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Thursday, September 28, 2023

Il Trovatore en San Francisco

Fotos: Cory Weaver / San Francisco Opera

Ramón Jacques

Con Il Trovatore de Giuseppe Verdi (1813-1901) que ocupa un lugar entre las obras emblemáticas y reconocidas del repertorio lirico tradicional, y porque forma parte de la ‘trilogia popolare’ del compositor italiano, se dio por iniciada una nueva temporada, la numero 101, en la historia de la Ópera de San Francisco. La ópera ha sido presenciada por el público local a lo largo de veinticinco temporadas que la compañía la ha escenificado. Il Trovatore se estrenó en San Francisco en mayo de 1959, pero esto fue gracias a una compañía itinerante; posteriormente su estreno oficial con la compañía ocurrió en octubre de 1926, en el Civic Auditorium de la ciudad, con la prima donna Claudia Muzio en el papel de Leonora. Ese día, se dio el importante anunció que se habían reunido los fondos económicos necesarios para que San Francisco construyera su propio teatro de ópera, el War Memorial Opera House, su actual sede. La apertura del teatro fue en octubre de 1932, y esa primera temporada obviamente incluyó Il Trovatore. Desde entonces, el vínculo que se creó entre la ópera y la compañía ha generado un sinfín de interesantes y únicas anécdotas, destacando, por ejemplo, la puesta de 1929 en la que debutó el tenor Giacomo Lauro-Volpi como Manrico, o la de 1934 que marcó el debut y única aparición local de la soprano dramática Zinka Milanov como Leonora, o la de 1958 en la que la joven soprano Leontyne Price cantó su primera Leonora, papel del que después se convertiría en una de sus más sobresalientes intérpretes, al lado del veterano tenor sueco Jussi Björling, poco tiempo antes de morir,  y en la única ocasión en la que ambos cantantes concedieron sobre un escenario. La puesta de 1975 unió a dos sobresalientes cantantes como: Luciano Pavarotti y Joan Sutherland, y en 1986 la mezzosoprano Dolora Zajick, histórica intérprete de Azucena debutó aquí el papel. La lista de intérpretes del Conde de Luna incluye a: Leonard Warren, Ettore Bastianini, y Vladimir Chernov, además de en uno de los cantantes favoritos del público local, Dmitri Hvorostovsky, quien en la temporada 2009, y con ese papel, cantó por última vez sobre este escenario.  Sin embargo, los tiempos han cambiado, quizás se estén viviendo en los teatros los síntomas post-Covid, o los cambios en los gustos del público; un sinfín de razones y argumentos para debatir y reflexionar, lo cierto es que los llamados ‘caballos de batalla’ parecen no estar atrayendo suficiente público para ocupar la totalidad de las butacas en este teatro, como sucedió en esta función. Si bien es un dato que no debería ser mencionado o motivo de interés para quien acude a reseñar una función, como melómano, existe la legitima inquietud sobre lo que está sucediendo y que se presencia función tras función. Seguramente será un tema inmediato a resolver por la propia Ópera de San Francisco, que debe encontrar una manera viable y balanceada de programar títulos en temporadas futuras que sigan siendo atractivos para el público. En términos escénicos, se repuso el montaje estrenado aquí en el 2009, del director escoces David McVicar, con apropiados diseños de Charles Edwards y elegantes y funcionales vestuarios de  Brigitte Reiffenstuel y un adecuado trabajo de iluminación realizado por Jennifer Tipton, que desde su estreno ha viajado a los escenarios de la Lyric Opera de Chicago y el Metropolitan de Nueva York, donde la acción fue trasladada del siglo 15, como sugiere el libreto, al siglo 19 concretamente a la época de los movimientos independentistas de los países hispanoamericanos, entre 1808 y 1833.  El montaje es funcional y atractivo, aunque comienzan a notarse ya los años. Una mesa redonda se elevaba sobre los cantantes, como un simbolismo hacia los personajes el destino que los acechaba. Algunos elementos religiosos, un amplio muro con una escalera, hacen que el espectáculo mantenga una apariencia atractiva.  Al inicio de la ópera, como en sus posteriores apariciones el coro del teatro realizó una labor impecable cantando con autoridad y mostrando uniformidad, así como participación escénica, en sus desplazamientos, evidenciando el trabajo puntual que ha realizado su director John Keene.  Vocalmente, el elenco tuvo un desempeño plausible comenzando por la soprano Angel Blue, quien posee una voz robusta, capaz de crear un personaje vocalmente férreo y a la vez sentimental. Agradó la precisión, el control técnico y la expresividad con la que sacó adelantes las partes más exigentes del papel de Leonora.  Quien dejó huella con una incisiva actuación y prominente despliegue vocal fue la mezzosoprano rusa Ekaterina Semenchuk, quien sustituyó a la anunciada Anita Rachvelishvili, Desde su “Stride la vampa” inicial se mostró como una atormentada pero vengativa, y a la vez convincente Azucena. Por otro lado, no convenció completamente el Conde de Luna del barítono Georg Petean, quien, a pesar de su canto firme y profundo, pareció desvanecerse cuando cantaba alternando con los demás intérpretes, y por su desempeño actoral, de innecesaria sobreactuación.  El tenor Arturo Chacón-Cruz personificó un joven Manrico, papel que sacó adelante con enjundia y experiencia y con una emisión vocal correcta, aunque tensa y poco abierta en algunos pasajes. El experimentado bajo Robert Pomakov cantó su parte con amplia sonoridad y le dio el sentido y el propósito requerido por su parte. Correctos estuvieron en su desempeño la Mikayla Sager en el papel de Inez y el tenor Edward Graves como Ruiz, y el resto de los interpretes de los papeles menores.  La orquesta una de las fortalezas del teatro, en medio de un ciclo de obras de Verdi y Wagner, en esta y en futuras temporadas, propuesto por su directora titular Eun Sun Kim, mostro su valía a pesar de una lectura modesta, por momentos imprecisa y lenta de la maestra, cuyo objetivo parecía más enfocado en hacer sobresalir las voces moderando el sonido que emanaba del foso.


 



Monday, April 1, 2019

Jovánschina de Mussorgsky en el Teatro alla Scala de Milán


Foto: Brescia& Amisano - Teatro alla Scala

Massimo Viazzo

Quiero comenzar por el final de esta bellísima Jovánschina, que tuvo un final literalmente impresionante. En esta producción ambientada por Mario Martone en un futuro distópico, el martirio de los viejos creyentes es, por llamarlo así, un poco apocalíptico, ya que un asteroide se aproximó lentamente hacia la tierra para apabullar todo y a todos, en las ultimas notas de la ópera, como un gigantesco globo ardiente que invadió completamente el escenario scaligero. Un verdadero “Deep impact” que pareció evocar imágenes de la conocida pelicular de Lars von Trier: “Melancholia”.  Una increíble conclusión para uno de los espectáculos más agradables vistos recientemente en el máximo teatro italiano. La producción estuvo ambientada en un futuro postnuclear, donde los conflictos entre los poderosos se vertieron sobre un pueblo destinado a ser analfabeta y cerrado. Las escenas de Margherita Palli, histórica colaboradora de Luca Ronconi, fueron de gran impacto para representar la vacuidad y la descomposición de un mundo que parece haber muerto, mucho antes de que así fuera realmente. Muy eficaz se vio la estructura post industrial del primer acto que, por ejemplo, contenía rascacielos en el fondo construidos con escombros y una tétrica luz; como también el ambiente en el que se desarrolló el segundo acto, un vistazo a un salón con signos aun tangibles de glorias pasadas. Eróticamente seductora fue la danza de las esclavas persas del cuarto acto, aquí transformada en un verdadero y sensual lap dance. Un gran mérito del éxito de esta producción correspondió en primer lugar a Valery Gergiev, quien dirigió prestando extrema atención a los equilibrios entre los instrumentos y el escenario, así como el cuidado a los detalles sin perder nunca de vista la visión del conjunto. Una conducción potente y dinámica, como también ligera e intima cuando fue necesario. El optimo elenco comenzó por la delicadísima y matizada Marfa de Eketerina Semechuk, con el arrogante Iván de Mikhail Petrenko, y el muy musical Dosifei de Stanislaw Trofimov. Suntuoso en el timbre y amplio fue el canto de Alexey Markov en el papel del traidor Šaklovityi; y muy eficaces estuvieron los dos tenores Evgeny Akimov, un empalagoso y seguro Príncipe Golycin, y Sergei Skorokhodov como el Príncipe Andrei, de voz estridente y acento altanero. Todo el elenco de comprimarios se mostró con un alto perfil. Al final – last but not least- el estrepitoso Coro del Teatro alla Scala, dirigido por Bruno Casoni, ofreció una de sus mejores pruebas, absolutamente por entonación, entendimiento y color.


Thursday, February 14, 2019

Les Troyens de Berlioz en Paris


Fotos: Gentileza de la Oficina de Prensa de la OnP. Crédito: Vincent Pontet (Troyanos).

Gustavo Gabriel Otero

Dmitri Tcherniakov planteó una modernización mil veces utilizada en la primera parte (La prise de Troye) con una guerra contemporánea y una familia en el poder en manos de un militar dictador. En la segunda parte (Les Troyens a Carthage) todo deviene absurdo y contrario al texto: Cartago es convertida por Tcherniakov en un centro de rehabilitación de víctimas de guerra. Anna y Narbal son los principales cuidadores de los internados y Iopas se presenta como otro de los enfermeros. Dido es una interna más, que en una fiesta es declarada reina con capa y corona de papel. Se cortan pantomimas y escenas de ballet, además de la intervención de Panteo y la escena de los centinelas en el quinto acto, quitándole a la obra cerca de treinta minutos. La planta escenográfica de la primera parte es monumental y muestra el poderío escénico y tecnológico de La Bastilla, así se puede ver una ciudad semi-destruida en la parte izquierda del escenario -según ve el espectador- y el salón principal del Dictador (Priámo) todo revestido de madera en el lado derecho. La escenografía se nueve a la vista del público sobre el final dejando ver todo el espacio vacío hasta el fondo del escenario. 
Para Cartago, Tcherniakov nos presenta una sala del centro médico con mucha luz blanca y la típica impersonalidad de esos lugares. Adecuado a los fines de la puesta el vestuario de Elena Zaitseva, así como las luces de Gleb Filshtinsky y los vídeos realizados por Tieni BurkhalterPhilippe Jordan fue preciso en su marcación al mando de la Orquesta Estable de la Ópera Nacional de París que tuvo un rendimiento notable, un sonido magnífico y un lucimiento pleno. El Coro, que dirige José Luis Basso, tuvo una prestación de primerísimo nivel en una partitura extensa y complicada. La mezzosoprano francesa Stéphanie d’Oustrac fue una Cassandre de conmovedores acentos, intencionalidad en el decir sin mácula y registro amplio. Ekaterina Semenchuk fue una Didon con brillo propio con proyección perfecta y gran compenetración actoral. El Eneas de Brandon Jovanovich no defraudó. Notable su calidad vocal, muy buen volumen y prestación homogénea a lo largo de la obra. Los roles de importancia intermedia fueron servidos por la seguridad y compenetración de Michèle Losier (Ascagne), la excelencia vocal de Christian Van Horn (Narbal), la perfecta emisión y la notable línea de canto de Stéphane Degout (Chorèbe), y por el canto brillante de la mezzosoprano Aude Extrémo (Anna). Entre los roles menores se destacó Cyrille Dubois como Iopas, mientras que fue ajustado y preciso en resto del elenco.

Wednesday, September 26, 2018

Cavalleria Rusticana / Pagliacci en San Francisco

Cavalleria Rusticana

Fotos: Corey Weaver / San Francisco Opera

Ramón Jacques

Se apagaron las luces del teatro y en la oscuridad se escuchó una grabación del tango “Caminito” con la voz de Carlos Gardel; y al iluminarse el escenario, con el inicio de la obertura de Cavalleria Rusticana, nos encontramos frente a una brillante y esplendorosa escena situada precisamente en el caminito, la tradicional y pintoresca calle ubicada en el barrio de la Boca de Buenos Aires, Argentina. Es la creación del tenor José Cura, aquí convertido en director de escena y diseñador, que fue estrenada en el 2012 por la ópera de Lieja, y repuesta recientemente en el Teatro Colon de Buenos Aires. Una original idea que se adaptó bien a la trama de ambas óperas, y en las que hubo una continuidad, ya que Pagliacci comenzó con el cortejo fúnebre de Turiddu pasando por la misma calle, con algunos personajes como Mamma Lucia y Lola que continuaron apareciendo. Cura supo captar el dramatismo y la tragedia, y la adapto al ambiente bonaerense de barrio, con actuaciones convincentes, en ningún momento sobreactuadas, de los artistas en escena. Un gran acierto, fue el solido elenco de voces y artistas encabezado por el tenor Roberto Aronica, un apasionado Turridu de voz corpulenta, cálida y expresiva; y por la ardiente y sobrecogedora Santuzza de la mezzosoprano Ekaterina Semenchuk. Primordial fue el aporte de Laura Krumm como Lola y de Jill Grove como Mamma Lucia. Como Alfio, en su debut local, el barítono Dimitri Platanias, tuvo un desempeño discreto sobre todo por algunos problemas en la emisión; que después superó sobradamente en Pagliacci como Tonio, personaje para el que además tiene el adecuado physique du rôle. El papel de Canio resaltó por la sólida actuación y canto del tenor Marco Berti y la delicadeza actoral y el resplandor vocal de Lianna Haroutounian como Nedda. Correctos estuvieron los intérpretes de los papeles menores, y el coro muy participativo, mostró un alto nivel en un repertorio al que se adapta con naturalidad. Al frente de la orquesta, Daniele Callegari mostró oficio, conocimiento del repertorio y notable seguridad con la que mantuvo el control de todas las fuerzas musicales y vocales del espectáculo.



Wednesday, May 3, 2017

Falstaff y Don Carlo en Milán

Foto: Falstaff (Silvia Lelli) Don Carlo (Monika Ritterhaus)

Ramón Jacques

El Teatro alla Scala presentó de manera paralela, dentro de la presente temporada, dos obras maestras de Verdi: Falstaff y Don Carlo. La primera de ellas fue escenificada con la producción estrenada en el Festival de Salzburgo del 2013, que lleva la firma del “director de moda” Damiano Michieletto cuyas ingeniosas producciones logran atraer y envolver al espectador como pocos directores pueden hacerlo. En esta ocasión el joven director italiano situó la acción en la Casa Verdi, la residencia de retiro milanés para músicos, construida y financiada por el propio compositor, y que fue reproducida fielmente por el escenógrafo Paolo Fantin. Aquí, el personaje de John Falstaff es un anciano jubilado, huésped actual de la casa, que entre sueños y realidades revive las aventuras de seducción de su juventud. Así, la trama transcurre mezclando hábilmente la realidad con la imaginación, y lo que se ve en escena son en realidad los recuerdos del personaje. La concepción de Michieletto está cargada de comicidad, de ironía, conmoción, humanidad y una dosis de agridulce melancolía, en una forma en la que el teatro nos describe y nos recuerda como es la vida misma.  El experimentado Zubin Mehta dirigió a la orquesta con seguridad y atención al detalle, una obra que demostró conocer bien, haciendo resaltar la brillantez de las cuerdas, y siempre con consideración por las voces. Ambrogio Maestri estuvo deslumbrante como Falstaff, papel que debutó aquí mismo en el 2001 y que ha cantado al menos 250 veces en 25 teatros distintos. Maestri, por desempeño vocal, incluso por físico, es el Falstaff por antonomasia de los últimos años. De las alegres comadres de Windsor, se puede resaltar la gracia y simpatía actoral, así como la oscura y radiante tonalidad de la mezzosoprano Annalisa Stroppa como Meg Page; el sentimentalismo de Carmen Giannatasio como Alice, y la profundidad vocal de Yvonne Naef como Mrs. Quickly. Nanetta fue interpretada correctamente por Giulia Semenzato. Agradó el divertido Ford de Massimo Cavalletti y por su canto, más que por actuación, Francesco Demuro como Fenton.  Correctos los demás intérpretes y el coro en sus intervenciones. 
Por su parte, Don Carlo volvió a este teatro en su versión en italiano en cinco actos, como no había sido vista desde hace cuarenta años cuando Claudio Abbado la programó en 1977. También con producción traída y estrenada en Salzburgo en el 2013, se contó con la dirección escénica de Peter Stein, las sencillas y minimalistas escenografías, situadas en la época que indica el libreto, diseñadas por Ferdinand Woegerbauer, los opulentos vestuarios de Anna Maria Heinrich, y la radiante iluminación de Joachim Barth, que jugó un rol importante, para hacer que esta puesta en escena fuera impactante, dramática y directa para estimular los sentidos del espectador. El tenor Francesco Meli ofreció un gran despliegue vocal y actoral como Don Carlo, su grato timbre posee calidez y colorido y su dicción fue notable. Ferruccio Furlanetto, demostró su habitual solidez y experiencia como Filippo II, en una de las ejecuciones más convincentes y solidas de la velada. Krassimira Stoyanova agradó por su elegancia y expresividad como Elisabetta y por la dulzura y delicadeza en su canto.  Redondearon el elenco la mezzosoprano Ekaterina Semenchuk intensa y enérgica como Eboli, y el joven barítono Simone Piazzola, muy desenvuelto como Rodrigo. El bajo finlandés Mika Kares realizó su debut de último minuto, interpretando al Gran Inquisidor, con voz potente pero escénicamente inseguro. Una mención aparte merece la dirección orquestal de Myung-Whun Chun, cargada de buen gusto, transparencia y sutileza con la que colocó a la orquesta como el elemento más descollante de la función.  El coro de la Scala también tuvo su aporte, con la firmeza que lo caracteriza.

Tuesday, September 3, 2013

Un Don Carlo que hace un homenaje a Verdi en Salzburgo

Fotos © Monika Rittershaus
 
Luis Gutiérrez

 Salzburgo, 22/08/2013. Grosses Festpielhaus. Giuseppe Verdi: Don Carlo. Opera en cinco actos con libreto en francés de Joseph Méry y Camille du Locle, traducido al italiano por Angelo Zanardini y Piero Faggioni, con base en el original de Achille de Lauzières (Académie Imprériale de Musique, 11 de marzo de 1867; Teatro alla Scala, enero 10 de 1884 y Módena, 29 de diciembre de 1886). Peter Stein, puesta en escena. Ferdinand Wögerbauer, escenografía. Annamaria Heinreich, vestuario. Joachim Barth, iluminación. Lia Tsolaki, coreografía. Elenco: Matti Salminen (Filippo II), Jonas Kaufmann (Don Carlo), Anja Harteros (Elisabetta), Thomas Hampson (Rodrigo), Ekaterina Semenchuk (Eboli), Eric Halfvarson (Il Grande Inquisitore), Robert Lloyd (Un monje/Carlo V), Maria Celeng (Tebaldo), Kiandra Howarth YSP (Una voz celestial), Benjamin Bernheim (Conde de Lerma/Heraldo real), Anna Eva Köck (Condesa de Aremberg, papel mudo) y  miembros del programa de cantantes jóvenes del Festival de Salzburgo YSP (6 diputados flamencos). Asociación de Conciertos del Coro de la Ópera de Viena. Hörn Hinnerk Andresen preparador del Coro. Orquesta Filarmónica de Viena. Director musical: Antonio Pappano.

Las producciones de Don Carlo en italiano, Don Carlos en francés, han sido desde época de Verdi diferentes en cada ocasión. De hecho, el estreno de Don Carlos en cinco actos no se hizo con la partitura inicial del compositor ya que, dada su duración, la Ópera exigió cortes, algunos notables pero sin afectar el ballet que prácticamente ya no se interpreta en nuestros días, con objeto de terminar la función a la medianoche, pues los últimos trenes salían a las 12:35.   La segunda versión, la de Milán y ya como Don Carlo, se comprimió a cuatro actos, eliminando por completo el primer acto y las dos primeras escenas del tercero de París (el ballet es la segunda escena), además de otros cortes menos notables. Para esta ocasión, Verdi compuso la romanza de “Io l’ho perduta” para presentar al infante, quien quedó sin su aria inicial. En la producción híbrida presentada en Módena, aprobada por Verdi, se reinstauró la mayoría del primer acto, lo que eliminó la necesidad de la romanza de Carlo compuesta para Milán. Por supuesto que los cambios de producción a producción en vida de Verdi, no sólo implicaron cortes, sino también modificaciones musicales, destacando la del dueto entre Filippo II y Rodrigo al final del acto II (de París) o del I (de Milán). La versión que se utiliza hoy día es la de Milán, que es la más amarga en su texto y cercana a la obra de Schiller (principal fuente de literaria del libreto), a más de ser musicalmente la más corta y significativa.  ¿Por qué escribí esta introducción? Porque lo que presenta este Festival es la producción que no sólo usa la versión de Módena, sino que reinstalan la primera escena completa de la versión original de París, la primera escena del tercer acto, así como el dueto del rey y el infante en el cuarto acto (cuya música es la semilla que usó Verdi para componer el “Lacrimosa” de la Messa da Requiem), además de algunos cortes adicionales correspondientes a la versión de París. El ballet de la reina del acto se omitió, no creo que por el tiempo adicional (¿qué son 15 minutos adicionales a las 5 horas que duró la función?), sino por el aumento considerable en el presupuesto derivado de la contratación de bailarines. Esta producción tiene muchas ventajas en mi opinión. El coro de la primera escena del primer acto explica el por qué los campesinos presionan a Elisabetta a aceptar casarse con el rey de España, para así terminar con el sufrimiento de la derivado de la guerra entre Enrico II y Filippo II. La enorme contribución de usar el primer acto es no sólo la caracterización de la princesa francesa u el infante español, así como de su amor juvenil e ingenuo, sino, y muy especialmente, el contar con el aria de Carlo “Fontainebleau! Foresta immensa e solitaria! Quai giardin, quai rosai, qual Eden di splendore” así como con el dueto de los jóvenes en el que el motivo musical que acompaña la frase de Elisabetta al entonar “Di qual amor, di quant’ardor Quest’alma è piena”, no sólo es de una belleza sublime, sino que recurrirá varias veces en la ópera. El usar la primera escena del tercer acto, que musicalmente no es excepcional, explica totalmente la sorpresa de Carlo cuando descubre que Eboli no es la reina. Es en la escena normalmente omitida, que se celebra en la noche previa a la coronación de Filippo II, cuando Elisabetta decide retirarse a sus habitaciones a la vez que presta su mantilla, alzacuello y mascada a Eboli, para que con su ropa presida el ballet. El dueto entre padre e hijo del cuarto acto ilustra nítidamente el afecto que ambos tenían por el asesinado Rodrigo.
 
Las seis funciones de la ópera estuvieron totalmente vendidas mese antes del inicio del Festival; la principal razón de ello fue la presencia de dos de los cantes más admirados de nuestros tiempos: Anja Harteros y Jonas Kaufmann, La Elisabetta de la Harteros pasará a los anales de Salzburgo y de Don Carlos en general como una de las más grandes desde que esta ópera regresó a los escenarios en los 1950’s. “Tu che la vanità conoscesti del mondo” tuvo una belleza apabullante, a más de habernos regalado con una clase maestra de cómo cantar a Verdi. Los tres duetos con Carlo fueron conmovedores, pero debo decir que jamás olvidaré “Di qual amor, di quant’ardor Quest’alma è piena” cuyos tres compases, appoggiatura incluída, transmitieron lo que podría ser el colmo de una vida feliz. En resumen, la soprano germano–griega nos regaló una función espléndida. Kaufmann también hizo lo que se esperaba de él, su aria de inicio estuvo formidable, así como los duetos con Elisabetta, su padre y en el popular “Dio, che nell’alma infondere” con Rodrigo. Durante su rebelión en la escena del auto de fe fue muy convincente, así como al llorar la muerte de su amigo. Es probable que haya tenido una nota falsa al inicio de la ópera, lo cual agradecí pues me hizo pensar que estos cantantes son seres humanos, no dioses ni robots. Matti Salminen fue una sorpresa más que agradable como Filippo II. No obstante ser su debut en este rol, estuvo sublime en “Ella giammai m’amò!” y dominante en sus otras escenas, tanto públicas como privadas, especialmente durante su gran confrontación con su hijo en el auto de fe y con su esposa, o bien precavido y hasta amenazador en su dueto con el Gran Inquisidor. Al final de la ópera se le dio un aplauso tan nutrido como el otorgado a las superestrellas. Eric Halfvarson es hoy día en Gran Inquisidor por excelencia, sus notas graves son firmes y su fraseo es perfecto. Pocas veces he visto este dueto entre poder terrenal y celestial actuado y cantado con tanta verdad y belleza. Thomas Hampson también tuvo una actuación destacada como Rodrigo, fraternal con Carlo, galante con Eboli, respetuoso con Elisabetta y rebelde con Filippo. Debo confesar que su interpretación vocal superó todas mis expectativas. Ekaterina Semenchuk como Eboli la cantó como las mezzosopranos rusas lo hacen normalmente, luciendo la voz en ambas arias, aunque cantadas fortissimo. No obstante, no hizo que la función desmereciera un ápice. El veterano Robert Lloyd cantó un magnífico monje/Carlo V y los personajes secundarios tuvieron una actuación muy buena. El coro y la orquesta tuvieron una actuación excepcionalmente buena. En especial el primer violonchelo durante el aria de Filippo y la trompeta que acompaña la muerte de Rodrigo lo hicieron con una perfección pocas veces oída por mí. Por cierto, al oír esa trompeta uno entiende porque sus sonidos tristes hacen de dicho instrumento uno de los favoritos del blues. Es muy extraño asistir a dos funciones colosales en su calidad, dimensiones, uso masivo de coros y supernumerarios como fue Meistersinger el 20 y Don Carlo el 22. Me quejé de Gatti en la reseña de Wagner, pero debo decir que Antonio Pappano logró una función perfecta con el Verdi.  La producción  de Peter Stein fue revolucionaria en un sentido poco usual. El director de escena alemán consideró que Verdi no solo era un gran músico, sino todo un hombre de teatro. Stein consideró que las Disposizione scenice de Verdi son altamente valiosas y las siguió casi al pie de la letra. Esto suscitó una crítica angloparlante altamente negativa, sin embargo, la crítica “continental” y el público lo agradecieron y lo aplaudieron. El diseño del vestuario fue meticuloso, especialmente el femenino, la escenografía austera, especialmente la de la habitación de Filippo y durante la coronación y el auto de fe brillante. Por supuesto que no inventó ningún fraile orate, a lo Torquemada, que estuviese buscando más herejes que castigar en adición a los ya destinados a la hoguera. Como he mencionado, la coreografía de todas las escenas de masas tuvo cuidado especial en no desviarse de lo dispuesto por Verdi. La iluminación fue una obra maestra. No creo que esta haya sido una puesta en escena tradicional, no puede existir tradición con tantas versiones, pero sí fue literal. Creo que no existen puestas en escena “tradicionales” o modernas, existen las literales y las no literales pero fieles a las intenciones de los creadores, muy explícitas en el caso de Don Carlo. Por supuesto existen aquellas en las que los ponedores de escena hacen de las suyas, al emplear una obra ajena para expresar la solución a un problema personal. Esto es, en cualquier idioma, un plagio descarado. Hoy no vi un plagio, vi un Don Carlo interpretado en una de formas más perfectas que he visto.

 

Saturday, November 5, 2011

Eugenio Onegin - Los Angeles Opera

Foto: Oksana Dyka (Tatiana) Robert Millard / Los Angeles Opera

L'impressione lasciata nell'ambiente dopo la prima rappresentazione locale di questa opera russa, con la quale il nuovo ciclo operistico iniziava a Los Angeles, era che il lavoro era da chiamare in realtà Tatiana. Sì, perché il soprano ucraino Oksana Dyka, dando vita a questo personaggio, ha fatto il suo debutto americano mostrando un’ambizione e una voracità scenica insolita su questo teatro palcoscenico, che ha saputo avvincere il pubblico. Con voce luminosa di tonalità brillante e intensa passione, ha ricevuta una grande ovazione dopo la sua commovente Aria della Lettera. Il baritono Dalibor Jenis sembrava guardarsi dall’arroganza e dall’impeto richiesti dal personaggio di Onegin fino alla fine della parte, e la sua performance, pur con vocalità sontuosa, non pareva più che discreto. Il tenore Vsevolod Grivnon prestava al personaggio di Lensky un elegante e gradevole tono lirico, però la sua freddezza e passività scenica risultavano talvolta esasperante. Il mezzosoprano Ekaterina Semenchuk, incarnava una frizzante e giovanile Olga, un ruolo che ben si adatta alla scura qualità e al velluto della sua voce. Corretto il resto del cast ed eccezionale il solido Gremin di James Creswell. La regia di Francesca Gilpin passava inosservata in una produzione comunque elegante, e i costumi, curati da Steven Pimlott, del Covent Garden di Londra, creavano immagini evocative, come il lago o la pista di pattinaggio sul palco, ma lo spazio limitato in altre scene ostacolava il movimento di danzatori e artisti. Con la sua mano esperta e rigorosa James Conlon estraeva musicalità, ma soprattutto l'esuberanza contenuta nella partitura. RJ

Monday, October 24, 2011

Eugenio Onegin en la Ópera de Los Ángeles

Foto: Robert Millard

La impresión que quedó en el ambiente después de la primera representación escénica local de esta opera rusa, con la que dio inicio el nuevo ciclo lírico de Los Ángeles, fue que la obra se llamaba en realidad Tatiana. Si, porque la soprano ucraniana Oksana Dyka, dando vida a este personaje, realizó su debut estadounidense mostrando una ambición y una voracidad escénica poco habitual en este teatro, con la que conquistó al publico. Con luminosa voz de brillante tonalidad e intensa pasión, recibió una estruendosa ovación después de su conmovedora escena de la carta. El barítono Dalibor Jenis, pareció guardarse la arrogancia y el ímpetu que requiere el personaje de Onegin hasta el final de la función, si bien su desempeñó fue de menos a mas y su voz es lucida y profusa, su desempeño total no paso de ser mas que discreto. El tenor Vsevolod Grivnov prestó al personaje de Lensky un elegante y grato cantó lírico, pero su frialdad y pasividad escénica llego a ser por momentos exasperante. La mezzosoprano Ekaterina Semenchuk, bordó una chispeante y juvenil Olga, muy comprometida con el papel, en un repertorio que se adapta muy bien a la aterciopelada y oscura cualidad de su voz. Correctos estuvieron el resto de los personajes, y sobresaliente el Gremin del sólido bajo James Creswell. La dirección escénica de Francesca Gilpin paso inadvertida en la elegante producción, y vestuarios, de Steven Pimlott, del Covent Garden de Londres, que creó imágenes sugestivas, como la del lago o la pista de patinaje sobre el escenario, pero cuyo reducido espacio en otras escenas entorpeció el movimiento de los bailarines y artistas. Con su mano experta y rigurosa, James Conlon extrajo la musicalidad, pero sobretodo la exuberancia contenida en la partitura. RJ

Friday, August 19, 2011

LA Opera Opens 2011/12 Season with Company Premiere of Tchaikovsky's Eugene Onegin

Photos courtesy Los Angeles Opera.; Clive Barda ROH, Oksana Dyka (soprano)

James Conlon to Conduct. September 17 through October 9, 2011

Plácido Domingo, LA Opera's Eli and Edythe Broad General Director, has announced that LA Opera's 2011/12 Season will open with the Company premiere of Piotr Ilyich Tchaikovsky's Eugene Onegin, opening at 7:30pm on Saturday, September 17, 2011, and running for six performances through Sunday, October 9. "I am delighted to open our new season with the Company premiere of a beautiful and incredibly compelling Russian masterpiece," said Mr. Domingo. "This will be only the second time that LA Opera has presented an opera by Tchaikovsky, after our 2001 performances of The Queen of Spades, and I know that many of our audiences have been eagerly awaiting these performances." James Conlon, LA Opera's Richard Seaver Music Director, will conduct all performances of Eugene Onegin. Eugene Onegin is based on the verse novel of the same name by Alexander Pushkin, one of the greatest works of Russian literature. Tchaikovsky composed the score and also wrote the libretto of his opera, in collaboration with poet Konstantin Shilovsky, creating a romantic masterpiece in which a naïve girl's letter to an arrogant gentleman sets off an unstoppable series of events, leading to a chilling duel and the termination of a love affair that was never meant to be.  In the leading roles, Slovakian baritone Dalibor Jenis and Polish soprano Oksana Dyka will make their LA Opera debuts as Eugene Onegin and Tatiana. Russian mezzo-soprano Ekaterina Semenchuk, who made her Company debut in 2010 as Fricka in Die Walküre, returns as Olga, with Russian tenor Vsevolod Grivnov making his Company debut as Lensky. The principal cast also includes American bass James Creswell, a former member of LA Opera's Resident Artist program, as Prince Gremin. The production was originally created by the late director Steven Pimlott in 2006 for the Royal Opera House, Covent Garden, and will be staged in Los Angeles by Francesca Gilpin. The scenery and costumes were designed by Antony McDonald and the lighting designer is Peter Mumford. Choreographer Ulrika Hallberg will recreate the original choreography of the late Linda Dobell. The Associate Conductor and Chorus Master is Grant Gershon.

Mr. Domingo also announced that the September 17 Opening Night performance will be broadcast live on Classical KUSC 91.5fm as part of the expanded "LA Opera on Air" radio series. For six consecutive seasons, LA Opera and Classical KUSC have partnered to bring the excitement of live performances to KUSC listeners. The live broadcast of Eugene Onegin, co-hosted by Duff Murphy and Kimberlea Daggy, will also be streamed online live at www.kusc.org. Classical KUSC will also present a live broadcast of LA Opera's opening performance of Mozart's Così fan tutte on September 18 at 2pm.

LA Opera's performances of Eugene Onegin will take place at the Dorothy Chandler Pavilion, 135 N. Grand Avenue, Los Angeles CA 90012, on the following dates:

Saturday, September 17, at 7:30pm, Wednesday, September 21, at 7:30pm, Sunday, September 25, at 2pm, Saturday, October 1, at 7:30pm

Thursday, October 6, at 7:30pm Sunday, October 9, at 2pm

Tickets range from $20 to $270 and can be purchased at the LA Opera Box Office at the Dorothy Chandler Pavilion, by phone at (213) 972-8001 or online at www.laopera.com. For disability access, call (213) 972-0777 or email wehelpyou@laopera.com.

Eugene Onegin will be sung in Russian with projected English translations. It is a joint production of the Finnish National Opera (Helsinki) and the Royal Opera House, Covent Garden (London).