo la sua Orchestra e il Coro del Teatro alla Scala diretto da
Alberto Malazzi con il Coro del Teatro la Fenice di Venezia diretto da Alfonso
Caiani, il Coro di Voci Bianche dell’Accademia del Teatro alla Scala diretto da
Bruno Casoni e con i solisti di canto Ricarda Merberth (Magna Peccatrix),
Polina Pastirchak (Una poenitentium), Regula Mühlemann (Mater gloriosa), Wiebke
Lehmkuhl (Mulier Samaritana), Okka von der Damerau (Maria Aegyptiaca), Klaus
Florian Vogt (Doctor Marianus), Michael Volle (Pater ecstaticus) e Ain Anger
(Pater profundus). Nell’occasione la Scala ha anche inaugurato la nuova camera
acustica realizzata da Suono Vivo. Chailly ha un particolare legame con le sinfonie
mahleriane avendole dirette più volte. Con questa partitura, in particolare, si
è instaurato un legame strettissimo fin da quando, da ragazzo, il direttore
quasi casualmente assistette alle prove dell’edizione del 1970 diretta da
Ozawa. Chailly rimase letteralmente folgorato e divenne nel tempo uno dei
massimi esperti della Sinfonia dei Mille. Questa scaligera è la sua ottava
esecuzione. Un record? Probabilmente sì. Chailly organizza un’esecuzione molto
efficiente, governando con attenzione e lucidità i piani sonori distribuiti tra
gli esecutori. Orchestra, cori e solisti mostrano grande dedizione e
professionalità senza mai cadere in una routine che poco gioverebbe ad un pezzo
come questo. Il gesto di Chailly è preciso e netto, anche energico, cosa fondamentale
per dare sicurezza a tutti in un lavoro così arduo e complesso. Il Veni Creator
Spiritus che apre la sinfonia è affrontato di petto, una colata lavica di suono
corposa e compatta che infuoca le linee musicali in un fraseggio scolpito e
granitico, mai eccessivamente trionfalistico, e soprattutto con un controllo
della polifonia esemplare. Chailly sa comunque anche stemperare le sonorità
curandone con raffinatezza i dettagli, e questo lo si percepisce soprattutto
nella seconda parte, quella basata sui testi tratti dal Faust di Goethe. Qui
gli episodi solistici (da applausi, tra l’altro, gli interventi del baritono
Michael Volle, virile e timbratissimo, del mezzosoprano Wiebke Lehmkuhl, dalla
voce brunita molto comunicativa, e del soprano Regula Mühlemann, radiosa e
luminosissima) si incastonavano sulle trame orchestrali e corali con una
coerente visione costantemente proiettata verso l’alto, verso quel finale in
cui si sono raggiunti attimi di straniante, seducente e umana bellezza. Vero è
che nonostante la presenza della nuova camera acustica si sono avvertiti alcuni
effetti di saturazione sonora, ma è innegabile che l’interpretazione di questa
sinfonia, che non pare adatta ad un palcoscenico come quello di un teatro
d’opera, si sia avvalsa di quell’atmosfera unica e irripetibile che si
percepisce alla Scala. Il trionfo della serata è il trionfo di Riccardo
Chailly, il direttore musicale del teatro, che ha imperiosamente tenuto le
redini della gigantesca e potente partitura mahleriana con una consapevolezza e
una responsabilità che gli fanno onore.
Wednesday, December 28, 2022
Tristán e Isolda en Los Ángeles
Ramón Jacques
The Tristan Project, estrenado en diciembre del 2004 bajo la conducción del entonces titular Esa Pekka-Salonen, y ofrecida durante la presente temporada, es uno de los programas más exitosos y ambiciosos concebidos por la orquesta Los Angeles Philharmonic (LA Phil). Se trata de la ejecución de la opera Tristán e Isolda de Richard Wagner en una versión semi-escénica, realizada sobre el escenario de la sala de conciertos Walt Disney Concert Hall, sede de la orquesta, con transmisiones multimedia proyectadas sobre una enorme pantalla colgante sobre los músicos. Esta es la tercera ocasión que la orquesta repone la ópera en Los Ángeles, ya que además del año de su estreno fue vista también en el 2007, y anteriormente, la ópera completa se había escuchado en versión de concierto en diciembre de 1987 con la dirección musical de Zubin Mehta. A diferencia de las ocasiones anteriores, donde se escuchaba la obra completa en una velada, se optó por separar sus tres actos para ofrecerlos en tres diferentes conciertos, en noches consecutivas, una idea poco acertada a mi parecer, ya que despojaron a la obra de unidad, y de la continuidad y fluidez que requiere, además de las evidentes complicaciones logísticas y monetarias, para el público que decidió y pudo asistir los tres días. Hablando de la parte visual y escénica del espectáculo, el creador de las proyecciones multimedia ya mencionadas, fue el artista visual Bill Viola, quien de manera paralela a lo que se escuchaba en la sala proyectó una serie de escenas de la vida actual, una pareja que representa a los personajes principales, así como elementos tales como el agua, la tierra y un intenso fuego rojo, que intentaban ir mas allá de la trama para adentrar al espectador en un supuesto subconsciente de ideas y filosofías que llevaron a Wagner a componer esta maravillosa obra. Sin duda, una secuencia de interesantes y brillantez imágenes para observar, pero que poco aportaron y por momentos distrajeron la atención de la parte musical y de la obra misma. Además, el célebre director escénico Peter Sellars, se encargó de los movimientos de los cantantes, algo que distó de ser una verdadera concepción actoral, ya que los cantantes se desplazan lentamente por el escenario teniendo poca interacción o dialogo actoral entre ellos. Si algo puede resaltarse de la mano de Sellars, fue el aprovechar los espacios que le permitió la sala de conciertos, colocando al coro y algunos instrumentistas en la parte más alta, y a los solistas, según el acto, a cantar desde los balcones laterales, entre el público, llenando la inmensidad de la sala y su buena acústica, de cierto misterio, quizás un guiño a cómo se pueden esperar los montajes a futuro, con la amplitud de las voces. La realidad es que al final, con elaboradas puestas escénicas o sin ellas, Tristán e Isolda brilla por si misma por la suntuosidad de su orquestación, que va labrando su intensidad hasta llegar al clímax, y por la destreza desplegada por los cantantes. Cabe señalar que esta nueva edición, originalmente anunciada para octubre del 2020, y pospuesta por la pandemia, debió ser dirigida de nueva cuenta por Esa Pekka-Salonen, pero por cambios en la agenda del ahora director de la San Francisco Symphony, Gustavo Dudamel, director de la LA Phil, se hizo cargo del reto de dirigir su primer Tristán e Isolda, título que dirigirá también en la opera de Paris. Dudamel se mostró como una director mesurado, cuidadoso y atento a cada detalle, a diferencia de la explosividad y excesivo entusiasmo que mostrara al inicio de su gestión con esta orquesta. Fue haciendo un trabajo preciso, que fue cincelando lentamente, haciendo crecer la intensidad y los decibeles. Sus cambios de ritmo y dinámica, al igual que la fuerza instrumental, parecían salirse de control por momentos, cubriendo las voces, pero en términos de una obra tan grandiosa, no cambian el resultado y la explosión de júbilo que suscitó entre el público. La orquesta mostró cohesión aportando su valía al espectáculo. El elenco contó con la soprano finlandesa Miina-Liisa Värelä en el papel de Isolda, de voz amplia, potente, algo rígida en su registro agudo, pero una cantante solvente y segura. El tenor sueco Michael Weinius fue un expresivo Tristán, de grato timbre y color que supo administrar bien la voz y sacó provecho a los extensos descansos entre cada acto, para dar mayor intensidad e ímpetu en los actos subsecuentes. La mezzosoprano Okka von der Damerau, dio vida a una conmovedora y apasionante Brangäne, una voz oscura de natural dulzura y brillante musicalidad, cualidades que pocas veces he escuchado en este repertorio. El bajo-barítono Ryan Speedo Greene, agradó como Kurwenal, por la calidad de su amplia, y profunda voz. No se puede decir lo mismo del bajo barítono Eric Owens, como el Rey Markle, quien padeció un poco por las exigencias del papel y la orquestación. Mostraron un buen desempeño, en resto de los personajes del elenco, los tenores Robert Stahley (Merlot), Arnold Livingston Geis (Pastor) y el barítono Ryan Wolfe (Timonel). Una mención va para el coro Los Angeles Master Chorale, por sus seguras intervenciones. Otro importante evento operístico programado por la orquesta en enero del 2023, reprogramado de febrero del 2021, será el estreno local de la ópera Girls of the Golden West, del compositor John Adams, quien celebrando su cumpleaños 75, asumirá la dirección orquestal.
Thursday, October 20, 2016
Die Meistersinger en Múnich
Wednesday, August 31, 2016
West side story à la Wagner with happy end - Die Meistersinger von Nurnberg at the National Theatre in Munich State Opera Festival
Tuesday, August 9, 2016
Sachs and the City – Richard Wagner’s Meistersinger von Nürnberg in Munich, July 28 2016
Suzanne Daumann
Sachs and the City – une production décevante des Maîtres Chanteurs à Munich, le 28 juillet 2016
Suzanne Daumann

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