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Friday, October 26, 2018

La Finta Giardinera de Mozart en el Teatro alla Scala de Milán


Foto: Brescia&Amisano - Teatro alla Scala Milano

Massimo Viazzo

La Finta Giardinera, el drama jocoso que fue compuesto por Mozart a los 19 años, y que fue estrenado en el Salvatortheater de Múnich en enero de 1775, se representó en el Teatro alla Scala por segunda ocasión. De hecho, se recuerda una producción de 1970 (repuesta en 1971), que no se montó en la sala del Piermarini sino en el de la Piccola Scala, el histórico teatro adyacente a la Scala, cerrado en los años 80 y que fue testigo de muchos espectáculos históricos.  Al escuchar la música de esta ópera uno queda sorprendido, ya que Mozart deja aquí claro lo que seria su teatro futuro.  En la Finta Giardinera se encuentran, tanto arias como fragmentos concertati (de altísimo nivel en el final del primero y del segundo acto) que son un preludio de lo que seria compuesto en las obras de su madurez.  Es verdad que el libreto es bastante convencional como también lo son las situaciones incluidas en la trama, pero el compositor salzburgués logra frecuentemente sorprender por la calidad del desarrollo musical.  Nos encontramos frente a una pequeña obra maestra que, con salvo algunos pasajes muy largos, parece justo un bosquejo preparatorio de sus obras maestras sucesivas.  
La producción escénica provino de Glyndebourne y lleva la firma de Frederic Wake-Walker quien ambientó la ópera en un salón del castillo de Nymphenburg. Aparentemente se trata de un lugar cerrado, pero con toques magistrales por la iluminación de Lucy Carter, y con decoraciones y estucos de arboles en las paredes y en el techo, en una sala que se convierte en un jardín-laberinto en el que las pasiones de los protagonistas se manifiestan de la mejor manera. La idea de la dirección escénica fue que en la primera parte todos cantaran y recitaran como si tuvieran una máscara. Son todos ‘falsos’ (finti) como la ‘giardinera’ del título, utilizando movimientos estereotipados y mecánicos, para representar una voluntad de mistificar los verdaderos sentimientos de cada uno de ellos. Pero cuando aparece la ‘locura’, finalmente los ‘personajes’ pueden convertirse en ‘hombres’ y verse a los ojos, redescubriendo así sus verdaderas emociones. Diego Fasolis a la cabeza de la orquesta barroca del Teatro alla Scala, supo imprimir dinamismo, vivacidad y fantasía a la partitura mozarteana. En los momentos más tiernos e íntimos sostuvo a los cantantes con suavidad y transparencia.  Al éxito de la velada contribuyó también un elenco de buen nivel tanto vocalmente como a nivel escénico, así estuvo la pareja de medio-personajes Sandrina-Belfiore interpretada por Hanna-Elizabeth Müller y Bernard Richter, la pareja seria Arminda-Ramiro cantada por Anette Fritsch y Lucia Cirillo en travesti, y la pareja bufa Serpetta-Nardo personificada por Giulia Semenzato y Mattia Olivieri.  A su vez, quedó un poco monocorde la prueba de Krešimir Špicer en el papel de Don Anchise. El tenor croata mostró una línea de canto poco homogénea y estuvo muy forzado su timbre.


Saturday, April 21, 2018

Il Ritorno di Ulisse en Toronto

Fotos: Bruce Zinger

Giuliana Dal Piaz

La puesta en escena de Il Ritorno di Ulisse (El retorno de Ulises) de Claudio Monteverdi, que Opera Atelier presenta en estas fechas en Toronto, es un ambicioso proyecto en el que veo – sobre todo en su  primera parte – dos fallas importantes: los personajes que entran en escena corriendo sin necesidad, contra toda regla teatral ante el enfoque trágico-moralizador de la obra, y la anticuada gestualidad de los intérpretes, inaceptable a los ojos de un público menos indulgente que la generosa audiencecanadiense. Me parece también inadmisible el hecho de que ninguno de los cantantes, con la excepción de Ulises, pueda pronunciar el texto italiano de manera correcta y comprensible: para los intérpretes de ópera barroca, es indispensable tener al menos una pasable familiaridad con el italiano, siendo éste la lengua por antonomasia del período musical histórico al que se dedican. El escenógrafo Gerard Gauci y la directora de luces Michelle Ramsay llevan a cabo una óptima labor con las posibilidades del histórico Elgin Theatre, y el director Marshall Pynkoski encuentra buenas soluciones para los aspectos “mágicos” de la trama, con Júpiter dialogando con Neptuno ex-machina y la llegada a Ítaca en vuelo de Telémaco, o con la roca que baja en el escenario para ocultar a Ulises mientras se transforma de mendigo en rey. No puedo alabar de la misma forma al vestuarista Michael Legouffe, que de plano no renuncia a “apretar” a cantantes y bailarines en estrechos corpiños y leotardos ceñidos. La ópera original tenía una duración de 3 horas y media abundantes, inaceptables hoy en día. Así que bien hizo el director en abreviar la obra con una serie de cortes hábilmente aportados y acordados con el director de orquesta, sin que se alterara de manera relevante la acción o la belleza del melodrama. Sin embargo, la decisión de transformar al antiguo siervo de Ulises, Eumete, en un jovencito de la misma edad que Telémaco (¿por qué?), y de eliminar, quizás incluso para ahorrar, al icástico personaje de Iro, hace desaparecer unos elementos útiles a la atmósfera de la acción... 
El Retorno es una de las obras tardías de Monteverdi, creada para el teatro San Cassiano de Venecia en 1740, cuando el compositor ya estaba viejo, apenas 3 años antes de su muerte. El libreto de Badoaro refleja bien – como en las palabras de Mercurio, otro personaje eliminado del cast: “Vive cáuto, o mortal, que camina la vida y el tiempo vuela...” –, el estado de ánimo del autor cuando se dedica a poner en música la parte conclusiva de la Odisea, con sus protagonistas ya maduros, desgastados por veinte años de vagancia en lucha con el Hado, el uno, y por una infinita, dolorosa espera, los otros. La orquestación del Mº David Fallis es impecable, así como la ejecución de los 17 instrumentistas. Una excelente interpretación la proporcionan, tanto desde el punto de vista vocal como a nivel actorial, el tenor Kresimir Spicer (Ulises), la soprano Carla Huhtanen (Melanto/la Fortuna) y la mezzo-soprano Laura Pudwell (la nodriza Euriclea, que brilla en su monólogo: “Ericlea, ¿qué harás? ¿Callarás o hablarás?). Decepciona un poco, en la primera parte del espectáculo, la mezzo-soprano Mireille Lebel(Penélope), que sin embargo vuelve a encontrar el justo ritmo teatral y vocal en la segunda parte. Son buenos los bajo-barítonosStephen Hegedus (muy teatral en el papel de Neptuno, pero fuerza y timbre de su voz son satisfactorios) y Douglas Williams(Antínoo/un marino/el Tiempo). También convence el tenor Isaiah Bell (un gallardo Eurímaco /un marino/ la Humana Fragilidad – luce demasiado retórico en este último rol), mientras que no satisfacen ni la soprano Meghan Lindsay (Minerva/Amor) ni los demás tenores: entre ellos, Kevin Skelton (Anfínomo/Júpiter) tiene la mejor voz por su timbre dulce y la correcta impostación, pero le falla la potencia necesaria. En las producciones de Opera Atelier, siempre hay números de baile, resultando éstos bien hechos pero estereotipados, a pesar de que, a lo largo del tiempo, el Cuerpo de baile ha ganado en soltura y cierta “sprezzatura”. La vida activa de un bailarín tiene a su disposición un arco de tiempo bastante limitado y definido: hay una persona, en cambio, que prefiere volverse la Gloria Swanson del balet, resultando casi un obstáculo, en vez que una contribución, al fluído deslizarse de los bailarines en el escenario; debería sabiamente limitarse a la ideación de las coreografías, en vez de seguir contando con la indulgencia de un público que la quiere por lo que fue, mucho menos por lo que es ahora. Sobre todo teniendo en mente que pronto Opera Atelier se presentará al Festival Rossini en Pesaro (con Richardo y Zoráides) y en la Royal Opera House de Versailles...

Sunday, November 27, 2016

Le Nozze di Fígaro en el Teatro alla Scala de Milán

Foto: Brescia&Amisano - Teatro alla Scala

Massimo Viazzo

Después de 30 años de “honorable servicio” el Teatro alla Scala de Milán mando al retiro la gloriosa Nozze di Fígaro con la dirección de Giorgio Strehler, una memorable unión de teatralidad, exuberancia, refinamiento y garbo.  Pero el espectáculo que lo ha reemplazado ha sido el firmado por Frederic Wake-Walker, por lo que las que quejas no son pocas.  Sí, porque esta nueva producción, basada e interpretada con situaciones del “teatro dentro del teatro” ya vistas y equivocadas, con vestuarios en general tradicionales, ni bonitos ni feos, y escenas apaciblemente inocuas, no convenció ni por la fluidez dramática ni por la elegancia visual.  Todo transcurrió como algo ya visto, sin sorpresas o estímulos.  Giorgio Strehler vencería tranquilamente aun sin meter las manos.  Tampoco la dirección, confiada a Franz Welser-Möst, fue convincente y pareció un poco aburrida, rigurosa en algunos momentos y no estuvo siempre equilibrada en la relación entre el escenario y las voces.  Estas últimas,  en cambio, estuvieron decididamente a la altura de la situación, comenzado por el extraordinario Conde Almaviva de Simon Keenlyside cantado con verve, cuidado en el fraseo, perfecta dicción y redondeada emisión.  De verdad que fue una gran presentación la del barítono ingles.  También Markus Werba en el papel de Fígaro agradó por la seguridad y el control de su canto.  La Condesa fue interpretada por Julia Kleiter (quien sustituyó de último minuto a la indispuesta Diana Damrau).  La soprano alemana se mostró como una cantante bien educada y fina. Mismo caso que Golda Schultz que se reveló como una exuberante Susanna, aunque también con un timbre sombreado. Gustó mucho el Cherubino de Marianne Crebassa, la joven mezzosoprano francesa que mostró una voz bien proyectada y contó con genuina musicalidad.  Adecuados estuvieron los desempeños de Andrea Concetti, Anna Maria Chiuri y Kresimir Spicer en sus respectivos personajes de Don Bartolo, Marcellina y Don Basilio. 

Le Nozze di Figaro - Teatro alla Scala

Foto: Brescia & Amisano  Teatro alla Scala

Massimo Viazzo

Dopo più di 30 anni di “onorato servizio” il Teatro alla Scala di Milano  ha mandato in pensione le gloriose Nozze di Figaro con la regia di Giorgio Strehler, un memorabile connubio di teatralità, esuberanza, raffinatezza e garbo. Ma se lo spettacolo che è subentrato è quello firmato da Frederic Wake-Walker, allora i rimpianti non sono pochi. Sì, perché questo nuovo allestimento, basato e giocato su situazioni di “teatro nel teatro” già viste e straviste, con costumi tutto sommato tradizionali, né belli né brutti, e scene pacatamente innocue, non convince né per la fluidità drammatica né per l’eleganza visiva. Tutto scorre come qualcosa di già visto, senza sorprese e stimoli. Giorgio Strehler vincerebbe tranquillamente ancora a mani basse! Anche la direzione d’orchestra, affidata a Franz Welser-Möst, non ha convinto: è parsa un po’ noiosa, pesantuccia in alcuni frangenti e non sempre equilibrata nel rapporto palcoscenico-voci. Queste ultime, invece, sono parse decisamente all’altezza della situazione, a cominciare dallo straordinario Conte d’Almaviva di Simon Keenlyside cantato con verve, cura del fraseggio, dizione perfetta e rotondità di emissione.  Davvero una grade performance quella del baritono inglese. Anche Markus Werba nei panni di Figaro è piaciuto per la spigliatezza e la sicurezza del suo canto. La Contessa è stata interpretata da Julia Kleiter (sostituta dell’ultim’ora di una indisposta Diana Damrau).  Il soprano tedesco si è mostrata una cantante ben educata e fine. Come pure Golda Schultz  che si è rivelata una Susanna esuberante, ma anche ombreggiata timbricamente. E’ piaciuto molto anche il Cherubine di Marianne Crebassa: il giovane mezzosoprano francese ha mostrato una voce sempre ben proiettata e ha cantato con una musicalità genuina. Adeguate anche le prove di Andrea Concetti, Anna Maria Chiuri e Kresimir Spicer nei rispettivi ruoli di Don Bartolo, Marcellina e Don Basilio.  

Tuesday, May 24, 2016

Lucio Silla en Toronto

Foto:Bruce Zinger

Giuliana Dal Piaz 

Por invitación de Marc Minkowski se encargaron de la dirección teatral y de la coreografía de la ópera Lucio Silla de Mozart en el Mozartwoche de Salburzo en el 2013, en el Festival de Salzburgo en el 2014 y en el Teatro alla Scala en el 2015, ahora, Marshall Pynkoski y Jeannette Lajeunesse Zingg fundadores de Opera Atelier presentaron su propia producción en Toronto para concluir la 30 temporada de ópera barroca de la prestigiosa institución canadiense. Con la eficaz colaboración del escenógrafo Garard Gauci (escena y vestuarios) y de Michelle Ramsay en la iluminación, la puesta en escena gusto mucho al publico canadiense. Cuidada minuciosamente y eficaz desde el punto de vista teatral, para su presentación en el teatro Elgin la ópera requirió de una transformación de la escenografía inicialmente concebida por Antoine Fontaine para dos escenarios grandes. Gauci utilizó el recurso de una serie de cubiertas trompe-l'oeil que se alternaban al fondo, detrás de una escalinata corta, para sugerir diversas ambientaciones (el mausoleo, la casa de Silla, la prisión, el foro romano/campidoglio). Como se usaba en tiempos de Mozart y como lo quiso Fontaine para la edición europea, los personajes vestían como en el tardío siglo 18 encuadrados en una escenografía neoclásica. Solo el coro se presentó en escena con extraños vestidos monacales blancos, atemporales. Mesurada fue la gestualidad de los personajes, pero intensa para recrear la atmosfera dramática de la época. Lucio Silla es una de las tres óperas “milanesas’ del Mozart adolescente, comisionada por el Teatro Regio Ducal de Milán (que algunos años después adoptó el nombre de Teatro alla Scala) para dar inicio a la temporada del Carnaval 1772, que había iniciado inmediatamente después de navidad, la premier de la ópera tuvo lugar el 26 diciembre. Siguiendo las indicaciones de Minkowski, que desde la edición 2013 de la Semana de Mozart en Salzburgo, quiso abreviar y arreglar la partitura, fue eliminada la parte de Aufidi, y algunos recitativi acompgnati, así, nos encontramos frente a un elenco prácticamente femenino, con 4 sopranos aun para los papeles de Cecilio Metello y Cinna que se hubieran beneficiado del uso de mezzosopranos. Peggy Kriha Dye, soprano estadounidense, no mostró la extensión vocal que requería Cecilia y su personaje resultó en general plano y poco convincente. Tampoco dispuso de la amplitud y de la profundidad de la voz deseada la soprano Inga Kalna (Cinna) quien representó discretamente al ambiguo personaje que conspira contra Silla, y pareció más ‘amigo ‘de Cecilio de lo que quizás Gamerra había imaginado. Mireille Asselin fue una Celia vocalmente adecuada que aportó la vivacidad y la malicia necesaria a su personaje, y Meghan Lindsay no tuvo la extensión vocal suficiente para el papel y la pasión de Giunia, sobre todo para quien aprecio en Milán a Marianne Crebassa en ese papel. En el único papel de tenor, Kresimir Spicer-que en la Scala sustituyó al indispuesto Rolando Villazón- sus agudos estuvieron frecuentemente cerca del grito y su interpretación no fue convincente, resultando francamente desagradable como en el virtuosísimo del aria final “Se al generoso ardire”  Optimo fue el desempeño  de la orquesta y coro de la Tafelmusik Baroque Orchestra, dirigidos por David Fallis, como el cuerpo de ballet de Opera Atelier.

Sunday, April 10, 2016

Mozart - "Lucio Silla" - Opera Atelier e Tafelmusik Baroque Orchestra - Toronto

Foto:Bruce Zinger

Giuliana Dal Piaz

Su invito del direttore d'orchestra Marc Minkowski, avevano già firmato rispettivamente la regia teatrale e la coreografia dell'operaLucio Silla di Wolfgang Amadeus Mozart al Mozartwoche di Salisburgo nel 2013, al Festival di Salisburgo nel 2014 e infine al Teatro alla Scala nel 2015. Adesso Marshall Pynkoski e Jeannette Lajeunesse Zingg, fondatori e responsabili artistici di Opera Atelier,presentano la loro propria produzione a Toronto all'Elgin Theatre, dal 7 al 16 aprile, a conclusione della Stagione 2015-2016, la 30ª stagione d'opera barocca della prestigiosa istituzione canadese.  Con l'efficace collaborazione dello scenografo Gerard Gauci (scene e costumi) e della brava Michelle Ramsay alla direzione luci, la messa in scena di Opera Atelier è piaciuta molto al pubblico canadese: appare elegante, minuziosamente accurata, ed efficace dal punto di vista teatrale. Per la presentazione all'Elgin Theatre (costruito nel 1913 per spettacoli di vaudeville e proiezione di film muti), l'opera ha richiesto un'importante trasformazione della scenografia, inizialmente concepita da Antoine Fontaine per due palcoscenici molto grandi. Lo scenografo canadese Gauci ha quindi fatto ricorso ad una serie di velarî trompe-l'oeil, che si alternano sullo sfondo, dietro a una corta scalinata, per suggerire le differenti ambientazioni (il mausoleo, la casa di Silla, la prigione, il Foro romano/Campidoglio).Come si usava ai tempi di Mozart, e come già voluto da Antoine Fontaine per le edizioni europee, i personaggi sono in abiti del tardo settecento, inquadrati in una scenografia neoclassica. Solo i membri del coro si presentano qui in scena abbigliati in strani abiti monacali bianchi, atemporali (forse una questione di economia sui costumi?).  Misurata in complesso anche la gestualità dei personaggi, intesa a ricreare l'atmosfera drammatica d'epoca.   
Lucio Silla è una delle tre opere "milanesi" del Mozart adolescente, in quanto commissionata dal Regio Ducal Teatro di Milano (che solo pochi anni dopo, ricostruito, prendeva il nome di "Teatro alla Scala") per dare inizio alla stagione del Carnevale 1772 - allora il Carnevale aveva inizio immediatamente dopo Natale, e infatti la première dell'opera ebbe luogo il 26 dicembre. 
La storia ha poco a che fare con gli avvenimenti reali d'epoca romana: il dittatore Lucio Silla, ormai padrone di Roma, è innamorato - non ricambiato - della figlia di Caio Mario, Giunia, già sposata con Cecilio Metello, in esilio perché seguace di Mario. La sorella di Silla, Celia, è a sua volta innamorata di Cinna, che segretamente complotta contro il dittatore e favorisce il ritorno a Roma di Cecilio. 

In quest'opera, Silla viene rappresentato come un tirannello isterico e umorale piuttosto che come l'epico conquistatore delle schiere rivali, o - come egli stesso si definisce - salvatore della "pace romana". Preda di una violenta e incongrua passione amorosa, il suo voltafaccia finale dalla smania di potere alla deposizione della corona d'alloro e alla sua dichiarazione di eguaglianza con gli altri cittadini romani, manca di una qualsiasi coerenza storica ma serve egregiamente alle necessità sceniche dell' "opera seria" che il Regio Ducal Teatro di Milano chiedeva e Mozart intendeva creare. Sulla base del libretto originale di Giovanni de Gamerra, peraltro notevolmente rimaneggiato dal Metastasio, Mozart contemplò per i suoi personaggi l'uso di due soprani, due sopranisti e due tenori (Silla e il tribuno suo amico, Aufidio). Seguendo le indicazioni del Mº Minkowski, che, fin dall'edizione 2013 per la Settimana di Mozart a Salisburgo, ha voluto abbreviare e sveltire la partitura, è stata invece eliminata la parte di Aufidio, così come alcuni dei recitativi accompagnati. Ci troviamo quindi di fronte ad un cast praticamente tutto al femminile, con 4 soprani anche per le due parti (Cecilio Metello e Cinna) che si sarebbero forse giovate dell'uso di mezzo-soprani.  In effetti Peggy Kriha Dye, il soprano statunitense che aveva dato vita, in questa stessa Stagione di Opera Atelier, a un'ottima Armida, non mostra l'estensione vocale di cui ha bisogno Cecilio, il cui personaggio risulta qui in complesso piatto e poco convincente. Pur non disponendo neanche lei dell'ampiezza e della profondità di voce auspicabili, il soprano Inga Kalna (Cinna anche nelle precedenti edizioni dell'opera) raffigura discretamente bene l'ambiguo personaggio che complotta contro Silla e, sposo riluttante della di lui sorella Celia, appare molto più "amico" di Cecilio di quanto forse de Gamerra aveva immaginato. Il soprano canadese Mireille Asselin è una Celia vocalmente adeguata, e apporta al suo personaggio la vivacità e la malizia necessarie. Il soprano Meghan Lindsay ha un'estensione vocale insufficiente per il ruolo e le passioni di Giunia, soprattutto per chi ha apprezato a Milano la brava Marianne Brecassa nello stesso ruolo. Quanto all'unico tenore, il croato Kresimir Spicer - che già alla Scala aveva sostituito Rolando Villazón, indisposto, nel ruolo del protagonista Lucio Silla -, i suoi acuti rasentano spesso il grido e la sua interpretazione non è convincente, quando poi non risulta francamente sgradevole, come nei virtuosismi dell'aria finale, "Se al generoso ardire".
Ottima in cambio la prestazione di orchestra e coro della Tafelmusik Baroque Orchestra, entrambi diretti da David Fallis, e del corpo di ballo di Opera Atelier.

Wednesday, March 18, 2015

Lucio Silla en el Teatro alla Scala de Milán, Italia

Foto: Brescia& Amisano

Massimo Viazzo

Habían pasado más de treinta años desde que la tercera opera milanés de Mozart, Lucio Silla, se presentó en el Teatro alla Scala. En aquella ocasión, el espectáculo fue firmado por Patrice Chereau mientras que la baqueta le fue confiada a Sylvain Cambreling.  Esta vez, la dirección fue encomendada a Marshall Pynkoski (el espectáculo fue coproducido con el festival de Salzburgo) quien valiéndose de las escenas fijas y elegantes de Antoine Fontaine, así como de columnas, capiteles, cipreses, demostró que en un contexto visual tradicional es posible efectuar elecciones dramatúrgicas que no son solo estereotipadas o enyesadas, y que se puede dar luz a los caracteres de los personajes, aun desde el punto de vista psicológico.  Si bien es verdad que el libreto de Lucio Silla es carente de acciones, ya que en la ópera no sucede prácticamente nada y los afectos de los personajes permanecen más o menos inalterados, durante el curso de los tres actos, entre el impredecible y poco justificable cambio de actitud final del protagonista Silla.  Pero es la música lo único que permanece en esta obra compuesta a los 16 años, por un ya musicalmente maduro genio de Salzburgo. Marc Minkowski dirigió con empuje y también con vehemencia, además de ser conciso y teatralmente vivo, aunque en ocasiones, por aquí y por allá, se notó pesadez. El elenco fue dominado por  Marianne Crebassa quien interpretó la parte de Cecilio. La mezzosoprano francesa interpretó el difícil papel con gran carisma vocal, técnica segura, facilidad en la coloratura, timbre pulido y considerable proyección vocal. ¡En verdad que fue una prueba optima! La amada Giunia fue interpretada por Lenneke Ruiten. La cantante holandesa mostró solo algunas incertidumbres en los agudos más extremos.  Por lo demás, la suya, fue una Giunia convincente por identificación y eficacia en el acento. Por su parte, el Lucio de Kresimir Spicer no estuvo muy convincente desde el punto de vista vocal. La emisión de Spicer no pareció siempre estar “sul fiato” y algunos sonidos parecieron gritados. Inga Kalna interpretó el papel de Cinna en un modo no del todo personal y con algunos problemas en la coloratura, mientras que Giulia Semenzato fue una Celia desvanecida y persuasiva. 

Lucio Silla di Mozart - Teatro alla Scala, Milano

Foto: Brescia&Amisano

Massimo Viazzo

Era da più di trent’anni che la terza opera milanese di Mozart, il Lucio Silla, non approdava al Teatro alla Scala. Quella volta lo spettacolo fu firmato da Patrice Chereau mentre la bacchetta era affidata a Sylvain Cambreling. In questa occasione la regia è stata affidata a Marshall Pynkoski (lo spettacolo era una coproduzione con il festival di Salisburgo) che con l’aiuto delle scene fisse ed eleganti di Antoine Fontaine, colonne, capitelli, cipressi, ha dimostrato che in un contesto visivo tutto sommato tradizionale è possibile effettuare scelte drammaturgiche che non sono stereotipate o ingessate, ma che sanno mettere in luce i caratteri dei personaggi anche dal punto di vista psicologico. E’ pur vero che il libretto di Lucio Silla è un libretto scarno di avvenimenti. Nell’opera non succede praticamente nulla, e gli affetti tra i personaggi più o meno rimangono inalterati nel corso di tutti e tre gli atti, tranne l’imprevedibile o poco giustificabile cambiamento di atteggiamento finale del protagonista Silla. Ma è la musica di Mozart a rendere unico questo lavoro, composto a 16 anni dal genio di Salisburgo, ma già musicalmente maturo. Marc Minkowski dirige a tratti anche con veemenza, è stringato e teatralmente vivo anche se a volte, qua e là, si notano pesantezze.  Il cast è stato dominato da Marianne Crebassa che ha interpretato la parte di Cecilio. Il mezzosoprano francese ha interpretato il difficile ruolo con grande carisma vocale, tecnica sicura, facilità nella coloratura, timbrica brunita e considerevole proiezione vocale. Davvero un’ottima prova! L’amata Giunia era interpretata da Lenneke Ruiten. La cantante olandese ha mostrato solo qualche incertezza sugli acuti più estremi. Per il resto la sua è stata una Giunia convincente per immedesimazione e efficace nell’accento. Il Lucio Silla di Kresimir Spicer, invece, non è stato molto convincente dal punto di vista vocale. L’emissione di Spicer è parsa non sempre sul fiato e alcuni suoni sembravano gridati. Inga Kalna ha interpretato il ruolo di Cinna in modo non del tutto personale e con qualche problema nella coloratura, mentre Giulia Semenzato è stata una Celia sfumata e persuasiva

Thursday, January 5, 2012

La Didone de Cavalli en el Grand Théâtre de la Ville de Luxemburgo



Foto: Pascal Gely

Leonardo Monterverdi

Didón dos veces resucitada y Anna Bonitatibus la súper estrella
 
La Didone de Francesco Cavalli (1602-1676) opera en tres actos y prologo con libreto de Giovanni Francesco Busenello. Funcion del 28 de octubre del 2011 en el Grand Théâtre de la Ville de Luxembourg en Luxemburgo. Elenco: Anna Bonitatibus (Dido), Kresimir Spicer (Éneas), Claire Debono (Vénus, Iris, damisela) Demoiselle, Tehila Nini Golstein (Créuse, Junon), Katherine Watson, (Cassandre, damisela), Mariana Rewerski (Anna, la fortuna, damisela), Xavier Sabata (Iarbas), Terry Wey (Ascagne, Amor, un cazador), Valerio Contaldo (Corèbe, Éole, un cazador), Joseph Cornwell (Hécate, Pyrrhus), Maria Streijffert, Hécube), Mathias Vidal (Illion), Francisco Javier Borda (Sinon, Neptuno), Victor Torres (Anchise, un viejo). Orquesta: Les Arts Florissants Director Musical: William Christie. Puesta en escena: Clément Hervieu-Léger. Asistente de escena Valérie Nègre. Escenografias: Éric Ruf. Vestuarios: Caroline de Vivaise. Iluminacion: Bertrand Couderc

La visión pesimista y también irónica de la vida se evidencia en la opera literaria de Giovanni Francesco Busenello, más que nunca en su Didone, libreto escrito para el compositor Francesco Cavalli y que fue creada en Venecia en 1641. Pero el cinismo y la desilusión por el poder, que cambia las leyes a su gusto, el destino, la falta de escrúpulos y la crueldad con que los dioses tratan a los hombres (metáfora de los poderosos y los humildes), que se deben sin duda a la carrera jurídica del autor, tocan su ápice en L’Incoronazione di Poppea, escrita para Monteverdi dos años más tarde que Didone, y que es quizás, su libreto mas milagroso, autónomo, inoxidable y sobretodo conocido a través de los siglos. En esta Didone la trama fue extraída del Libro IV de la Eneida pero los cambios de la fuente virgiliana son muchos, incluso con un ¡Final feliz! : Didone no muere como en el mito si no se casa con Iarba, quien la salva del suicidio, olvidándose totalmente y de repente del traidor Enea, quien habiéndose sentido obligado da a partir hacia un destino cruel en las playas Itálicas para fundar la que hubiera sido Roma… la pareja africana hubiera vivido feliz y alegre, seguro con muchos hijos, y quizás con un futuro desarrollando un turismo de cinco estrellas en la costa tunecina. Esos son los detalles… De hecho, la elegancia poética y dramática de los versos de Busenello, a pesar de su imaginación compositiva, resplandece completamente en su Didone. Esa elegancia, típica del siglo XVII, con influencias de Petrarca y Tasso, desbordante de imágenes retóricas y de reflexiones filosóficas, además de lo grotesco y de lo cómico, hace esa Didone de Cavalli-Busenello un hito del melodrama. Al escuchar esta Didone está más claro como Monteverdi dibujó con las dos manos ideas, situaciones, personajes, y ahí, se nota la mano de Cavalli en unos fragmentos de Incoronazione, y el intercambio, sobre todo en aquel periodo en el que se vio el nacimiento y el desarrollo de la opera, seguro era más profundo de lo que se cree hoy. Existen algunos pasajes en la Didone, como por ejemplo las muertes de Corebo y de Creusa, en el primer acto, en el que el modelo monteverdiano de la muerte de Clorinda, en el Combattimento, muchos años atrás, parecía ser muy evidente y sin duda la escena del lamento de Iarba y el siguiente dúo entre Iarba y Didone, en el segundo acto, sirvieron de inspiración para la primera escena de Incoronazione, el lamento de Ottone, allí también para contralto masculino como Iarba, y para el dúeto Seneca-Nerone. Le Grand Théâtre de la Ville de Luxembourg, co-produciendo esa puesta en escena con el Théâtre de Caen y el Théâtre de Champs Elysées de Paris, presentó en su temporada 2011-2012 esta joya de la historia musical italiana, casi desconocida en su madre patria, de no ser por una realización bastante reciente en realizada en Venecia por Fabio Biondi y l’Europa Galante. Después de eso vino el silencio. La puesta en escena de Clément Hervieu-Léger, actor de la Comédie Française y asistente de Patrice Chéreau, quien realizó su primera dirección de opera, se ofreció en dos partes en lugar del prólogo y tres actos originales. Quizás esto fue una razón de la lentitud de todo. Si para un público italiano una trama similar, tan compleja y llena de personajes que además fueron cantados por los mismos artistas, y en un idioma que ya a los mismos italianos actuales les suena un poco raro, uno se imagina como seria para el público de un idioma distinto con dos actos tan largos y llenos de recitativos. Quizás en tres actos habría más tiempo para reflexionar, para digerir mejor toda esa información sobre un idioma, un sonido, unas acciones que merecerían más tiempo. La acción fue además ponderada por la idea un poco abusada de lanzar a todos los personajes al suelo: cuando uno no sabe que hacer que estos personajes se atormenten, sucede también en Italia, un abuso común, un aburrimiento común, la globalización del aburrimiento. Otra cosa que no fue tan clara, como solución escénica, fue a salvación de Didone por parte Iarba, que dejó al auditorio un poco suspendido y sorprendido, que pareció casi un error del guión: porque ¿Muere Didon o no? Con toda la sangre que se vio ¡que la lleven a urgencias! ¿O murió detrás de la cortina? Pero no, cantó hasta el final, pero como debilitada. Quizás más sencillez, además del disparate histórico-literario, habría sido más útil. ¿Quizás se recortó algo de la partitura que no facilitó la comprensión? La torre de andamios cubiertos, utilizada como una escalera desde la tierra hacia el Olimpo, por donde dioses y diosas subían y bajaban con acrobacias para impulsar a los humanos, pareció algo olvidado por las recientes reformas, o algo que la empresa dejó porque se acabó el dinero para las reformas… se puede decir, fue un poco burdo, además de que fue un inútil obstáculo para los artistas.  El primer acto representó la última noche de Troya, las murallas estaban derruidas, había un cadáver enorme de un ciervo (que se encuentra también en el acto de Cartago…) y varios objetos en desorden donde varios personajes vagan y se esconden como fantasmas perdiendo la orientación. Esa escena es muy profunda y sugestiva, se respira la muerte y la desesperación. Enea, Creusa, Ascanio y Anchise se encuentran perdidos, y no saben si partir o quedarse, si luchar o considerar terminada la vida en Troya e intentar salvarse. La iluminación de Bertrand Couderc resultó extremadamente eficaz definiendo los espacios y los caracteres de los personajes, con hojas de luz que marcaban las siluetas de las figuras, con colores de vez en cuando fríos y cálidos, con atmósferas de Caravaggio, claroscuros muy barrocos, mientras un reparto excelente creaba los personajes.
Primero el Enea heroico y apasionado de Kresimir Spicer, que siempre tuvo una muy buena presencia vocal y escénica durante toda la opera, con sonidos plenos y envidiables mezzevoci; el tierno Ascanio del muy agradable contratenor Terry Wey, quien cantó también el papel de Amore, y que con su aria de teen ager hoy se prestaría muy bien por muchos papeles barrocos; Tehila Nini Goldstein, Creusa y Giunone, con su voz esplendida y su segura declamación, y control perfecto en cada momento, fueron una sorpresa agradable; Víctor Torres, óptimo Anchise; Valerio Contaldo, Corebo y Eolo, refinado recitador y muy seguro vocalmente; Joseph Cornwell, eficaz Acate y Sicheo, estentóreo. Si la representación de esa opera tuvo un merito, y tuvo varios, lo mas importante fue que fue bien cantada por cantantes verdaderos y no de las habituales voces blandas que a menudo masacran la música antigua.  Pero en el reparto hubo, de todas formas, algunas incertidumbres, sobre todo vocales. Por ejemplo la Cassandra de Katherine Watson, que aun dotada de voz bella y educada, pareció no tener demasiada familiaridad con los fonemas italianos, y en algunos recitativos se mostraba pérdida en la prosodia y la pronunciación. Mejor se encontró en los ariosos donde pudo desplegar de manera más cómoda su línea de canto, con mucha participación interpretativa, y el llanto de Cassandra aquí resultó creíble. Mathias Vidal, Ilioneo y Mercurio, con voz muy sonora y también de óptima calidad y color, cantó, de vez en cuando con demasiado volumen, aunque fuera capaz en varias ocasiones de admirables finuras susurradas. ¿Quizás dependía de la elección de un tenor para un original papel de contralto? De todas formas apreciamos su presencia escénica, muy convincente y, como Mercurio, acrobática e improbable estuvo la Ecuba de Maria Steijffert, quien no tuvo ninguna idea, ni una remota, de la declamación del italiano del siglo XVII. Lo que falto en muchos artistas además de una presencia no permanente, fue una plena conciencia de la lengua italiana de la época, de la sucesión de los fonemas, de la recitación, sobre todo cuando se dieron las caracterizaciones de situaciones y personajes. Por ejemplo, Francisco Javier Borda, que tiene ya una apreciada voz de bajo, obedeció a las indicaciones de no se quien, para vulgarizar su personaje de Sinone, haciendo un borracho sin otras calidades que la total destrucción de la línea del canto y de los sonidos (los graves extremos parecían eructos, con respeto), sin acabar a ser creíble como caricatura, por los menos para los oídos italianos. Pero, si el mismo artista se enfrentaba al papel de Giove, mirando la metamorfosis: obligado a una declamación más ordenada, la bella y sonora voz de Borda, se hubiese destacado con más propiedad. Venere (y Iride) fue personificada por Claire Debono, que ofreció una lectura del personaje muy glamorosa, y una Venere… casi de opereta, seguro por indicaciones del director, y ella también dio buenas pruebas artísticamente.  El segundo acto se abrió con la desesperación de Iarba por el amor sin correspondencia de Didone, entre luces mediterráneas mas confortables y con vestuarios (muy elegantes, Caroline de Vivaise) en colores brillantes, un esplendido rojo purpúreo para Iarba y un anaranjado cálido y suave para Didone, siempre destacados por la apropiada iluminación de Couderc. Es en ese punto aparecieron dos de los artistas más interesantes de la función. Iarba, el contratenor Xavier Sabata, quien ofreció una interpretación muy intensa del infeliz rey de los Getulos en su lamento inicial, con gran conciencia de su voz y de la acción escénica, aun si como todos sabemos, la voz de contratenor es absolutamente falsa, ajena a la realidad barroca veneciana. Pero parece que hoy es necesario ese compromiso con la modernidad, que pretende voces falsa de soprano u contralto en cuerpos masculinos, donde siempre hay el peligro de un acecho del drag queen… Eso no excluye que Sabata demostró su gran arte y una madurez expresiva bastante rara.. También Anna, la hermana de Didone, Mariana Rewerski, desplegó su agradable voz y su arte dramático. 
Pero la verdadera reina, tanto por el personaje que le confiaron, durante toda la velada entera, fue la inmensa Anna Bonitatibus. La mezzosoprano italiana, aun desde las primeras frases de su entrada, realizó repentinamente un cambio radical en la representación. Es un descubrimiento bello y cariñoso constatar como esta artista, que Italia parece ignorar (pero la Italia actual es uno de los países mas distraídos del mundo), ha conseguido una gran madurez y profundidad vocal e interpretativa. Provocó escalofríos con su intensa Didone: cada palabra, cada frase, cada gesto, fueron pensados, profundizados, cincelados hasta el mas mínimo detalle por la artista Bonitatibus. La densidad de esas emociones, una tras otra, nos encontró desprevenidos, y hacia tiempo que no las sentíamos tan fuertes, sobretodo en el repertorio siglo XVII, que todavía sigue siendo, en muchas ocasiones, solo una secuela de agradables melodías y nada mas. Sin embargo es propiamente en la música del siglo XVII que existen libretos extraordinarios, obras de arte como los de Busenello, que un artista consciente puede divertirse en su interpretación. Anna Bonitatibus cumplió ese milagro, y su intuición musical y artística fueron totalmente más allá de toda imaginación. Voz esplendida y dominio de sus medios, sonido con cuerpo, gesto vocal y musical, que son de todas formas su equipaje habitual, la Didone de Bonitatibus destacándose sobre todos, y la mezzosoprano conquista su sitio en el empíreo de los artistas italianos más notables de todas las épocas. William Christie, en su primera experiencia con el melodrama de Cavalli, exhibió su ensamble Les Arts Florissants en muy buena forma, con un sonido excelente como siempre y con una bajo continuo imaginativo y multicolor, con una selva de instrumentos que ni en la Venecia de la época quizás se soñaron, pero dando énfasis a la vez a afectos y situaciones siempre distintos con variedad tímbrica así que los recitativos nunca resultaran aburridos o inmóviles. Sobre las sugerencias de interpretación y de carácter de la dirección a los artistas lo hemos mencionado ya.  Lo que nos maravilla es como la música barroca italiana es tan valorada en el extranjero que en nuestro país, que además seria lo de sus orígenes, así que parece el síntoma que Italia ya perdió sus raíces y que se ha vuelto en una caja maravillosa vacía o, peor aun, llena de escombros. En un país donde Pompeya colapsa y nadie se mueve para repararla, es difícil imaginar que el mismo país pueda comprender y valorar a su música y a sus artistas. Quizás es mejor volver al tiempo de las dominaciones extranjeras.







Francesco Cavalli: La Didone Théâtre de Caen


Foto: Pascal Gely

Leonardo Monteverdi
 
La Didone due volte resuscitata: Bonitatibus superstar.

La visione pessimistica e, insieme, ironica della vita, tipica dell’opera letteraria di Giovanni Francesco Busenello, emerge più che mai nella Didone, scritta per Francesco Cavalli e che ebbe la sua prima a Venezia nel 1641. Ma il cinismo, il disincanto verso il potere, che cambia le leggi a proprio piacimento, il fato, la spregiudicatezza e la crudeltà con cui le divinità giocano cogli uomini (leggi i potenti cogli umili), dovuti probabilmente alla carriera giuridica dell’autore, giungono al culmine più tardi, nell’Incoronazione di Poppea, scritta per Monteverdi due anni dopo Didone, e che forse resta il suo libretto più miracoloso, autonomo, inossidabile (e conosciuto) attraverso i secoli. In questa Didone la vicenda è presa dal Libro IV dell’Eneide ma i cambiamenti, rispetto alla fonte virgiliana, sono parecchi, adattandosi, per l’opera, perfino un lieto fine (!): Didone, anziché morire come da copione, si sposa con Iarba, che la salva dal suicidio, dimenticando immediatamente il traditore Enea che si era sentito obbligato da un fato crudele a partire per gl’italici lidi e fondare quella che poi sarebbe diventata Roma… e i coniugi africani vissero tutti felici e contenti, probabilmente figliarono e, immaginiamo, svilupparono un turismo a cinque stelle sulla costa tunisina. Dettagli. Di fatto, l’eleganza poetica e drammatica di Busenello, nonostante la fantasia compositiva rispetto alla vicenda e ai personaggi, rifulge pienamente nella Didone. E quest’eleganza, tipicamente seicentesca, ricca d’influenze petrarchesche, soprattutto, ma anche tassesche, strabordante di immagini retoriche e di riflessioni filosofiche, con, peraltro, la compresenza del grottesco e del comico, fa della Didone di Cavalli-Busenello una delle pietre miliari del melodramma. Ascoltando questa Didone si capisce come Monteverdi abbia attinto a piene mani in idee, in situazioni, così come anche s’intravede la mano di Cavalli in certi passaggi dell’Incoronazione, e lo scambio, soprattutto in un periodo come quello, dove questo genere era appena nato e mutava in continuazione, doveva essere molto più profondo di quanto non si pensi oggi. Ci sono dei passaggi, nella Didone, come ad esempio le morti di Corebo e di Creusa, nell’atto primo, dove il modello monteverdiano della morte di Clorinda, nel Combattimento, di diversi anni prima, sembrava essere molto presente, e certamente la scena di apertura del lamento di Iarba e il successivo duetto tra Iarba e Didone, nel secondo atto, dovettero ispirare Monteverdi per la prima scena dell’Incoronazione, il lamento di Ottone, affidato a un contralto maschile, come Iarba, e il duetto Seneca-Nerone. Il Théâtre de Caen, che ha coprodotto questa realizzazione con Le Grand Théâtre de la Ville de Luxembourg e il Théâtre de Champs Elysées, ha inaugurato la propria stagione 2011-2012 con questo gioiello della storia musicale italiana, quasi sconosciuto nella sua terra d’origine, a parte un’apparizione abbastanza recente a Venezia realizzata da Biondi e l’Europa Galante. Dopodiché il silenzio. La messa in scena di Clément Hervieu-Léger, attore della Comédie Française e collaboratore di Patrice Chéreau, e che è stata anche la sua prima regia d’opera, ha previsto una suddivisione in due parti, anziché nel prologo e nei tre atti originali. E forse questo ha rallentato un po’ tutto perché se anche per un pubblico italiano una vicenda così intrecciata e complessa, piena di personaggi che spesso sono cantati dagli stessi artisti, in una lingua che è già poco accessibile agli italiani di oggi, poteva essere di difficile digestione, figurarsi per un pubblico che ne parla un’altra, con due atti così lunghi. Un’eccessiva propensione a far rotolare tutti i personaggi per terra, soprattutto nei momenti tormentati, appesantiva l’azione scenica, ma quando non si sa che fare si fanno andar giù gli attori e li si fa rotolare, già visto in varie occasioni, anche da noi… così va il mondo. Non era chiara, dal punto di vista registico, la risoluzione del salvataggio di Didone da parte di Iarba, che lascia un po’ stupiti e interdetti, sembra quasi un buco di sceneggiatura: Didone muore o no? Con tutto quel sangue che l’ha perso, poverella,se non la viene portata al pronto soccorso, la morirà appena si chiude il sipario? Invece canta fino alla fine, ma affievolendosi… boh. Forse una maggiore semplicità, visto anche lo svarione storico-letterario, avrebbe giovato. Ci sono stati dei tagli che non fanno comprendere la vicenda fino in fondo? E la torre di ponteggi velati che viene utilizzata come scala tra la terra e l’Olimpo, dove gli dèi salgono e scendono senza sosta per dare impulsi alle vicende umane, ci chiedevamo se non fosse un avanzo di qualcosa che stava per essere costruito e poi, una volta finiti i quattrini, sia rimasto lì come opera incompiuta…
Questo era assai inelegante. Va detto. Oltre ad essere solo un impaccio per acrobazie inutili dei poveri artisti. Il primo atto rappresenta l’ultima notte di Troia, i muri sono in rovina, c’è il cadavere di un grande cervo (che all’atto seguente si ritrova pure a Cartagine, mah…) e varie suppellettili ammassate intorno alle quali i personaggi si aggirano nella penombra, come fantasmi che hanno perso l’orientamento. Scena molto cupa e suggestiva, vi si respira la morte e la disperazione. Enea, Creusa, Ascanio e Anchise sono smarriti, non sanno se partire o restare, se combattere o considerare terminata la vita di Troia e cercare di salvarsi in qualche modo. Le luci di Bertrand Couderc sono risultate estremamente efficaci nel definire gli spazi e i caratteri dei personaggi, con delle lame luminose che definivano i contorni delle figure, con colori talora freddi talora più caldi, suggerendo atmosfere caravaggesche, chiaroscuri molto barocchi, mentre un cast eccellente dava vita a questi personaggi, primo tra tutti l’Enea eroico e appassionato di Kresimir Spicer, che ha sempre avuto una grande presenza vocale e scenica in tutta l’opera, con suoni pieni e mezze voci invidiabili; il tenero Ascanio del gradevolissimo controtenore Terry Wey, anche nel ruolo di Amore, che, colla sua aria adolescenziale, oggi si presta moltissimo sia per questo personaggio che per tanti altri nei melodrammi barocchi; Tehila Nini Goldstein, Creusa e Giunone, la cui splendida voce e la sicura declamazione, con il perfetto controllo in ogni momento, sono state una piacevole sorpresa; Victor Torres, ottimo Anchise; Valerio Contaldo, Corebo e Eolo, raffinato dicitore e vocalmente sicuro; Joseph Cornwell, efficace Acate e Sicheo, stentoreo. Se la rappresentazione di quest’opera ha avuto un pregio, e ne ha avuti vari, il più importante di tutti era quello di essere cantata da dei cantanti veri e non da quelle mezze voci sfiatate che di solito si occupano di musica antica, massacrandola. All’interno di questo cast c’erano comunque alcune incertezze, soprattutto vocali, come la Cassandra di Katherine Watson, che, seppur dotata di voce bella ed educata, non mostrava avere un’eccessiva confidenza coi fonemi italiani, e nei recitativi sembrava di tanto intanto smarrita nella prosodia e nella pronuncia. Meglio andava negli ariosi, dove si dispiegava di più la linea del canto vero e proprio, con molta partecipazione interpretativa, e il pianto di Cassandra era molto credibile. Mathias Vidal, Ilioneo e Mercurio, dalla voce assai sonora e anche d’ottima pasta e colore era, di tanto in tanto, un po’ troppo urlante, seppur capace di ammirevoli raffinatezze sussurrate, in più occasioni. Forse perché l’originale tessitura del personaggio era di contralto e qui si era scelto un tenore? Abbiamo comunque apprezzato la sua bella voce e la presenza scenica, molto convincente, e acrobatica, come Mercurio. Improbabile l’Ecuba di Maria Steijffert, che della declamazione dell’italiano seicentesco non aveva proprio alcuna idea, neanche peregrina.  Una cosa che non era sempre presente, in generale e in diversi artisti, era proprio una coscienza piena della lingua italiana, della successione dei fonemi, della recitazione, soprattutto quando si doveva caratterizzare una situazione o un personaggio. Per esempio, Francisco Javier Borda, che pure ha una pregiata voce di basso, ha seguito le indicazioni di chissà chi per volgarizzare il personaggio di Sinone, riuscendo a farne un ubriaco senz’altre qualità che la distruzione totale della linea del canto e dei suoni (i gravi estremi sembravano rutti) senza essere peraltro credibile, come caricatura, almeno per orecchie italiane. Invece, quando lo stesso basso affrontava il ruolo di Giove, ecco la metamorfosi: obbligato a una declamazione più pulita, la bella e sonora voce di Borda, si stagliava con maggiore proprietà. Venere (e Iride) era impersonata da Claire Debono, che ha offerto una lettura del personaggio molto glamour (d’altro canto, Venere…), quasi operettistica, sicuramente su indicazioni registiche, e anch’essa ha fornito buona prova di sé artisticamente.  Il secondo atto si apre col pianto di Iarba per l’amore non corrisposto di Didone, tra luci mediterranee più confortevoli e costumi (eleganti, di Caroline de Vivaise) dai colori più accesi, uno splendido rosso purpureo per Iarba e un arancione caldo e morbido per Didone, assecondati dalle sempre appropriate illuminazioni pittoriche di Couderc.
E qui entrano in gioco due tra i cantanti più interessanti della serata. Iarba, il controtenore Xavier Sabata, ha dato un’interpretazione di grande intensità dell’infelice re dei Getuli, nel suo lamento iniziale, con grande coscienza della voce e dell’interpretazione scenica, anche se, come ben sappiamo, il controtenore è una voce assolutamente falsa, estranea alla realtà veneziana barocca. Ma sembra che debba esserci questo compromesso colla modernità, che esige voci false di soprani o contralti in corpo maschile, dove spesso l’effetto drag queen è sempre in agguato… Ciò non toglie che Sabata abbia dimostrato una grande arte e una maturità interpretativa abbastanza rare. Anche Anna, la sorella di Didone, Mariana Rewerski, ha spiegato una gradevole voce e discrete arti drammatiche.  Ma la vera regina, sia nel personaggio affidatole sia della serata, è stata l’immensa Anna Bonitatibus. Il mezzosoprano italiano fin dalle prime frasi pronunciate alla sua entrata ha immediatamente innescato un cambio radicale nella rappresentazione. È una scoperta bella e affettuosa costatare che quest’artista, di cui l’Italia sembra non accorgersi (ma l’attuale Italia è uno dei paesi più distratti del mondo), abbia raggiunto una tale maturità e profondità, sia vocale sia interpretativa. Fa venire i brividi l’intensità della sua Didone: ogni parola, ogni frase, ogni gesto era pensato, approfondito, cesellato fin nel più piccolo particolare dall’artista Bonitatibus, e la densità di tali emozioni, una dietro l’altra, ci ha colti impreparati perché era da tempo che non se ne sentivano di così forti, soprattutto nel repertorio seicentesco, spesso, ancora oggi, eseguito distrattamente e manieristicamente, come una successione di gradevoli melodie e niente più. E invece è proprio nel Seicento musicale, soprattutto se si hanno a disposizione dei libretti eccellenti come i capolavori letterari di Busenello, che un artista consapevole può sbizzarrirsi nell’interpretazione. Anna Bonitatibus ha compiuto un miracolo, con un’intuizione musicale e artistica assolutamente fuori dell’ordinario. Voce splendida e dominio dei propri mezzi, corporeità del suono, gesto vocale e musicale a parte, che sono comunque il quotidiano bagaglio dell’artista, la Didone della Bonitatibus si ergeva su tutti, e il mezzosoprano acquista un suo posto nell’empireo degli artisti italiani più notevoli di tutti i tempi. William Christie, alla sua prima esperienza col melodramma di Cavalli, ha esibito il suo complesso Les Arts Florissants in piena forma, con un suono eccellente come sempre e un fantasioso e variopinto basso continuo, con una selva di strumenti che forse neanche nella Venezia dell’epoca si sarebbero sognati. Il sottolineare ora questo ora quell’affetto o situazione con strumenti sempre diversi, ha offerto una tale varietà timbrica nei recitativi che mai c’è stato un momento di stasi o di noia. Sulle soluzioni interpretative e di carattere suggerite dalla direzione alle voci, abbiamo già detto… Ci si stupisce sempre di come la musica barocca italiana sia così valorizzata più all’estero che nel nostro paese, che sarebbe poi quello di origine. Sintomo che l’Italia ha davvero perso le sue radici e che non è diventato altro che un cofanetto di caramelle Sperlari, vuoto, o forse pieno di macerie, un paese dove Pompei crolla e nessuno muove un dito per ripararla. Figurarsi se è capace di capire e valorizzare la sua musica e i suoi artisti. Dovremmo forse auspicare un ritorno delle dominazioni straniere?

Monday, November 21, 2011

La Didone di Cavalli - Lussemburgo

Foto: Anna Bonitatibus Pascal Gely / Théâtres de la Ville de Luxembourg

La Didone di Francesco Cavalli, gioiello musicale del primo barocco, su libretto di Giovanni Francesco Busenello basato sul  Libro IV dell’ Eneide di Virgilio, vide la luce a Venezia nel 1641. Didone è la prima incursione di William Christie e Les Arts Florissants nelle opere di Francesco Cavalli, considerato il maestro del genere veneziano, dove la tragedia e la commedia si alternano come in un’opera di Shakespeare. Cavalli ispirò e influenzò molti compositori, come, ad esempio, Lulli, il quale è stato importantissimo nello sviluppo e nei progetti dell’ensemble francese. La serata è stata piena di soddisfazioni in ogni senso, iniciando dal golfo mistico, dove Christie dirigeva dal suo clavicembalo, e da dove giungeva un suono compatto, omogeneo, carico di leggerezza, dinamismo e musicalità. La parte scenica, coproduzione dei teatri di Caen, Lussemburgo e Champs Elysees di Parigi, è stata affidata a Clément Hervieu-Léger, che ha esaltato i contrasti della trama ponendola in un tempo indefinito, separando l’azione in due parti. La prima parte è la notte buia della distruzione di Troia, molto carica di tensioni. La seconda nella soleggiata Cartagine in ricostruzione. Eleganti costumi e un’eccellente l’illuminazione, in un costante gioco di chiaroscuri, hanno creato immagini suggestive che parevano estratte e ispirate ai dipinti del Rinascimento italiano. La parte vocale è stata assolutamente superlativa. Si stagliava su tutti il mezzosoprano Anna Bonitatibus, grande esperta del belcanto e del barocco, che ha offerto una commovente e delicata interpretazione di Didone, con un timbro chiaro, brillante ed espressivo nel suo recitar cantando.  Il tenore Kresimir Spicer è stato un bravo Enea con una voce opulenta e lirica. Di tutto il cast, vastissimo, e tutto all’altezza del grande impegno vocale, si distaccano il controtenore dal grande virtuosismo Xavier Sabata come Iarba, e la luminosità della voce del soprano Claire Debono nel doppio ruolo di Iris e di Venere. R