El presidente cubano, Raúl Castro, y la bailarina Alicia Alonso asistieron a
la reapertura del Gran Teatro de La Habana, renombrado en honor a la artista,
en una función que festejó los 95 años de la “prima ballerina assoluta” y el 57
aniversario de la Revolución cubana. Castro saludó familiarmente a Alonso y se
sentaron juntos en una sala totalmente renovada y con capacidad para 1 300
personas. En el discurso inaugural, se reconoció la trayectoria de la ex
bailarina y coreógrafa, considerada una de las mujeres más importantes de la
historia de Cuba, porque tras triunfar en EE.UU. regresó a la isla y ayudó a
fundar la “escuela cubana de ballet”. El Gran Teatro de La Habana “Alicia
Alonso” estrenó nuevo nombre en septiembre pasado, por un acuerdo del Consejo
de Estado cubano que decidió rendir tributo “de manera excepcional” a la
trayectoria de la ex bailarina, fundadora del Ballet Nacional de Cuba (BNC),
del cual es aún directora general. En Cuba no es habitual bautizar
instituciones o edificaciones con nombres de personalidades vivas. El edificio,
antiguo Centro Gallego de Cuba y una de las joyas de La Habana Vieja, recibió
durante tres años una restauración en la que se renovó la fachada, se amplió el
vestíbulo y se añadieron nuevos espacios como un café y una pequeña sala de
espectáculos. En la sala “Federico García Lorca”, sede de presentación habitual
del BNC, se instalaron nuevas lunetas y un moderno sistema de sonido y luces.
Opera-Musica Foto: Die Feen - Wagner - Théâtre du Châtelet, Paris - 04/2009(c) Marie-Noëlle Robert.
Friday, January 8, 2016
French Composer and Conductor Pierre Boulez Has Died
Eminent French composer, conductor and pianist Pierre Boulez has died at his home in Baden-Baden, Germany — aged 90. A student of Olivier Messiaen and Rene Leibowitz, Maestro Boulez played a key role in the development of integral serialism, controlled chance and electronic music – and served Principal Conducting roles with the Cleveland Orchestra, BBC Symphony Orchestra, New York Philharmonic, Chicago Symphony Orchestra, London Symphony Orchestra and the Philharmonie de Paris. Widely respected as one of the most influential voices in contemporary music, he was awarded 26 Grammy Awards during his career.
Wednesday, December 30, 2015
Concierto de la Sinfónica de San Diego dirigido por Mirga Gražinytė-Tyla
Foto: Mirga Gražinytė-Tyla / LA
Philharmonic - Vern Evans
Ramón Jacques
La Sinfónica de San Diego (San Diego Symphony) ofreció en su sede la
sala de conciertos Copley Symphony Hall en California, el que hasta hoy puede
considerarse como el concierto más emocionante de la actual temporada. Para
tocar buena música, se debe contar con buenos músicos y esta orquesta los tiene,
pero ese constante afán de aspirar a la perfección, apegarse al pie de la letra
a la partitura y a las intenciones del autor, deja en ocasiones poco margen
para la espontaneidad y el mensaje de la música hacia el espectador puede
convertirse en mecánico y rutinario. En este concierto se sintió cierta libertad,
entusiasmo y gozo de los músicos por hacer música y del público por escucharla.
En gran medida el éxito se debió a la presencia de la joven y electrizante directora
lituana Mirga
Gražinytė-Tyla, en su debut al frente de la orquesta.
Cabe mencionar que a partir de la próxima temporada el puesto de director
musical de esta agrupación quedará vacante, y esta joven directora de 29 años
es una firme candidata para asumir el puesto, sin embargo, sus actuales cargos
de directora asociada de la vecina Los Angeles
Philarmonic, cuyo titular es Gustavo
Dudamel, y de directora musical del teatro Salzburger Landstheaters en Austria, así como el interés que ha
despertado en importantes orquestas y teatros de ópera, podrían dificultar su
llegada permanente a San Diego. Lo cierto es que Mirga Gražinytė-Tyla es un talento que está a punto de despuntar
hacia grandes proyectos, y esta orquesta ha sentido su inyección de vitalidad
frescura y energía. Su carta de presentación fue la Obertura Leonora no. 3 de
Beethoven donde se mostro cercana a los músicos y a la música, dirigiendo con cuidado y atención a la
acústica y los timbres, creando ilusiones musicales. La ejecución de los
músicos fue dramática y cargada de tensión. Pero más allá de la energía con la
que conduce, esta directora aporta a sus lecturas seguridad, precisión,
entendimiento, e intención, concediéndoles los músicos libertades para
expresarse. En el Concierto
para violín en re
menor, op. 47 de Jean Sibelius captó el profundo sentido de la tranquilidad nórdica
que contiene la pieza, con una balanceada sintonía con la violinista Karen
Gomyo, con la fulgurante y flexible emisión de su instrumento en sus
intervenciones, que estuvieron bien cobijada por el marco musical que le tejió
la orquesta. En la ejecución de La consagración de la primavera de
Stravinski involucró y convenció a las diversas secciones de la orquesta los
metales y las percusiones para emitir un sonido homogéneo. En los pasajes más
sutiles, resaltaban el clarinete o la musicalidad de los violines. En suma, Gražinytė-Tyla demostró que puede ser el revulsivo que esta orquesta está
buscando y que necesita para su renovación, y prueba de ello fue una sala rebosante
de público joven.
Eminent German Conductor Kurt Masur Has Died
German
conductor Kurt Masur has
passed away in Harrison, New York – aged 88. A specialist in the music of Beethoven, Mendelssohn, Mahler and
Bruckner, he served as Kapellmeister of the Gewandhausorchester
Leipzig from 1970 to 1996, Music
Director of the New York Philharmonic from 1991 to 2002 – and as Principal Conductor of theLondon
Philharmonic from 2000 to 2007.
Maestro Masur served as the current Music Director Emeritus of the
New York Philharmonic.
Monday, December 21, 2015
Splendours and errors: « La Damnation de Faust » at the Opéra de Paris
Photo Felipe Sanguinetti
Suzanne Daumann
Alvis Hermanis’ staging is splendid to watch,
but a tad overloaded. The background projection of very big, very
beautiful video images would have been sufficient to underline the stage
director’s ideas, without adding crowds of dancers, humans in cages, props and
plants… It is an interesting idea to transpose the Faust legend into our time
and to compare the character of Faust to Stephen Hawking, but does it really
work? In the story , the old scientist Faust is tired of life. Mephisto appears and promises him
youth and joy of life. He takes Faust on a trip and shows him the lovely
Marguerite. Faust wants her, seduces her and abandons her. Marguerite is taken to jail for having
poisoned her mother and condemned to death. Faust gives up his soul to Mephisto
in order to save her from hell. So
Faust is supposed to be Stephen Hawking, and in a certain way the entire
humankind, who, having made its planet impossible to live on, sets out to
colonize Mars. Its Marguerite? Its condemnation ? Not to be found in this
chaos of dances and videos. Maybe stage directors with huge ideas like this
should write their own pieces, instead of trying to fit their ideas onto
existent ones. The staging is beautiful to see in a way, quite musical, following the
score even color-wise, but the overload of images, people, dancers, suggestions
ends up tiring the eye and also the mind. One wonders how the singers can
concentrate on the job at hand, in the middle of this beautiful chaos;
especially since the characters don’t seem to have made the object of much
psychological exploration. At least the singers are not called upon to do all
kinds of strange things while singing. Musical splendor throughout: the
Orchestra and Choir of the Paris Opera, conducted by Philippe Jordan, interpret
Berlioz’ sublime score with finesse and deep understanding. They seem to cover
Faust a bit in the beginning, until the balance is found. Knowing Jonas
Kaufmann’s extraordinary abilities however, one wonders is this is not
happening on purpose.
For Kaufmann seems drab and withdrawn at first, before he uncovers, in the
first call of “Margarita!”, the splendour of his voice. From then, he is just
sublime in the arias, captivating as a fine actor in such a discreet and flat
character as this Faust. Sophie
Koch is Marguerite, touching and convincing with her warm and generous voice. The
aria « D’amour l’ardente flamme… » is a moment of utter grace, she
sings it with such abandon, and now the staging joins the music, colors, movements,
forms – now it becomes one. Just for this moment, alas. Bryn Terfel is an ideal Méphisto with his joviality that hides the diabolical purpose. And the three voices blend together
just marvellously in the ensembles. In the end we leave the concert hall elated by
the music, and slightly tormented by unanswered questions. A pity, this could have been perfect.
Splendeurs et erreurs : La Damnation de Faust à l’Opéra de Paris
Foto: Felipe Sanguinetti / OP
Suzanne Dauman
La mise en scène de cette nouvelle production de l’Opéra
de Paris, signée Alvis Hermanis, est splendide à regarder, quoique quelque peu
surchargée. La projection vidéo, en arrière-plan et en très très grand,
d’images souvent somptueuses aurait suffi à souligner les propos du
réalisateur. Les propos du réalisateur ? L’idée de transposer la légende
de Faust dans notre temps et de comparer le personnage de Faust à Stephen
Hawking est intéressante, mais est-ce qu’elle fonctionne jusqu’au bout ?
Dans la légende, Faust, savant vieux et désabusé, veut retrouver jeunesse et
joie de vivre. Méphisto lui promet cela et l’emmène en voyage. Faust séduit l’innocente Marguerite,
et l’abandonne ensuite. Marguerite est poursuivie pour matricide. Faust donne
alors son âme pour lui sauver la sienne. Faust donc égal à Stephen Hawking, et
en quelque sorte l’humanité toute entière qui, ayant rendu quasi inhabitable sa
planète, envisage de coloniser Mars. Sa Marguerite ? Sa
condamnation ? Pas vues dans ce fatras de danses et projections vidéo.
Peut-être vaudrait-il mieux que les metteurs en scène avec des idées si
poussées écrivent des pièces à part entière, au lieu de vouloir à tout prix les
faire coïncider avec un texte donné. Splendeur visuelle donc, une mise en scène musicale qui
suit la partition jusque dans le choix des couleurs – mais surchargée d’images,
de personnages, de suggestions, fatigante pour l’œil, et à la longue pour l’esprit. L’on se demande
comment les chanteurs peuvent se concentrer et s’épanouir au milieu de ce beau
chaos, d’autant plus que la psychologie des personnages ne semble pas
intéresser le metteur en scène. Au moins, ainsi, les chanteurs ne sont pas
obligés de faire toutes sortes de choses étranges tout en chantant. Splendeur musicale sans équivoque : l’Orchestre de
l’Opéra National de Paris sous la baguette de Philippe Jordan sert la sublime
partition avec finesse, tout comme le Chœur. Ils couvrent un peu Faust au
début, jusqu’à ce que l’équilibre soit trouvé. Connaissant les qualités de
Jonas Kaufmann, qui donc est Faust ce soir, l’on peut se demander d’ailleurs si
cet effet n’est pas voulu. Car Kaufmann semble terne et effacé tout au long de
la première partie, avant de dévoiler avec son premier
« Margarita ! » tout l’éclat de sa voix, et à partir de là, il
est simplement sublime dans ses airs, captivant et fin acteur dans la
discrétion d’un personnage sans beaucoup de relief. Sophie Koch incarne
Marguerite, très touchante et convaincante avec sa voix chaude et ample. Son
air « D’amour l’ardente flamme… » est un instant de grâce totale,
d’autant plus qu’ici, la mise en scène rejoint la musique, formes, couleurs,
mouvements – ici, c’est un tout. Seulement pour ce moment, hélas… Bryn Terfel
est un Méphisto de rêve avec sa bonhomie doublée de perfidie diabolique. Les
trois voix sont merveilleuses aussi dans les ensembles. Ainsi, l’on sort de la salle, le cœur en joie par la
musique, l’esprit tourmenté par des questions. Dommage,
cela aurait pu être parfait.
Saturday, December 19, 2015
Oro por las ventanas - Centenario de Edith Piaf
![]() |
| Edith Piaf |
José Noé Mercado / La Digna Metafora
Nació hace un siglo en París, un 19 de
diciembre, y falleció hace un poco más de media centuria. Su nombre era Edith
Giovanna Gassion, pero todos la adoraban con el nombre de Edith Piaf.
a Paulina Arancibia C-M, que no
necesitó de la Ciudad Luz para iluminar
Para una multitud de personas,
París bien valió una misa. La capital francesa, mucho más que una ciudad
cosmopolita y de rica historia geopolítica (ahora blanco del Estado Islámico, que
le ha declarado la guerra por cuestiones ideológicas, religiosas y
terroristas), fue durante algunos siglos sueño de aprobación irrenunciable para
artistas, desde el humilde más anónimo hasta el de mayor pretensión, etiqueta
complejísima de entregar; sus calles, centros nocturnos, cafetines y demás
atractivos de sitio, han sido escenario obligado para bohemios miserables,
idealizados amantes de novela o turistas que ansían delante de la Torre Eiffel
captar imágenes que avalen que han adquirido mundo.
Sin embargo, si hubiese que ponerle
rostro e identidad sonora a París, al menos en el referente colectivo y
mundial, podría evocarse el timbre sinuoso de un acordeón acompañado por las
teclas cristalinas del piano, quizás algunas cuerdas frotadas y unas más en
pizzicato, pero con una voz inconfundible: la de la cantante Edith Piaf (19 de
diciembre de 1915 – 11 de octubre de 1963).
Infancia es destino
Frente al número 72 de la rue de
Belleville, debajo de una farola, Annetta Maillard dio a luz aquel 19 de
diciembre de 1915 a Édith Giovanna Gassion. No pudo llegar al hospital y
enfrentó el parto sola, pues su esposo, el acróbata Louis Alphonse Gassion, se
había ido de parranda.
Ese fue el primer signo de una
infancia que sería destino para aquella niña que creció los primeros años con
su madre —cantante callejera, como luego lo sería ella— cuando, incapaz de la
manutención, fue dejada al cuidado de su abuela materna y sus ocurrentes dosis
de vino en lugar de biberón. Luego el papá, próximo a incorporarse a la Primera
Guerra Mundial, llevó a la pequeña Edith con la contraparte paterna y ahí sería
educada en el marco de un prostíbulo y las chicas públicas que le daban vida.
Cuando el conflicto armado concluyó,
Louis Alphonse recogió a Edith y la incorporó a una vida artística trashumante,
de plena decadencia, pero fue en aquellas condiciones callejeras lamentables
que el talento de la adolescente salió a relucir y se reveló como una potencia
capaz de conquistar su independencia y, a través de la interpretación de canciones
populares de particular sello y gusto masivo, su ascenso en suburbios —Pigalle—
y cabarets de “dudosa reputación”.
En 1936 grabó con Polydor su primer
disco y de la mano de la industria sería reconocida como una personalidad
musical que brilló también en el teatro, en el cine y, de manera extensa, en la
vida cultural y el jet-set de aquellos años, desde el mítico
Moulin Rouge al Carnegie Hall de Nueva York.
El gorrión de París
Pero fue en el terreno de la música,
llevando el género de la chansón française hasta una cumbre
personal, donde Edith Piaf sería un símbolo de toda Francia. No tuvo la voz más
hermosa —ni el menos capretino de los vibratos—, pero sí un
timbrado fascinante y memorable a prueba del tiempo.
“Me gusta su parola”, dice a La
Digna Metáfora la reconocida soprano María Katzarava, uno de los
mayores talentos líricos nacidos en México. “Su forma inigualable de decir las
frases. Es única. Como también lo es su timbre inconfundible. A través de su
arte puedes descubrir parte de su vida. Fue una persona que sufrió mucho desde
recién nacida y su voz tiene la virtud de transmitirlo al público en cada
sonido”.
En efecto, el canto del Gorrión
de París, como también se le conoce a Piaf, es un ejemplo de las
experiencias vitales que se mezclan con el desarrollo profesional del artista
para hacerlo crecer. Su profunda interpretación —incluida esa remarcada
guturalidad de la R— expone amores intensos, románticos, soñadores, pero casi
siempre a punto de irse, como si intuyera el despiadado tiempo del amor que
debe entregarse sin reparo en el momento, porque habrá de concluir tarde o
temprano para siempre.
Esa conciencia de fugacidad puesta en
sonidos —en ocasiones sólo a través de la voz, en otras con la autoría de la
letra— no sólo resumía el amor sentimental y carnal que se aparta de la
multitud para consumir su propio fuego, sino la experiencia misma de la vida,
de una época bella a pesar de todo, que trágica e inevitablemente se está
marchando: “La vie en rose”, “Hymne à l’amour”, “Milord”, “La foule”, están ahí
como testimonios insuperados.
El arte de Piaf es en esa óptica, de
clásica estirpe griega; debe afirmarse a la vida no obstante la tragedia, con todo
y la niebla de la melancolía apoderándose del alma.
Alimentada de
angustia
Edith Piaf fue una enamorada sufrida,
pero irrenunciable. Sus romances incluyeron a recaderos como Louis Dupont, con
quien tuvo a su hija Marcelle, fallecida a los dos años de edad; empresarios de
cabaret como Louis Leplée, asesinado en su domicilio ante señalamientos
públicos a la propia Piaf; el boxeador de origen argelino Marcel Cerdan, muerto
en un accidente de aviación; además de algunos actores como Marlon Brando y protegidos
como Yves Montand, Charles Aznavour, Georges Moustaki y Theo Sarapo, último
gran amor, 20 años menor que ella, y con quien habría de llegar a compartir
tumba en el cementerio del Père-Lachaise.
Piaf, como cierta gente nómada,
buscaba el techo, sin dejar del todo la calle. Y ese albergue siempre lo buscó
en los hombres. Quizás por eso aquella mujer bajita de cabello crespo pasaba de
un amante a otro con tanta necesidad. En rigor, hizo de sus debilidades
auténticas fortalezas, que eran reemplazadas por tragedias que siguieron
fertilizando sus sentimientos y el arte que nacía de ellos.
También aprovechó la figura masculina
para instruirse y ganar mundo. Si bien ciertos amores podrían haber sido
inmaduros e interesados para saciar su ambición, ella lo compensó después,
ayudando a jóvenes aspirantes de fama y notoriedad, completando un ciclo
karmático cuando la abandonaron.
Edith Piaf fue como Vincent van Gogh,
quien se vaciaba emocionalmente con su arte. Esa fue razón suficiente para
cortarse la oreja. Piaf conservó las dos, pero se destruía en el alcohol y la
morfina, que aliviaba sus males al tiempo que se alimentaba de la pena, de la
angustia y la miseria para continuar su canto.
Murió su cuerpo de cáncer en 1963,
pero su canto sobrevive como el icono musical de Francia. Tal vez, porque
encarnó todos los arquetipos del sueño parisino. Fue artista callejera, bohemia
miserable, enamorada de película, y su triunfo la redimió en el firmamento
internacional, validado bajo los cielos de París, porque —como dijo su amigo
Jean Cocteau poco antes de morir—, cuando cantaba Edith Piaf tiraba “oro por
las ventanas”.
Wednesday, December 16, 2015
Tosca en el Palacio de Bellas Artes de México
Foto: ©Ana Lourdes Herrera/Ópera de Bellas Artes
Iván Martínez / Confabulario – El Universal
El año operístico concluyó hace unos
días con las funciones que, en el Palacio de Bellas Artes, se ofrecieron de la
ópera Tosca, de Giacomo Puccini, en la
producción rediseñada del director escénico Luis Miguel Lombana. Este título
marca a su vez el inicio de una nueva dirección artística en la Ópera de Bellas
Artes, en manos hoy de la soprano Lourdes Ambriz, quien ha tomado la estafeta
tras los dos años y medio de la cuestionada y enconada administración del tenor
Ramón Vargas. Ambriz ha
recibido este título ya programado sin limitarse a administrarlo, sino que ha
dejado sentir, antes de anunciar los planes que hubiera para los meses futuros,
el cambio de dirección. Lo ha hecho tomando decisiones rumbo al estreno de esta
ópera el pasado 26 de noviembre, que han confundido a una comunidad que solo
parece aceptar los extremos posibles: los cambios de elenco se ven como un
nuevo control de rigor en la elección de repartos o como el ánimo de establecer
una dirección autoritaria destinada a continuar basada en el capricho personal;
lo que, hay que decir, a estas alturas de nuestra historia reciente no es
novedad. Importaría
el resultado artístico. Y no ha habido en él nada, o muy poco de, cuestionable. Asistí a
una sola de las funciones, la del martes primero de diciembre. Todo el peso
recae en el extraordinario Barón Scarpia que interpreta el barítono Genaro
Sulvarán, quien tiene una voz grande y un timbre adecuado para este villano,
que musicalmente conoce el papel y el estilo; uno de esos cantantes mexicanos
que son ya memorables por su compromiso escénico con un rol que en él no hace
falta dirigir en escena y que, desde el foso, solo hay que seguir con
naturalidad. Lo que ha hecho bien la batuta de Srba Dinic guiando a la Orquesta
del Teatro de Bellas Artes. Difícil imaginar otro Scarpia mexicano que lo pueda
reemplazar. La orquesta
ha estado atenta y ha brindado un acompañamiento correcto, atento de los
cantantes. Sin haber estado en su mejor momento de ejecución, con pifias obvias
y reprobables en los violonchelos y los cornos o en la articulación siempre
grotesca de su arpista, brindó algunos pasajes con belleza; algunos tan
destacables en el transcurso de los tres actos en la fila de flautas, que está
estrenando en su nómina a la piccolista Nadia Guenet, o el icónico solo del
aria “E lucevan le stelle”, tocado con
delicadeza y precioso sonido por el clarinetista Jahaziel Becerril. Musicalmente,
el protagónico encargado a la soprano Svetla Vassileva ha pecado de una voz
chillona, abierta, con problemas de dicción, muy al nivel del tenor Héctor
Sandoval como Mario Cavaradossi, cuya voz oscila entre sonoridades metálicas y
engolamiento. En la escena, poco pudo hacer con ellos Luis Miguel Lombana,
quien ha mejorado su propuesta, imponiendo un trazo más eficiente, un mejor
vestido a la escenografía de Laura Rode, poéticamente iluminada por Víctor
Zapatero, y ha sabido mover con eficacia, en momentos como el final del primer
acto, a la masa coral.
El coro,
por su parte, sigue siendo el aparato más inestable de la Compañía; lo que ya
es decir. Dirigidos en esta ocasión por John Daly Goodwin, parece haberse
separado en dos divisiones, una destemplada y sin orden durante el inicio y una
ordenada, mejor trabajada vocalmente, hasta sensible, para el final del primer
acto. ¿Dónde
estará la naturaleza de los infortunios y dónde la receta para que toda la
maquinaria de la Ópera de Bellas Artes trabaje en armonía? Esta
producción, que pudo pasar con recibimiento decoroso, queda en el registro de
la historia operística como la del inicio de una nueva gestión cuestionada
desde el día cero. Pudo hablarse de su mediano éxito artístico, pero en su
lugar acarrea problemas de imagen que serán difíciles de sortear en el futuro
inmediato: la autoprogramación y los cambios de elenco no serían mayor problema
si no trajeran consigo la falta de credibilidad por la contradicciones con las
que se justifican las decisiones, sean oficiales o de pasillo. ¿Era de
vital importancia la aparición de la ahora directora de la Ópera de Bellas
Artes en la Gala en honor a Arturo Chacón Cruz, incluso si ésta significaba
sospechosismos de todo tipo? ¿Pudo más la necesidad de aparecer en ella, aún
sin ser con él pareja artística frecuente, que el pudor de la investidura de
funcionaria pública? En el caso
de esta Tosca, bien por los cambios de
elenco –primera acción de autoridad que público y crítica han exigido siempre–
si un cantante no está a la altura, pero ¿no debió hacer lo mismo con el tenor
que sustituyó a Dante Alcalá, con el director huésped del coro o con la misma
soprano encargada del protagónico? Duele decirlo así, pero hay que comparar y
conociendo cualidades y deficiencias de ambos, ¿alguien cree que éste lo iba a
hacer peor que quien entró al quite?
Es una
lástima que la imagen intachable de artista que sigue teniendo Lourdes Ambriz
empañe su gestión de esa manera cuando tenía la mesa puesta para inaugurarse
artísticamente con éxito en su nueva labor de funcionaria. Un traspié que no
merecía su trayectoria.
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Svetla Vassileva
L’Enfant el les sortilèges por el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón de Buenos Aires
Foto: Parpagnoli
Gustavo Gabriel Otero
Twitter: @GazetaLyrica
Buenos
Aires, 12/12/2015. Teatro 25 de Mayo. Maurice Ravel: L’Enfant et les sortilèges. Fantasía Lírica en dos partes. Libro de Sidone-Gabrielle Colette.
Arreglo para cuarteto de Didier Puntos. Espectáculo presentado y
producido por el Taller de Integración Operística (TIO) del Instituto Superior
de Arte del Teatro Colón. Temporada 2015 del Teatro Colón.
Algunos
creen que el futuro de la ópera está en producir puestas escénicas
revolucionarias, modernas o con cambios radicales respecto al texto. Puede ser
un camino para los que ya conocen el repertorio y el impacto del escándalo
produce interés en ver estas producciones. Pero existe otro camino, sin dudas
más difícil, que es el de formar nuevos artistas y nuevos públicos para
asegurar el futuro del género. El
Instituto Superior de Arte del Teatro Colón forma artistas, con altísima
calidad, desde hace décadas y con esta presentación de su Taller de Integración
Operística (TIO) pudo cumplir tanto con los jóvenes que se forman en las
distintas disciplinas artísticas que se conjugan en la ópera como con la tarea
de formar nuevos públicos, con estas cuatro funciones de ‘L’enfant et les sortilèges’
(el niño y los sortilegios) de Maurice Ravel con entrada libre y gratuita y en
un Teatro -el 25 de Mayo- alejado de los circuitos habituales de la música
académica. El
Taller de Integración Operística (TIO) amalgama todas las carreras y talleres
que se dictan en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón. La conducción
del Instituto propone un título operístico al principio del año y se realiza un
concurso entre los estudiantes de la Carrera de Dirección Escénica de Ópera,
quienes presentan proyectos y equipos de trabajo en conjunto con los alumnos de
los talleres de vestuario y de realización escenográfica. El trabajo ganador es
el que se ofrece en estas funciones abiertas al público, toda la producción
queda en manos de los alumnos con la supervisión del cuerpo docente. Una más
que buena iniciativa que apuesta por el futuro de la ópera. Los
encargados de los aspectos visuales fueron Mariana Ciolfi (dirección escénica),
Zacarías Gianni (diseño escenográfico), Luján Assad (diseño de vestuario) y
Aurelia Espinola (realización de vestuario). Todo se conjugó para una puesta
delicada, simple y bella. Los movimientos naturales, el marco escénico y los
ingeniosos trajes crearon el marco perfecto para una obra que pueden disfrutar
grandes y chicos. En la
faz musical se optó por el arreglo para cuarteto de cuerdas de Didier Puntos
interpretado con excelencia por Marcelo Ayub y Sebastián Achenbach (piano), Jorge
Pérez Tedesco (violonchelo) y Damián Romagnoli (flauta). Emmanuel Siffert en el
podio concertó con brillo la obra mientras que el coro reunido para lo ocasión,
y preparado por Marcelo Ayub, aportó su cuota de justeza y profesionalismo. El
elenco vocal es numeroso y se mostró homogéneo y solvente. El niño ofrecido por
Cecilia Pastawski, tuvo todo lo que tiene que tener el protagónico de la obra.
Se destacaron: la madre/la libélula interpretadas por Trinidad Goyeneche, la
princesa a cargo de Elizabeth Guerrero Rengifo y las matemáticas cantadas por
Mauro Di Bert. Sebastián Angulegui fue un reloj y un gato de perfectos acentos
mientras que mostró robustez vocal el árbol de Gustavo Vita, Milagros Burga se
conjugó adecuadamente, como la gata, con su contraparte en el delicioso dúo y
excelentes condiciones mostró Ana Sampredro (la bergère y el murciélago). Con
buen nivel las danzas así como el resto del elenco formado por María Florencia
Molinero, Pamela Rosenstock, Natalia Salardino, Pablo Scaiola, Constanza Díaz
Falú, María Goso, Elías Ongay y Luis Asmat Ramírez.
Monday, December 14, 2015
Giovanna d’Arco en el Teatro alla Scala de Milán, Italia
Foto: Brescia & Amisano
Massimo Viazzo
!Fue una de
las mejor logradas inauguraciones en el Teatro alla Scala de los últimos años! La
idea de proponer después de un siglo y media una titulo verdiano prácticamente olvidado
ha rendido frutos. La ópera gustó y el espectáculo fue muy aplaudido.
Musicalmente hablando, Giovanna d’Arco es una ópera que no sale perdiendo comparados
con otras obras que le son contemporáneas. Por su parte, la dramaturgia es un poco ‘jalada
del pelo’ pero aquí intervino admirablemente la dirección escénica realizada
por el binomio Moshe Leiser y Patrice Caurier quienes dotaron al
personaje protagonista de una luz psicoanalítica de rara fuerza dramática y
coherencia. De hecho, Giovanna, es una
mujer psicológicamente muy débil que vive en su habitación y en su cama la
acciona nada en la ópera. Aquí todo funcionó a la perfección, incluso el perdón
paterno final, que es difícil de justificar tan solo desde el libreto, pero que
en este espectáculo fue perfectamente creíble. Riccardo
Chailly dirigió a una orquesta en buena forma y con un paso teatral
fulminante, con conjunción y gran impacto, pero sin ahorrarse la dulzura y
cincelar los timbres. Diría que fue una conducción de absoluta referencia, como
también lo fue el elenco que conquistó por lo idiomático de su acento y la
certeza en la intención. Anna Netrebko delineó una Giovanna atormentada y
combativa con voz bien emitida y de timbre seductor. Por su parte, Francesco Meli dio voz al Rey de
Francia con seguridad, cantando sul fiato
y sin incertidumbre. Muy positivo fue también
la prueba de David Cecconi (quien sustituyó
a un indispuesto Carlos Álvarez), un barítono que quizás no sea muy refinado en
el fraseo, pero ciertamente muy gallardo y vigoroso. Muy bien estuvieron también los intérpretes
secundarios como Dmitry Belosselskiy
como Talbot y Michele Mauro como
Delil. Sobresaliente como siempre estuvo el coro de la Scala, en lo que fue un
triunfo para todos.
Concierto The Toronto Consort
Fotos Paul Orenstein
Giuliana Dal Piaz
Del 11 al 13 de Diciembre, The Toronto Consort, el más importante conjunto canadiense especializado desde hace más de cuarenta años en músicas que van desde la Edad Media hasta el Barroco (aprox. 1200-1675), fundado y dirigido por el Mº David Fallis, ha presentado Christmas at the Monastery of Santa Cruz, teniendo como director huésped al laudista de origen bosnio Mº Zak Ozmo, muy conocido por sus amplias investigaciones históricas en campo musical. Graciasa a la presenci entre los monjes de muchos músicos y compositores, el Monasterio portugués de Santa Cruz, en Coímbra, incluía en los cinco años de noviciado de los futuros monjes una formación musical obligatoria. El resultado era el de una comunidad monástica rica en talento y producción musical, cuyo patrimonio quedó en una abundante pero desordenada colección de manuscritos y partituras, fortunosamente reunidos en la Libreria General de la Universidad de Coímbra. Entre los manuscritos conservados, los más numerosos son precisamente villancicos (composiciones sacras dedicadas a la Navidad) y romances (canciones y composiciones de tipo profano). En ambos géneros, el texto muestra las frecuentes combinaciones de portugués, español y criollo, la lengua que hablaban esclavos y esclavos liberados de las colonias portuguesas. También la música de estas composiciones está fortemente influenciada por ritmos y armonías de origen africano, al punto que la Iglesia intentaba prohibir que los monjes la ejecutaran en los varios conventos. Prácticamente todas las composiciones conservadas son anónimas. El programa del concierto ha incluído seis piezas de música orquestal, cuyos títulos ya indican por sí solos el tipo de ritmo vivaz y por momentos turbinoso, Gagliarda, Terantela, Cumbé, Marisapoles Quarto Tom, Cubanco Setimo Tom e Pavana Primiero Tom, y nueve piezas vocales, siete de ellas villancicos, inspirados en el nacimiento de Cristo desde un punto de vista formal, aunque la Navidad sea en realidad un pretexto para compartir música y baile. Zak Osmo y Terry McKenna tocaron alternativamente la quitarra barroca y la tiorba; Christopher Verrette, violinista permanente de la Tafelmusik Baroque Orchestra, tocó, en calidad de concertista huésped, el violín barroco; Benn Grossman tocó las percusiones, desde el tambor de tabla a la pandereta, al triángulo; el tenor Paul Jenkins tocó el clavecín y el órgano; la soprano Katherine Hill tocó la viola da gamba; y Alison Melville toca ahora la flauta dulce, ahora la flauta transversa; sólo vocalistas fueron el bajo John Pepper, la soprano Michèle DeBoer y la mezzo-soprano huésped Jessica Wright. La dulzura y suavidad de las voces femeninas, por momentos guiadas y siempre sostenidas por el vigor profundo del bajo, la armonía de los instrumentos antiguos magistralmente ejecutada, la musicalidad de la lengua (muy hábiles los cantantes canadienses para expresarse en un idioma no sólo extranjero, sino anómalo) hicieron del concierto una delicada y agradable filigrana de ritmos y voces.
Giovanna d’Arco di Verdi - Teatro alla Scala
Foto: Brescia& Amisano
Massimo Viazzo
Una delle più riuscite inaugurazioni al Teatro
alla Scala degli ultimi anni! L’idea di riproporre dopo un secolo e mezzo un
titolo verdiano praticamente dimenticato ha pagato! L’opera è piaciuta e lo
spettacolo è stato molto applaudito. Musicalmente, Giovanna d’Arco è un’opera
che non perde il confronto (anzi!) con titoli coevi. Drammaturgicamente,
invece, la vicenda è un po’ tirata per i capelli, ma qui è intervenuta
mirabilmente la regia del binomio Moshe Leiser e Patrice Caurier che ha investito il
personaggio protagonista di una luce
psicanalitica di rara forza drammatica e coerenza. Giovanna, infatti, è una
donna psicologicamente molto debole che vive nella sua stanza e nel suo letto le vicende narrate nell’opera. Tutto funziona alla
perfezione, compreso il conclusivo perdono paterno, difficile da giustificare
solo alla lettura del libretto, ma in questo spettacolo perfettamente
credibile. Riccardo Chailly ha diretto un‘orchestra in formissima
con passo teatrale fulminante, tesissimo, di grande impatto, senza peraltro
lesinare dolcezze e cesellature timbriche. Una direzione, direi, di assoluto
riferimento. Come pure il cast, che ha conquistato per l’idiomaticità
dell’accento e la convinzione delle intenzioni. Anna Netrebko ha dipinto una
Giovanna fremente e pugnace, con voce ben emessa e timbricamente seducente.
Francesco Meli, da parte sua, ha dato voce al Re di Francia con sicurezza,
cantando sul fiato senza incertezze. Molto positiva anche la prova di Devid
Cecconi (sostituto di Carlos Alvarez indisposto), un baritono magari non
rifinitissimo nel fraseggio, ma certamente gagliardo e vigoroso. Buone anche le parti di fianco, Dmitry
Belosselskiy (Talbot) e Michele Mauro (Delil). Ottimo come sempre il coro scaligero e trionfo
per tutti!
Sunday, December 13, 2015
El Barbero de Sevilla en el Teatro Filarmónico de Verona
Foto: Ennevi
Francesco Bertini
El Teatro Filarmónico de Verona puso en escena una vivaz versión de El
Barbero de Sevilla de Rossini. El punto de fuerza del espectáculo fue
constituido por una centelleante producción de Pier Francesco Maestrini
director y vestuarista, y de Joshua Held creador de las escenografías
animadas. La intensa puesta está
ambientada dentro de una fantasiosa caricatura
en una reinterpretación de los personajes a la luz de una divertida desviación
rossiniana ya que todos son gordos como el autor y así se movían sobre la
escena. Al mismo tiempo en el fondo se realizaban proyecciones animadas las
cuales crearon divertidas escenas y gags que cambiaban constantemente. Aquí se
vieron elementos cinematográficos que evocaban los mas celebres dibujos
animados. La fusión entre la acción
escénica y las imágenes fue prodigiosa, y los cantantes formaron un uno con los
inventos visuales además que se insertaban dinámicamente en la narración. Por
momentos se tuvo la impresión de un abuso en la constante propuesta de escenas
pero el buen resultado final lo aseguró la fluidez de las ideas. El resultado
musical se impuso con la presencia de Stefano Montanari, director que ofreció
una lectura personal que puede levantar interrogantes ya que manipuló la
partitura interpolando algunas intuiciones, segundo una visión propia
rossiniana que indudablemente lleno de energía a la partitura en detrimento de
una unidad segura. Los repentinos cambios de ritmo dieron vigor a la
concertación que prestó gran atención a las dinámicas, con el cuidado de las
diversas sesiones orquestales y la constante presencia del clavecín, que tocó
el propio Montanari. Entre los intérpretes se distinguió el siempre desenvuelto
Bartolo de Omar Montanari, barítono cómico en el punto justo y constantemente
atento al canto limpio de las incrustaciones tradicionales. Christian Senn repuso su reconocido Fígaro,
dinámico y desenvuelto aunque puntiagudo en el fraseo. Edgardo Rocha, el conde Almaviva, interpretó el papel con entereza,
obteniendo la aprobación del publico después del ‘Cessa di più resistere’,
frecuentemente omitido. A pesar de que su instrumento parece reducido en el volumen y por
momentos no tan bien proyectado, su vocalidad si impuso por su desenvuelta
agilidad y atención a las palabras.
Menos convincente estuvo Marco Vinco un Basilio un poco sumario y
escénicamente divertido. Rosina le fue confiada a Annalisa Stroppa quien captó la escancia de la joven pupila
distraída, sin exasperar la escritura rossiniana. La orquesta y el coro de la
Arena de Verona resultaron convincentes. Las reacciones de entusiasmo del
público no escondieron algunas desaprobaciones al director.
Il Barbiere di Siviglia - Teatro Filarmonico de Verona
Foto: Ennevi
Francesco Bertini
Prima della pausa estiva, per il passaggio di
testimone al Festival areniano, al Teatro Filarmonico di Verona va in scena una
spigliata edizione di Il barbiere di
Siviglia di Gioachino Rossini. Il punto di forza dello spettacolo è costituito
dal frizzante allestimento di Pier Francesco Maestrini, regista e costumista, e
di Joshua Held, ideatore delle scenografie animate. L’intera vicenda è
ambientata in un fantasioso cartoon
che rilegge i personaggi alla luce di una divertente deviazione rossiniana:
tutti sono ingrassati, come l’autore, e si muovono rubicondi in scena. Nel
frattempo il fondale offre lo spazio per le proiezioni animate le quali creano
scenette divertenti e gag costantemente
cangianti. Vi si ritrovano elementi cinematografici e rimandi ai più celebri
cartoni animati. La fusione tra l’azione scenica e le immagini è prodigiosa: i
cantanti formano un tutt’uno con le invenzioni visive e si inseriscono
dinamicamente nella narrazione. Solo a tratti si ha l’impressione di un abuso
nella costante proposizione di scenette ma la buona riuscita finale è
assicurata dalla scorrevolezza delle idee. La resa musicale s’impone per la
presenza di Stefano Montanari. Il direttore offre una lettura personale che può
destare interrogativi: egli manipola la partitura, interpolando qualche
intuizione, secondo una propria visione rossiniana che indubbiamente vivacizza
l’opera, a scapito però di una sicura unitarietà. I repentini cambi di ritmo
danno vigore alla concertazione che presta grande attenzione alle dinamiche,
con la cura delle varie sezioni orchestrali e la presenza costante del
clavicembalo, a cui siede lo stesso Montanari. Tra gli interpreti si distingue
il sempre spigliato Bartolo di Omar
Montanari, baritono comico al punto giusto e costantemente attento al canto ripulito
dalle incrostazioni tradizionali. Christian Senn ripropone un collaudato Figaro, dinamico e spigliato benché un
po’ spigoloso per fraseggio. Edgardo Rocha, Il
conte d’Almaviva, esegue il ruolo nella sua interezza, ottenendo
l’approvazione del pubblico dopo il rondò ‘Cessa di più
resistere’, spesso omesso. Nonostante lo strumento appaia ridotto nel volume e
a tratti non ben proiettato, la sua vocalità si impone per disinvolta agilità e
attenzione alla parola. Meno convincente Marco Vinco, Basilio un po’ sommario ma scenicamente esilarante. Rosina è affidata al mezzosoprano
Annalisa Stroppa che coglie l’essenza sbarazzina della giovane pupilla senza
esasperare la scrittura rossiniana. L’Orchestra e il Coro dell’Arena di Verona
risultano convincenti. Le reazioni festanti del pubblico non nascondono qualche
dissenso verso il direttore.
Dafne de Antonio Caldara en Venecia, Italia
Francesco Bertini
Durante
el festival Lo spirito della musica di
Venezia, el Teatro La Fenice organizó una serie de concertos que ofrecen un
repertorio poco conocido o casi nunca interpretado. Tal es el caso de la producción operística de Dafne. La obra de
Antonio Caldara, le da luz a un compositor a un compositor actualmente
desconocido. Su actividad fue en los
años venecianos posteriores al periodo romano y la consagración vienesa donde
obtuvo el encargo de vice maestro de Cappella di Sua Maestà Cesarea e Cattolica.
La obra mitológica pertenece a la etapa madura de la actividad de Caldara,
quien concluyó la partitura en julio de 1719, que está basada en un libreto del
abad Giovanni Biavi, y fue representada el 4 de octubre de 1719 en Salzburgo
con la presencia del arzobispo Fran Anton von Harrach, a quien fue
dedicada. La producción de la Fundación
Teatro La Fenice, en colaboración con la Fundación Musei Civici di
Venezia, fue dirigida por Bepi Morassi y
afianzada con los bellos vestuarios de Stefano Nicolao. La Sala dello Scrutinio del imponente Palacio
Ducal fue una marco espectacular para la producción que se realizó sobre
plataformas, donde se colocaron maquinas alineadas y manejadas con la mano, que
era reproducciones de modelos
originales. El aspecto ‘fantástico” particularmente apreciado entre el siglo
diecisiete y dieciocho se introdujo a la perfección en la locación lo que dio
frescura a toda la representación. El elenco vocal fue respetable con una Francesca Aspramonte quien puso al
servicio de dos papeles, el de Dafne y el de Venere, una voz dúctil y una
interpretación atenta al fraseo y a la presencia escénica. Optimo fue el desempeño de Carlo Vistoli, contratenor que cantó la
parte de Febo con técnica envidiable, unida y homogeneidad en toda la gama
vocal. El barítono Renato Dolcini como Peneo
y Giove evidencio potencial con
ambos personajes. El único que mostró alguna dificultad fue el tenor canadiense
Kevin Skelton, intérprete de Aminta y
Mercurio con dicción oscura y algunos
problemas con la tesitura que comprometieron en parte la línea canora. El
aporte de Stefano Montanari, guiando a la Orquesta Barroca del Festival,
resultó ser valida. El director, quien
también toco el violín, captó el sentido de la narración, dándole al
espectáculo fluidez y una constante atención para desenmarañar la
historia. Su lectura, mas allá de dar
frescura al lengua barroco, estimuló una profunda atención gracias a sus
constantes y personales búsquedas de ejecución.
Dafne di Antonio Caldara - Palazzo Ducale, Sala dello scrutinio, Venezia
Francesco Bertini
Durante il
festival Lo spirito della musica di
Venezia, il Teatro La Fenice organizza una serie di concerti che affrontano
un repertorio spesso poco noto o addirittura mai eseguito. È il caso della
produzione operistica di Dafne. Il
titolo, composto da Antonio Caldara, getta luce su un autore attualmente
misconosciuto. La sua attività è tutt’altro che secondaria: agli anni veneziani
succede il periodo romano e la consacrazione viennese, dove ottiene l’incarico
di vicemaestro di Cappella di Sua Maestà Cesarea e Cattolica. La vicenda
mitologica appartiene alla fase matura dell’attività di Caldara: terminata nel
luglio 1719, la partitura, basata sul libretto dell’abate Giovanni Biavi, viene
rappresentata il 4 ottobre 1719 a Salisburgo, alla presenza del dedicatario,
l’arcivescovo Franz Anton von Harrach. Il nuovo allestimento della Fondazione
Teatro La Fenice, in collaborazione con la Fondazione Musei Civici di Venezia, è
affidato alle cure registiche di Bepi Morassi, affiancato, per i bellissimi e
sfarzosi costumi, da Stefano Nicolao e, per la realizzazione dell’impianto
scenico, da Gli Impresari. La Sala dello Scrutinio dell’imponente Palazzo
Ducale offre una cornice spettacolare alla produzione che si svolge perlopiù su
pedane, dove sono disposte macchine lignee, azionabili a mano, riprodotte sulla
base dei modelli originali. L’aspetto “fantastico”, particolarmente apprezzato
tra Seicento e Settecento, si inserisce a perfezione nella location donando freschezza all’intera rappresentazione. Il cast
vocale è di tutto rispetto. Francesca Aspromonte mette al servizio dei due
ruoli di Dafne e Venere la voce duttile e l’interpretazione attenta al fraseggio e
alla presenza scenica. Ottima pure la prestazione di Carlo Vistoli,
controtenore cui è affidata la parte di Febo.
L’artista palesa tecnica invidiabile, unita a omogeneità in tutta la gamma
vocale. Il baritono Renato Dolcini, Peneo
e Giove, evidenzia le
potenzialità del proprio strumento morbido, espressivo e perfettamente in
sintonia con entrambi i personaggi. L’unico a manifestare qualche difficoltà è
il tenore canadese Kevin Skelton, interprete di Aminta e Mercurio. La
dizione oscura e alcuni problemi al cospetto della tessitura compromettono in
parte la linea canora, pur attenta a cogliere gli aspetti fondamentali del
dramma pastorale. L’apporto di Stefano Montanari, alla guida dell’Orchestra
Barocca del Festival, risulta più che valido. Il direttore, impegnato, in
questo caso, anche come violinista, coglie il senso della narrazione, assicurando
allo spettacolo una fluida scorrevolezza e una costante attenzione al dipanarsi
dell’intreccio. La sua lettura, oltre a portare una ventata di freschezza nel
linguaggio barocco, stimola una profonda attenzione
grazie alle costanti e personalissime trovate esecutive. Il pubblico, accorso
nonostante la temperatura sfavorevole, mostra di apprezzare l’operazione e
l’idea di valorizzare luoghi storici unici al mondo.
Friday, December 11, 2015
Alceste de Gluck en el Teatro La Fenice
Foto: Michele Crosera
Francesco Bertini
Entre las novedades de calidad en la temporada lirica del Teatro La
Fenice de Venecia se encuentra Alceste de
Christoph Willibald Gluck. Nunca antes representada en la ciudad lagunera,
donde por el contrario se han ofrecido varias producciones de Orfeo y Euridice, la ópera es la segunda
de la llamada “reforma gluckiana” que constituye el verdadero y propio manifiesto de las
intenciones del músico y libretista.
Además de las vastas dimensiones de sus composiciones, nutridas de
diversas obras vocales, están las características ligadas a su misma forma de
trabajo: los recitativos, y las arias ceden el paso a estructuras más amplias
que motivan las características expresas de Gluck en el prefacio de la primera
edición editada de la partitura. Alceste es la absoluta protagonista de la
opera y en los notables dotes vocales requeridos se asoma una intensa fuerza
dramática. Carmela Remigio buscó
redimensionar algunos límites vocales con la habilidad escénica y la
expresividad física, el volumen reducido, algunas tensiones en el agudo y un
cierto aire en la emisión que comprometieron el resultado cuidadoso de la
parte. De la astuta artista que es, la soprano apuntó al fraseo que busca con
evidente escrupulosidad, evidenciar las tensiones psicológicas de la mujer. El
rey Admeto tuvo en el tenor Martin Miller un intérprete atento a la
palabra, en los límites de una dicción ocasionalmente oscura, y estuvo en
serias dificultades en lo que se refiere a la entonación y a las exigencias de
la escritura. Los dos confidentes,
Evandro e Ismene, les fueron
confiados respectivamente a Giorgio
Misseri y a Zuzana Marková. El primero captó la dimensión ideal en el
estilo del siglo 18, y la segunda hizo valer el timbre agradable y una
extensión dúctil. Funcionales estuvieron
Armando Gabba, un oráculo y un pregonero, y Vincenzo Nizzardo, Gran Sacerdote de Apolo y Apolo. Desenvueltos estuvieron también las dos
jóvenes pertenecientes a los pequeños cantores venecianos, Ludovico Furlani como Eumelo
y Anita Teodoro como Aspasia en
los papeles de los hijos de la pareja real.
Optimo fue el trabajo desarrollado por Guillaume Tournaire, atento concertador a los colores y la
sonoridad del tipo del aspecto coral de la partitura. La orquesta de la
fundación veneciana respondió óptimamente a las indicaciones del director. A la par estuvo el coro, fundamental en la
obra de Gluck, preparado con atención por Claudio Marino Moretti. La dirección,
escenografía y vestuarios estuvieron a cargo completamente por Pier Luigi Pizzi que privilegió el
estilo neoclásico, mientras que la iluminación fue de Vicenzo Raponi. A las
sobrias pero imponentes partes visuales de gran impacto, se contrapuso una idea
de dirección débil, muy estática y alejada. El fuerte corte estético,
determinado por el uso del blanco y el negro cristalizó con el transcurrir de
la función en un marco arquitectónico de arcaica belleza e imponencia. El
público tributo un óptimo aplauso a la producción.
Alceste di Gluck - Teatro La Fenice, Venezia
Foto: Michele Crosera
Francesco Bertini
Tra le novità di
pregio della stagione lirica al Teatro La Fenice di Venezia, vi è l’Alceste di Christoph Willibald Gluck.
Mai approdata nella città lagunare, dove, al contrario, si sono susseguite
varie produzioni di Orfeo ed Euridice,
l’opera è la seconda della cosiddetta “riforma glukiana” ma costituisce il vero
e proprio manifesto delle intenzioni di musicista e librettista. Oltre alle
vaste dimensioni della composizione, che vede impegnata una nutrita compagine
vocale, vi sono le caratteristiche legate alla forma stessa del lavoro: i
recitativi e le arie cedono il passo a strutture più ampie le quali motivano le
caratteristiche espresse da Gluck nella prefazione alla prima edizione a stampa
della partitura. Alceste è assoluta
protagonista dell’opera poiché alle notevoli doti vocali richieste si assomma
una intensa forza drammatica. Carmela Remigio cerca di ridimensionare alcuni
limiti vocali con l’abilità scenica e l’espressività fisica: il volume ridotto,
qualche tensione in acuto e una certa ariosità nell’emissione pregiudicano la
resa accurata della parte. Da avveduta artista qual è, il soprano investe sul
fraseggio che cerca, con evidente scrupolosità, di evidenziare le tensioni
psicologiche della donna. Il re Admeto trova
nel tenore Marlin Miller un interprete attento alla parola, nei limiti della
dizione saltuariamente oscura, ma in seria difficoltà per quanto attiene
l’intonazione e le esigenze della scrittura. I due confidenti, Evandro e Ismene, sono affidati rispettivamente a Giorgio Misseri e Zuzana
Marková. Il primo coglie la propria dimensione ideale nello stile
settecentesco, la seconda fa valere il timbro piacevole e l’estensione duttile.
Funzionali Armando Gabba, Un oracolo e
Un banditore, e Vincenzo Nizzardo, Gran Sacerdote d’Apollo e Apollo. Disinvolti anche i due fanciulli,
appartenenti ai Piccoli Cantori Veneziani, Ludovico Furlani, Eumelo, e Anita Teodoro, Aspasia nei panni dei figli della coppia
reale. Ottimo il lavoro svolto da Guillaume Tournaire, concertatore attento ai
colori e alle sonorità specie dell’aspetto corale della
partitura. L’orchestra della fondazione veneziana risponde ottimamente alle
indicazioni del direttore. Al pari del Coro, fondamentale nel lavoro gluckiano,
preparato con attenzione da Claudio Marino Moretti. Regia, scene e costumi sono
curati interamente da Pier Luigi Pizzi che predilige lo stile neoclassico,
mentre l’illuminazione è affidata al light designer Vincenzo Raponi. Alla parte
visiva sobria ma imponente e di grande effetto, si contrappone un’idea
registica debole, troppo statica e distaccata. Il forte taglio estetico,
determinato dall’utilizzo del bianco e nero, cristallizza lo scorrere della
vicenda in una cornice architettonica di arcaica bellezza e imponenza.
L’accoglienza del pubblico tributa un ottimo successo alla produzione.
Norma en el Teatro La Fenice de Venecia, Italia
Foto: Michele Crosera
Franco Bertini
La nueva producción de Norma concebida para el Teatro La Fenice de Venecia
fue muy esperada y con inquietud. Se
trata del experimento que coincidió con la all’Esposizione internazionale
d’Arte della Biennale, un evento muy renombrado, que renovó la experiencia que
se tuvo con la producción de Madama Butterfly en el 2013. En esta ocasión la
elegida fue Kara Walker, la artista afroamericana interesada en la temática
ligada a las razas, al género, a la sexualidad y a la violencia. Su concepto obtuvo reconociendo en todo el mundo, en particular por la
temática de ruptura, tratada con constancia y fuerza. La idea que permea su montaje creó un
paralelismo entre la ocupación romana de Galia en el 50 a.c. y el dominio
colonial de una potencia europea en áfrica en el siglo diecinueve. Las figuras de Norma, Adalgisa y Oroveso
mantuvieron sus principales características, Pollione se convirtió en un
explorador del continente negro inspirado en la figura del italiano Pietro
Savorgnan di Brazzà fascinante pionero de rasgos románticos. Aquí se confronta
con la diversidad encarnada por el color de la piel y con referencias
culturales. Walker insertó el elemento de la máscara africana acentuando lo
anormal da la oscuridad artificial. El
sobrio montaje escénico apunta hacia elementos fuertemente caracterizados como
jungla, la solemnidad de la naturaleza, y como se señaló, la máscara. Esta
última tiene imponentes dimensiones que cubrían completamente el escenario,
plasmando las formas sobre las cuales los artistas se movían durante la
función. A estas ideas está ligado el recorrido artístico de la pintura y
escultora, se vio una concepción de dirección estática, desligada de la
narración e poca cuida para evidenciar las características de los personajes.
El tormento de los protagonistas se profundizó de manera distante, mientras que
la personalidad del romano corrió el riesgo de perder sus características
esenciales. Si el aspecto visual no suscitó entusiasmo, el resultado musical se
mostró descolorido y privado de interés. Maria Billeri se aproximó al papel de Norma con un carácter
salvaje. En escena fue sanguinaria, excesiva, y con endurecimiento actoral. Les
características vocales se alejaron de las exigencias de la protagonista, su
registro central pareció ligeramente velado, y el agudo frecuentemente
enganchado con incertidumbre, y lo embellecimientos no siempre fueron precisos.
Se reconoce la atención reservada al fraseo que compensó en los límites de lo
posible para definir a la sacerdotisa. Roxana Costantinescu cubrió el papel de
Adalgisa sin grandes arrebatos. La definición de la ‘joven ministra del templo’
resultó sumaria pero en general creíble, aunque la emisión pareció desigual,
forzada al subir en el pentagrama, la recitación fue conducida hasta el final
sin incidentes. El esperado Gregory
Kunde retornó al papel de Pollione. La
voz del tenor estadounidense pareció endurecida, por la ampliación desmesurada
de su repertorio, y fue avara de colores y limitada de las exigencias de la
partitura. A pesar de ello, el artista que proviene de una brillante carrera
belcantista, posee la inteligencia interpretativa que para compensar sus
carencias utilizó la región aguda donde se escucharon sonidos gloriosos. Dmitry Beloselskiy se desempeñó
honorablemente como Oroveso. Completaron el elenco Emanuele Giannino,
perfectible Flavio, y Anna Bordignon como Clotilde. También el concertador tu
elecciones discutibles. Gaetano d’Espinosa optó por tiempos poco sintonizados
mientras que las dinámicas, tendientes al énfasis, no beneficiaron la lectura
belliniana. La musculosa dirección oscureció el refinamiento requerido por la
escritura, rescatando solo de manera parcial una ópera ausente del escenario
veneciano desde hace más de veinte años.
La orquesta y el coro, este ultimo dirigido por Claudio Marino Moretti,
dieron una prueba satisfactoria. El nutrido público mostró un sonoro consenso,
en particular hacia Gregory Kunde.
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