Friday, December 8, 2023

La Flauta Mágica en Trieste

Fotos:  Fabio Parenzan / Teatro Verdi Trieste

Rossana Poletti

No nos detendremos aquí en el carácter milagroso de la obra de Mozart, en su revolución que, sin serlo, sentó las bases de un nuevo mundo musical, de un compositor que inició nuevos conceptos. La interpretación de Die Zauberflöte de Wolfgang Amadeus Mozart, en el escenario del Teatro Lirico Giuseppe Verdi de Trieste, fue casi perfecta a nivel musical y canora. Una dirección impecable como la de Beatrice Venezi, conocida sobre todo por el anuncio en el que se veía su pelo rubio ondeando, aquí recogido en una muy modesta cola de caballo, una dirección que permite a la Orquesta del teatro Verdi resaltar todos los estilos y matices de los que era Mozart. capaz en esta su última obra maestra. Los cantantes estuvieron impecables: desde la Pamina de Darja Auguštan hasta Tamino interpretado por Paolo Nevi; luego Nicole Wacker, una aplaudida Reina de la noche por el aria del segundo acto “Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen” (“La venganza del infierno hierve en mi corazón”) durante la cual ordena a su hija matar a Sarastro. Este fue el bajo Alessio Cacciamani. Y de nuevo, el divertido Papageno de Vincenzo Nizzardo, el hombre que debería estar cubierto de plumas y que en cambio asume el papel de sirviente, conversador, intrusivo y entretenido, como debe ser. La flauta mágica de Wolfgang Amadeus Mozart es un cuento de hadas y, como todos los cuentos de hadas antiguos, mezcla el drama con el amor y un final feliz, incluida la moralidad, que después sugiera ser un mensaje del simbolismo masónico, lo que realmente importa poco, también porque si hoy, en el año 2023, pensáramos en hombres que siguen caminos de "verdad" armados de objetos simbólicos, como la flauta de Tamino, o de números como el 3, que recorre después toda la historia de la humanidad, permaneceríamos informados sobre su seriedad. La moraleja de la Flauta Mágica es la verdad, la virtud, la armonía del hombre en la razón que lo lleva a renacer en el amor, al que sin embargo sólo unos pocos elegidos están llamados; los demás son gente sencilla del pueblo, a la que se le perdonan todas sus debilidades e ingenuidades, como Papageno a quien se le expía su incapacidad para guardar silencio, incluso cuando esto se convierte en motivo de vida o muerte. Es un mundo oligárquico, que no permite transiciones de una condición a otra. Un mundo en el que las mujeres son protegidas, pero también sumisas: «... un hombre debe guiar sus corazones, ya que sin él toda mujer suele desviarse de su propio camino...» dice Sarastro a Pamina; y el público hacia ruidos, pocos días después del enésimo asesinato de un hombre que quería velar por una mujer a toda costa. Afortunadamente, la sabiduría de Sarastro devuelve la calma cuando afirma que en su templo hay paz incluso entre los enemigos. La flauta mágica es también exotismo, que se desarrolló en aquel culto de Egipto que se extendió a Europa en el siglo XVIII. Unos años más tarde, Napoleón invadió Egipto y se llevó a casa muchos hallazgos arqueológicos, un saqueo que durante mucho tiempo había sido una costumbre de los gobernantes. Egipto entra en escena a través de ese fondo de pequeñas pirámides, pero también con la cita de los cultos a Isis y Osiris, de los que Sarastro es sacerdote.  En escena, los matices de un lejano Oriente cobraron vida con la serpiente-dragón, el juego entre el día y la noche, como en los cuentos de Las mil y una noches de Oriente Medio, los trajes más diversos y extravagantes, los peinados exagerados e inverosímiles para cada época, para dar la sensación de un cuento de hadas en un lugar y tiempo no especificados. La edición de Trieste de este importante Singspiele se cantó en alemán y se actuó en italiano, las luces de Emanuele Agliati resaltaron espectacularmente los múltiples aspectos de la ópera, y el director Ivan Stefanutti cuidó con esmero todos los detalles del vestuario y de las escenas, sin llegar a imponer en ocasiones, un ritmo y una dinámica en la actuación. El Coro Verdi, dirigido por Alberto Macrì, está bien expuesto en escena, junto con los artistas de los papeles menores: Chiara Maria Fiorani (Papagena), Marcello Nardis (Monostatos), Liu Ytian (oradora), Francesca Bruni, Eleonora Filipponi y Antonella. Colaianni (las Tres Damas), asi como Viktor Shevchenko y Gianluca Moro (sacerdotes), Caterina Trevisan, Francesca Clemente y Marina Lombardi (los tres genios) como también Gianluca Di Canito, Luigi Silvestre y Francesco Paccorini (los Tres Esclavos).



Thursday, December 7, 2023

L’elisir d’amore en Bellas Artes de México


 
Fotos: Ópera de Bellas Artes

José Noé Mercado

«El tiempo es muy sabio y responde preguntas.

Y a mí no me asusta cargar con la duda»

Nueva vida

La Doble P

Poco ha cambiado en la Ópera de Bellas Artes (OBA) desde los años 90 del siglo pasado, cuando se fijó el promedio de títulos y funciones anuales que ofrece al público. La habitación compartida de su sede con otros grupos artísticos y actividades impide, de facto, que su oferta se incremente, capte más público para sus butacas o dé cabida a todos los artistas y creativos líricos que no sólo desean, sino que acaso merecerían estar en sus temporadas. El presupuesto oficial, aumentado o disminuido a lo largo de los años dependiendo de las agendas y prioridades gubernamentales, tampoco ha sido un factor real para modificar su esquema de financiamiento ni su media de calidad, y los directivos al frente de lo que en sí es la Compañía Nacional de Ópera, dependiente del Instituto Nacional de Bellas Artes, van y vienen con la misma inercia institucional. Sirva el preámbulo anterior para consignar un punto y seguido, ya que desde el pasado 1 de noviembre y como continuación del modelo que rige a la institución más allá de cualquier discurso nutrido de posverdad, las riendas artísticas de la OBA fueron tomadas por la soprano en activo María Katzarava, en sustitución de Alonso Escalante Mendiola. Hasta esa fecha, la cantante mexicana de orígenes georgianos venía desempeñándose como directora del Estudio de la Ópera de Bellas Artes (EOBA), que se fundara en 2014, bajo la gestión del tenor Ramón Vargas al frente de la OBA, quien la dejara en 2015, luego de tres años de labor en el sexenio priista del entonces presidente Enrique Peña Nieto. En el escenario, el comienzo de la nueva etapa de la Ópera de Bellas Artes llegó el pasado 5 de diciembre con el estreno de una producción de L’elisir d’amore (1832) de Gaetano Donizetti (1797-1848), que también ofrecerá funciones los días 7, 10 y 14 del mes, en el Teatro del Palacio de Bellas Artes. La puesta en escena correspondió a Luis Martín Solís y Erika Torres, con un trazo claro y tradicional, que aprovechó la escenografía de Jesús Hernández y el vestuario de Sara Salomón —ambos recursos en tonalidades ocres, marrones y crepusculares—, para desarrollar la simpática candidez de la historia de esta ópera que cuenta con libreto de Felice Romani (1788-1865), que se basa, como consigna el programa de mano, “en el libreto Le philtre (1831) de Eugène Scribe (1791-1861) para la ópera homónima de Daniel-Francois Auber (1782-1871), basado a su vez en Il filtro, de Silvio Malaperta”. Con trigales o pacas de paja, alguna hostería, cierta escalinata desde el fondo trazando una callejuela, así como el uso del ciclorama con imágenes de paisaje sobrias y en tonalidades armónicas (cálida iluminación de Rafael Mendoza), el montaje dio un marco grato y creíble para el desenvolvimiento de las acciones y brindó profundidad y sentido al espacio escénico. Antes de iniciar la función de estreno, el sonido local anunció que el tenor Diego Silva (Nemorino) y el bajo Noé Colín (Dulcamara) se encontraban enfermos, pero que “asumirían su responsabilidad” y aún así cantarían. El público sabría así que, por lo visto, la OBA opera sin covers que entren al quite de ser necesario. Silva lució incómodo desde su aparición. Ya en “Quanto è bella, quanto è cara” su emisión perdió firmeza en la parte aguda y condicionó su canto y el estilo belcantista durante la noche, pues recurrió a frases cortas y abiertas, al falsete o al marcaje de las notas, en lugar de cantar con plena voz y suficiente legato. Colmilludo cantante y consciente de no estar en condiciones óptimas, Colín ni siquiera se expuso a emitir notas altas o a darle volumen a su canto, ofreciendo un Dulcamara hipercompensado en lo actoral, susurrante y a ratos entrecortado, a ocho años de que interpretara el rol en este mismo escenario. “Qué cátedra de profesionalismo dieron hoy los maestros Noé Colín Arvizu y Diego Silva. Bravi”, expresó en su red social un corista, luego de la función. Desde luego, cada quién puede sacar conclusiones propias. No obstante, este L’elisir d’amore contó con las destacadas interpretaciones de la joven  soprano venezolana Génesis Moreno como Adina y del barítono chihuahuense Juan Carlos Heredia como el sargento Belcore. Si bien la cantante avecindada en México es (igual que Damaris Lezama, quien abordó el rol de Gianetta) integrante del Estudio de la Ópera de Bellas Artes, lo que supone estar aún en etapa formativa, su abordaje fue emotivo y entregado, con matices y reguladores que colorearon con intención sus frases, incluso en los sobreagudos. Su voz corre con filo, brillo y volumen y aunque en algunos momentos de ímpetu requeriría cubrir más el sonido para evitar estridencias y así refinar su emisión, dejó la impresión de que es una cantante con un amplio margen para crecer sus cualidades tanto como su carrera. Heredia, por su parte, deleitó con la soltura y fanfarronería que delinearon su actuación para dar vida a Belcore. Con equilibro entre su canto, bailes y vis cómica, sin duda fue el intérprete que más pareció gozar en el escenario. Su bronceada voz lució sólida y segura y eso se transmitió al público entusiasta que asistió al teatro, sin llenarlo. Al frente del Coro (preparado por Alfredo Domínguez) y la Orquesta del Teatro de Bellas Artes, el director neoyorkino Arthur Fagen logró una lectura musical solvente y seria, con tiempos firmes y una imagen sonora en estilo belcantista. Competente y atento, cuidó lo más posible a los cantantes, trató de contener la enjundia del coro, que sobre todo en los concertantes pasaron por encima de los cantantes indispuestos, y permitió el lucimiento de quienes estuvieron en condiciones de desplegar sus interpretaciones, que por lo dicho no fueron todos. El tiempo es muy sabio y responderá si los cambios llegaron a la Ópera de Bellas Artes para bien o para seguir igual; para mejorar o no las condiciones y resultados existentes hasta el último día de octubre de 2023.



Rodelinda en Los Ángeles

Foto: Iestyn Davies (contratenor) @ The English Concert  y Ramon Jacques 

Ramón Jacques

Después de las exitosas presentaciones de Alcina y Salomón ofrecidas consecutivamente como parte de sus dos últimas temporadas, la Ópera de Los Ángeles continua su sociedad con la orquesta barroca inglesa The English Concert, que en esta ocasión ejecutó, en versión concierto, una joya musical y vocal poco representada de Georg Friedrich Händel (1685-1759), Rodelinda, reginda de’ Longobardi HWV 19, ópera seria en tres actos con música del propio Handel y libreto en italiano de Nicola Francesco Haym a partir de una pieza basada en una obra de Pierre Corneille de 1652, y que tuvo su estreno en Londres en 1725. El ciclo de óperas de Handel, en el escenario de Los Ángeles debió comenzar inicialmente en el 2000 con la ópera Tamerlano HWV 18 que desafortunadamente fue cancelada por la pandemia, sin algún aviso de que se vaya a ser reprogramar pronto. A la par de las giras anuales que incluyen, la que se está convirtiendo ya en una escala habitual y obligada en esta ciudad california, la agrupación inglesa está realizando grabaciones discográficas, para el sello Linn Records, de obras representativas del compositor alemán como Rodelinda (2021) o La Resurrezione (2022), que obtuvo reconocimientos este año, o Tamerlano, aún en proceso de grabacion. Diversas compañías y teatros de ópera, entre los que se incluye el de Los Ángeles, han dejado de producir óperas del repertorio antiguo, y les han cedido ese espacio a agrupaciones especializadas en el género, el estilo, su práctica y que lo interpretaron con instrumentos antiguos, generalmente en versión en concierto. De igual manera, algunos teatros, que deciden realizar montajes escénicos, en lo que parece convertirse en una tendencia, están optado por recurrir a agrupaciones especializadas en música barroca confiándoles la parte orquestal. A este respecto, se puede citar un  recordado hito que  ocurrió en el 2010 cuando la Ópera Estatal de Viena decidió escenificar: Alcina de Handel, presumiblemente el primer título barroco de la compañía, contando con el ensamble francés Les Musiciens de Louvre bajo la conducción de su titular Marc Minkowski; y recientemente la Ópera de Ámsterdam hizo lo propio en su montaje de Giulio Cesare invitando a Le Concert d'Astrée con su directora Emmanuelle Haïm, producción a la que asistí a principios de este año  y reseñé, misma situación que ha ocurrido en la Ópera de Paris, entre muchos ejemplos que se podrían mencionar. Desde el clavecín, y al frente de su orquesta Harry Bicket realizó una lectura eficiente de la partitura, con buena dinámica, precisión y extremado cuidado por las voces y su lucimiento en la brillante sucesión de arias que contiene la partitura. Por su parte los músicos de la orquesta se desempeñaron con desenvoltura y convencimiento en su práctica, exhibiendo un sonido homogéneo y fresco que emanó de la sección de cuerdas, así como de los oboes, flautas y la tiorba, logrando el cometido de agradar al público que escuchaba y el de crear marco adecuado para la parte cantada. Afecto a trabajar con cantantes angloparlantes, del elenco que eligió  Bicket en esta ocasión sobresalió la soprano Lucy Crowe, como Rodelinda, quien mostro virtudes en su canto como una tonalidad rica, bien articulada, la capacidad de conmover y extraer los tintes dramáticos y los momentos de sufrimiento por los que atraviesa el personaje, que adornó con sublimes ornamentos dejando momentos memorables en sus arias "L'empio rigor del fatto" y Se'l mio duol non è sì forte” además del conmovedor dúo del final del acto II "Io t'abbraccio" con Bertarido. Este personaje fue interpretado con la dominante presencia escénica y el sorprendente desempeño vocal del contratenor Iestyn Davies (tanto el cómo Crowe aparecen en la grabación mencionada de esta ópera).  El papel fue compuesto para el célebre contratenor italiano Senesino, y ofrece momentos y arias de sentimientos profundos, que aquí Davies supo transmitir con facilidad, destreza y claridad, como en la conocida aria: “Dove sei, amato bene?” Otra fortaleza del elenco fue la presencia de la mezzosoprano Christine Rice, reconocida interprete que dio relevancia al papel de Eduige por la suntuosidad de su canto, y por su desempeño actoral con el que dio sentido a su personaje.  Muy bien estuvo el contratenor Aryeh Nussbaum Cohen en papel de Unulfo, con una voz ágil, dúctil que agradó con su ejecución del aria "Fra tempeste funeste", escuchada con frecuencia en concierto.  El tenor Eric Ferring en el papel de Grimoaldo, mostro finura y elegancia en su canto, desplegando una voz ligera y grata en su color. Finalmente, en el papel de Garibaldo, de poca relevancia y fortuna en la trama, el bajo-barítono Brandon Cedel tuvo un discreto desempeño por su canto amplio, robusto, y fuera de estilo. Es de notar que, sin contar con fastuosas escenografías y vestuarios, y con tan solo ciertos movimientos, gestos y actitudes escénicas de los cantantes basta para hacer entendible la enredada historia de la ópera permitiendo a la audiencia concentrarse en la música y el canto. Al final, con mucho entusiasmo y aclamación premio el público presente a los intérpretes y músicos por la electrizante función que regalaron. Lástima que solo se haya programado una sola función, que no logró llenar el inmenso Dorothy Chandler Pavilion, además de las inexplicables deserciones de público en los dos intervalos, que demuestran que quizás la ópera barroca sigue siendo un pendiente que aún debe resolver el teatro para involucrar más a los que asisten a lo que aquí se programa.'






Wednesday, December 6, 2023

Turandot en Ferrara

Foto: Marco Caselli Nirmal

Athos Tromboni

La nueva Temporada de Ópera y Ballet del Teatro Municipal "Claudio Abbado" fue inaugurada con la puesta en escena de Turandot de Giacomo Puccini, una coproducción entre la Ópera Coreana de Daegu y la Fundación del Teatro Municipal de Ferrara, con entradas agotadas, tanto para el "estreno" como para la reposición del domingo por la tarde, como también para la previa general reservada a los estudiantes de Ferrara. Antes de que se abriera el telón de la noche inaugural, subió al escenario el cónsul general de Corea del Sur, Hyung Sik Kang, acompañado por el vicecónsul Tae Woo Kim y el concejal de cultura del Ayuntamiento de Ferrara, Marco Gulinelli. «Estoy muy contento de participar en este importante evento organizado por la Ópera de Daegu en Ferrara, una ciudad llena de belleza y encanto - afirmó el cónsul Hyung Sik Kang - porque la cultura es un elemento muy importante para nuestro país. Espero que haya otras oportunidades de colaboración e intercambio en el futuro". «Esta noche es un momento especial, fruto de un puente entre Oriente y Occidente; es el encuentro entre diferentes tradiciones teatrales - subrayó el concejal Marco Gulinelli - y expreso gran satisfacción por los notables avances dados por nuestro Teatro Municipal, gracias a un gran trabajo en equipo.»  También estuvo en el escenario el superintendente de la Ópera de Daegu, Kabgun Chung, quien agradeció a la ciudad de Ferrara la invitación para representar su Turandot en Italia, «... patria del compositor Giacomo Puccini». El elenco de cantantes estuvo compuesto todo por voces coreanas: Lila Lee interpretó el papel de la princesa de hielo Turandot, Calaf fue interpretado por Yoon Byungkil, Liù por Kim Eunhye, Timur por Moon Seokhoon, Ping por Leo An, Pong por Choi Yosub, Pang de Park Sinhae, el mandarín por Juhyeon Kim y el Emperador Altoum fue de Kim Juntae. En cambio, los grupos estables eran italianos: en el podio de la Orquesta de Città di Ferrara estuvo el maestro Marcello Mottadelli; el Coro Colsper - Coro Lírico Sinfónico de Parma y Emilia Romagna - fue dirigido por el maestro Andrea Bianchi; y el Coro de Niños del Teatro Comunale de Bolonia estuvo a cargo de la profesora Alhambra Superchi. La dirección de Plamen Kartaloff, director del Teatro Nacional de Ópera y Ballet de Sofía (Bulgaria), hizo uso de los bellos e imponentes decorados, evocadores vestuarios y atrezzo procedentes de Corea del Sur. Por supuesto, el director Kartaloff no se esforzó en diseñar una Turandot siguiendo enteramente la tradición, respetando las indicaciones del libreto en cuanto a ambientación, época y vestuario. Sobre el fondo predominantemente oscuro se levantó un "ojo" de color y el color variaba según los episodios que ocurrían, en escena y en la parte central del escenario: dentro de este "ojo" de color se sentaba el emperador Altoum y desde allí decretaba (y declamaba) sus dichos. A los lados derecho e izquierdo del proscenio se colocó el coro, ataviado con trajes rojos tradicionales chinos y con el típico sombrero cónico de bambú. El coro a veces se reagrupaba, situándose en el centro del proscenio y luego retirándose de nuevo a las esquinas opuestas. En el centro de la escena, una construcción circular y giratoria representaba gradualmente la plaza de la "ciudad prohibida" (Beijing) o el interior del palacio. El movimiento giratorio fue muy eficaz y silencioso incluso cuando la cortina en la escena se encontraba abierta. Todo estuvo organizado con gran minuciosidad y precisión, lo que transformó el espectáculo de narrativo a grandilocuente. Fue una elección estética que emocionó al público. En el aspecto musical, la dirección del maestro Marcello Mottadelli en el podio de la Orquesta Città di Ferrara fue excelente: su concertación fue eficaz tanto por los claroscuros de la partitura (los pianissimi y fortissimi, además de la dinámica intermedia) como para los tempos en staccato, de gran ayuda para la interpretación del canto de los protagonistas. Esta Turandot fue escenificada con el tradicional final de Franco Alfano extraído de las notas que dejó el propio Puccini -el maestro de Lucca había muerto sin terminar la ópera- y no hay duda de que, aquí mismo, la música exuberante y festiva subrayada sobre todo por los metales e instrumentos de la orquesta y el canto del coro que se dirige al emperador Altoum en hosannas (pero también en las partes que acompañan la declamación y el dúo de Turandot y Calaf), requiere una dosis equilibrada entre la parte instrumental y el canto, porque todo termina en caos: y, aquí también, el maestro Mottadelli demostró su preparación y su sensibilidad musical en la coordinación entre foso y escenario. Sin embargo, hubo luces y sombras, en las actuaciones del reparto: Turandot interpretada por Lilla Lee estuvo espléndida por confianza: su voz es una hoja de acero que conquista los oídos del público. Siempre afinada, muy musical, capaz de superar la plenitud orquestal con su agudo equilibrio. En cambio, la Liù de Kim Eunhye, fue menos entusiasta y aunque efectivamente cantó las notas, dio la impresión de que es incapaz de melodizar el legato de las arias de la pequeña sirvienta de Timur, por lo que su canto no seduce. Tendrá mucho trabajo por hacer para perfeccionar la transición de cantante a intérprete, sin embargo, no le faltan recursos vocales. La interpretación del tenor Yoon Byumgkol en el papel de Calaf fue decepcionante, ya que su voz parecía cansada desde el principio, carente de brillo por una clara falta de homogeneidad tímbrica, y con una entonación precaria e inseguridad en las notas altas (se murió en su garganta el si alto de Nessun dorma). Las tres mascaras estuvieron muy bien, sin duda el premio a la mejor actuación es para ellos y Lee: y ellos fueron, como ya se mencionó, Leo Ang (Ping), Park Sinhae (Pang) y Choi Yosub (Pong). El bajo Moon Seokhoon en el papel de Timur también estuvo bien con su voz cálida y suave, su emisión afinada y homogeneidad en todos los registros de la tesitura. Kim Juntae (Emperador Altoum) y Kim Juhyeon (el mandarín) tuvieron un desempeño igualmente bueno. El coro dirigido por Andrea Bianchi estuvo excelente y el coro de niños también estuvo muy bien trabajado bajo la dirección del talentoso Alhambra Superchi. El público se mostró entusiasmado y aplaudió a todo el elenco con ovaciones al finalizar la función.




Tuesday, December 5, 2023

Manon Lescaut de Puccini en Triste

Foto: Fabio Parezan

Rossana Poletti

Manon Lescaut de Giacomo Puccini, en escena en el Teatro Verdi de Trieste, podría haberse interpretado como un concierto sinfónico, eliminando cantantes, coro, figurantes y conservando sólo la música. Críticos musicales autorizados afirman con razón que se trata de una obra "sinfónica". Lo cierto es que la trama se basa también en una historia, que el propio Puccini dibujó de manera diferente a su contemporáneo Massenet, y que esta historia está dada por el texto de las arias y por los cantantes que las interpretan, como por su expresividad. Y tal vez, cada tanto hubiera sido agradable escuchar a los cantantes sin tener que gritar para superar el estruendo de la orquesta dirigida por Gianna Fratta, porque Manon es una como mencioné es una ópera sinfónica. Nada que decir de la orquesta del teatro lirico triestino que estuvo espléndida, interpretando admirablemente la perfecta construcción musical del compositor de Torre del Lago, realzando el componente dramático del amor de Manon, que no admite elementos consoladores a la luz de un éxito pesimista de la joven. Puccini seguirá el modelo de esta primera ópera real en su posterior producción con leitmotivs repetidos y citas de sus obras anteriores. La puesta en escena de Trieste, una coproducción entre la Ópera de Montecarlo y el Teatro de Erfurt, se caracterizó por la modernidad. Entraban en escena jóvenes alegres e incluso un poco desprejuiciados, un personaje, el anciano, copiado de la imagen del estilista Karl Lagerfeld, fallecido en 2019, y que fuera director de las marcas Fendi y luego de Chanel. Cabello blanco, cola de caballo larga, traje negro diminuto, corbata larga y estrecha, gafas rigurosamente oscuras, así era el Geronte de Ravoir, interpretado por Matteo Peirone, quien no tiene el mismo físico, pero sigue fielmente el cliché. Los directores suelen buscar el cambio de época en la ópera para desarrollar su idea, pero ciertamente no es sencillo debido al lenguaje arcaico de la ópera que choca demasiado con la imagen en escena. En esta Manon, el director Guy Montavon, recurre sin piedad a lo grotesco, en la escena de las prostitutas subastadas y vendidas a un puñado de lunáticos, aunque esto también puede encajar. Lo que se hace difícil de entender es precisamente el final en el que los dos amantes, Manon y Des Grieux, son abandonados para morir de hambre en una tierra desolada. La historia es muy compleja en su origen, pero en cualquier caso los dos cantan ese abandono en la hora del fin de la protagonista. En esta puesta, en cambio, hay dos habitaciones divididas por vidrio. Manon está encerrada en una celda negra y sucia. En cambio, Renato des Grieux se encuentra en la sala contigua, bien iluminada, donde hay dos paquetes de agua embotellada. Manon le dice "la sed me devora" y le pide de nuevo examinar "el misterio del horizonte, y busca, busca una montaña o una masía". El hombre debe explorar si hay alguien en la tierra desolada, si es posible encontrar agua para saciar la sed de la mujer con fiebre. Está encerrado dentro de la habitación, golpea la puerta que no se abre y dice: "No encontré nada... el horizonte no me reveló nada... Miré a lo lejos en vano". El espectador mira, siente y ve algo completamente diferente. Puede que se le llame “licencia de director” pero a decir la verdad, esa licencia parece demasiado. Las escenografías de Hank Irwin Kittel son indudablemente estructuradas, se desarrollan en una plaza donde llega el carruaje que lleva a la joven Manon y a su hermano a París, donde en un quisco se reparten helados gratuitos Una multitud de jóvenes estudiantes se sienta a las mesas, todo es alegre, pero la música ya muestra signos de una desgracia inminente. En el segundo acto la sala es opulenta, se exponen grandes sofás, esculturas y pinturas modernas que hacen una bella muestra. Manon ha abandonado a Des Grieux, con quien se había fugado por amor, tras enterarse de que Geronte quería secuestrarla, y la encontramos precisamente en este último, coloreada, llena de oro, inmersa en un lujo suntuoso, después transformada en estatua viviente por el viejo pintor, también un poderoso tesorero del estado. Las paredes de la sala cambian de color, marcando un cambio de ritmo en la obra. Al querer volver a fugarse con Des Grieux, a Manon le gustaría quitarse todas las joyas. La codicia será su sentencia: capturada, y encarcelada termina siendo vendida junto a las prostitutas. En el último acto nos encontramos en América en esa tierra desolada, compuesta por las dos salas antes mencionadas. Lana Kos fue Manon Lescaut. Nacida en la bella ciudad barroca de Varaždin, cantada y mencionada en “La condesa Mariza” de Emmerich Kálmán, debutó muy joven a los diecisiete años. En Croacia es una diva, toca el piano, es políglota, lleva una vida rigurosa y posee ya una carrera que abarca más de veinte años sobre la espalda. Su voz es hermosa e imponente con la que atravesó el exigente papel de Manon, y fue aplaudida varias veces por el público. Por cierto, la huelga convocada por los teatros de ópera italianos para el estreno de las temporadas también tuvo lugar en Trieste, por lo que asistí a la segunda función, sin la pompa del debut, sin el himno nacional, sin lentejuelas ni joyas. Kos, cantó a la par de Roberto Aronica (un buen Renato des Grieux), quien soportó el ritmo apremiante y dramático del conmovedor final. Lescaut, hermano de Manon, fue Fernando Cisneros, perfecto en el papel del gascón. El cuarteto de papeles principales incluyó al ya mencionada Matteo Peirone, en el papel de Geronte, quien era también sargento de arqueros y comandante naval, y todos aquellos papeles que lo ven persiguiendo a la pobre Manon. También en el escenario estuvieron Paolo Antonio Nevi, Magdalena Urbanowicz, Nicola Pamio y Giuseppe Esposito.



 



Monday, December 4, 2023

Falstaff en Houston

Fotos: Lynn Lane

Ramón Jacques

La siempre divertida Falstaff, ópera cómica en tres actos y última obra de 26 compuesta por Giuseppe Verdi (1813-1901) a la edad de 80 años de edad, con libreto de Arrigo Boito quien realizó una adaptación en italiano de la obra de William Shakespeare (1564-1616) The Merry Wives of Windsor y escenas de Henry, parte 1 y 2, es el segundo título de la presente temporada de la Houston Grand Opera, que junto a Parsifal de Richard Wagner (1813-1883), curiosamente también la última ópera de este compositor, y que escenificará la compañía en enero del 2024, son las dos ofertas más atractivas del actual curso del teatro que incluye títulos del repertorio tradicional, un par de estrenos absolutos, y una poco habitual representación, al menos aquí, del musical The Sound of Music de Rodgers y Hammerstein. Mucho han cambiado las cosas desde la última vez que Falstaff fue vista en este teatro en la temporada 2004-2005 cuando la compañía celebraba su quincuagésimo aniversario y el papel estelar recayó en el barítono gales Bryn Terfel que en ese momento era considerado el mejor intérprete del papel del bufón de Shakespeare. Hoy la visión de la compañía se enfoca en apoyar y promover la carrera de jóvenes y experimentados cantantes, especialmente estadounidenses, quienes, la mayoría de ellos se han formado en el estudio del teatro, y están realizando carreras, ello en detrimento de la falta de reconocidos cantantes del circuito internacional que antes se presentaban con frecuencia en este teatro y hoy rara vez se presentan. Pero Falstaff no puede llevarse a cabo si es simplemente una excusa para presentar una estrella, ya que la ópera es también una pieza en conjunto que requiere un cuarteto de intérpretes femeninas y un quinteto de hombres para impulsar y avivar su enredada trama, tanto como el propio personaje de Falstaff.  En esta ocasión, el balance vocal no estuvo del todo balanceado, especialmente por los dos personajes masculinos principales como: Reginald Smith Jr que dio vida al papel principal y exhibió un timbre de barítono de tonos oscuros adecuado para con los grandes momentos orquestales que acompañan al personaje, y en sus delirios de grandeza. Sin embargo, su desempeño estuvo fuera de sintonía con la dinámica orquestal, por momentos acelerado, poco ligero y matizado cuando se esperaba en “Quand’ero paggio” y carente de suavidad con una emisión forte y algo destemplada. Su corpulenta apariencia se apegó al personaje, y en su desempeño actoral se notó forzado e innecesariamente sobreactuado.  Misma situación fue la del barítono Lake Denson, de indudables cualidades vocales, pero que como Ford fue poco sutil, con ataques vocales algo violentos e impetuosos, carente de tonos y una emisión más suave, que le restaron credibilidad a su actuación como el arrepentimiento y afecto que debe mostrar Ford hacia su hija. De las cuatro alegres comadres, se puede mencionar el dinamismo, la nitidez y el espíritu que imprimió la experimentada soprano Nicole Heaston a Alice Ford; y Nannetta, bien personificada por la soprano Andrea Carroll quien cantó con un suntuoso y rico timbre, platinado y delicado, y que fue una especie de hilo conductor de la parte romántica en la función. Por su parte la mezzosoprano Jennifer Johnson Cano aportó el registro grave necesario y las travesuras cómicas de Mistress Quickly; y aunque la trama no le concede al papel de Meg Page verdadera atención, la mezzosoprano Emily Triegle cumplió con su cometido y en su parte en el complot hacia el protagonista.  En el papel de Fenton, Jack Swanson se complementó muy bien con el papel de Nannetta de Carroll, aportando sentimentalismo y un toque poético a su fraseo, casi susurrado por momentos, y de grato esmalte en su ligera voz y timbre. La ópera contiene otros personajes masculinos como el tenor Martin Bakari como el colérico Dr. Caius; o el tenor Michael McDermott (Bardolf) y el bajo mexicano Daniel Noyola (Pistol) los sirvientes de Falstaff personificados con gracia y malicia. El marco escénico traído de la Ópera de Los Ángeles, donde fue estrenado en el 2013, cuenta con los decorados y vestuarios de Adrian Linford que evocan, de manera estilizada, las casas de madera y los pubs de un pueblo británico, que parece extraído de un cuento. Sobre una tenue cortina diseñada como pergamino se proyectaban las garigoleadas firmas de Shakespeare. En su dirección escénica Paula Souzzi logró exponer las travesuras cómicas de la historia, a la que contribuyeron puntualmente con ligereza y humor las alegres comadres, incluido el final en el que encendidas las luces del teatro los cantantes se dirigieron al público cantando “Tutto nel mondo è burla” El director titular de la orquesta, Patrick Summers, ofreció una lectura de tono entusiasta y peso, y aunque en los conjuntos decisivos no siempre logró una perfecta sincronización entre la orquesta HGO y los cantantes, los instrumentistas confrontaron la vibrante y desafiante partitura con brío. Como dato final, en vez de hacer intermedios entre cada uno de los tres actos, se optó por unir el primero y el segundo acto, y durante los tres cambios de escena que se realizaron, la orquesta ejecutó los preludios de “La Battaglia di Legnano”, “Un Giorno di Regno” y parte de L'autunno de “I Vespri Siciliani”






Friday, December 1, 2023

El Último sueno de Frida y Diego en San Francisco

Foto: Cory Weaver

Ramón Jacques

Como último título de la temporada de su centenario, la Ópera de San Francisco, ofreció el estreno local de El Último sueño de Frida y Diego, ópera en dos actos de la compositora Gabriela Lena Frank, con libreto del dramaturgo cubano Nilo Cruz, cuyo estreno absoluto ocurrió el 29 de octubre del 2022 en el Civic Theatre de San Diego, sede de la compañía de esa ciudad.  Además, otro importante teatro californiano, la Ópera de Los Ángeles, la programó para estrenarla en su escenario en el mes de noviembre de este mismo año, logrando así que los primeros pasos de esta obra se lleven a cabo en la Costa Oeste de los Estados Unidos, concretamente en California que cuenta con una amplia población hispanoparlante.  La presencia de Lena Frank y su ópera, se convirtió en un acontecimiento histórico para San Francisco y para la región, que poseen una amplia oferta cultura y musical, ya que, además de que la compositora es oriunda de la ciudad de Berkeley, ubicada a pocos kilómetros de distancia de San Francisco al otro lado de la bahía, se convirtió en la primera mujer compositora a la que este importante teatro le comisionó una obra para ser escenificada en su escenario principal, además de  que el Último sueno de Frida y Diego es la primera ópera compuesta y cantada completamente en español en la historia de este teatro, de hecho el título de la obra permaneció siempre como lo tituló su creadora.  El marco no podría ser más alentador, ofreciéndose dentro de una temporada de gran significado y relevancia para este recinto operístico, que comenzó con el estreno absoluto de Anthony and Cleopatra de John Adams, compositor con una estrecha relación con este teatro, también residente de esta región, y que en su acervo cuenta con la ópera-oratorio, con texto en español, comisionada por el teatro Théâtre du Châtelet de París donde tuvo su estreno en diciembre del 2000.  La realidad es que pocos son los teatros estadounidenses que se han ocupado por ofrecer óperas en español, a pesar de honrosas excepciones, como la contribución que en este sentido tuvo el compositor mexicano Daniel Catán cuando en 1993 logró convencer a la Ópera de San Diego de escenificar su ópera en español la Hija de Rappacini, y convertirse en un pionero de este género, si así se le puede catalogar, lo que posteriormente generó el interés de la ópera de Houston por comisionarle varias óperas en español de las cuales surgió  la creación de Florencia en el Amazonas, la ópera en español más escenificada en Estados Unidos, seguida de Il Postino, comisionada por la Opera de Los Ángeles; y sin olvidar la trilogía de óperas-mariachi creadas por el compositor Javier Martínez y el libretista Leonard Foglia, comisionadas por los teatros de Houston y Chicago.  Sería un discurso arduo y quizás inapropiado e innecesario debatir el por qué las óperas en lengua española, salvo excepciones como las ya señaladas, no se escenifican con mayor frecuencia en teatros de un país con una enorme población de gente hispanoparlante, lo cierto es que el público aficionado a este género y que lo tiene arraigado en su interior continuara asistiendo y consumiendo todo lo que se llame ópera, que es al final un género perene, incesante y universal, sin importar la lengua en que sea cantada.  El gran acierto de Lena Frank y Nilo Cruz, fue el haberse enfocado en la figura de dos relevantes, muy reconocidos y famosos artistas platicos mexicanos en la actualidad (de hecho, Frida Kahlo es actualmente una especie de admirado mito y figura) creando un relato ficticio con la fascinación que Kahlo y Rivera sentían por el más allá y por la festividad, tan mexicana que es el día de los muertos.  Como explicó en varias ocasiones la compositora, la creación de esta obra, su primera y hasta hoy única ópera, resultó ser un trabajo arduo y largo, ya que que duró alrededor de 15 años hasta poder ver finalmente su obra  sobre un escenario, pero que sin embargo, ese periodo,  la llevó no solo a fortalecer y forjar una complicidad y una estrecha relación laboral y creativa con el propio Cruz,  sino que la llevó a afinar y a encontrar un estilo musical y de orquestación propio y a entender mejor la voz, como quedó plasmado en esta obra, que considero personalmente está destinada a trascender, porque posee los elementos necesarios para atraer a teatros y orquesta; por su suntuosa y rica orquestación, en una partitura que incorpora sonidos con marcada influencia extraída de  la música folclórica mexicana,  cabe mención,  por ejemplo el constante uso de la marimba y los alegres metales, que amalgamó  con sonidos clásicos, contemporáneos de buena manufactura creando momentos que cautivaban, que sorprendían, que atraían y sobre todo por  su virtud de manejar y resaltar el aspecto vocal, el cantable y  el coral,  con el que dotó a los personajes y al coro. La sencilla trama ocurre el 2 de noviembre de 1957, en el Día de los Muertos, unos días antes de la muerte de Diego Rivera, y a tres años de la muerte de Frida Kahlo. Ese día Diego Rivera visitaba un cementerio, rodeado de gente que acudía a honrar el espíritu de sus seres queridos y desaparecidos; y es allí donde ante su soledad Diego le pide a Frida vuelva. Aparece una anciana que vende flore, que es en realidad la Catrina, guardiana de los muertos.  En Mictlan el inframundo azteca, la Catrina le ordena a Frida que regrese a acompañar a su moribundo marido en su viaje al final de su vida –aquí se puede distinguir una cierta influencia y similitud con Orfeo y Euridice, y en la Catrina una cierta aproximación con el Mefistófeles de Fausto -  en el inframundo Frida conoce al joven Leonardo, un joven actor que, personificando a Greta Garbo, busca regresar el mundo de los humanos convenciéndola de que ella también debería hacerlo. La Catrina le autoriza a Frida volver al mundo de los vivos solo por 24 horas con la condición de de no tocar a los vivos, diciéndole “Una caricia te puede costar la memoria de tu dolor” Carente de inspiración Diego se encuentra con Frida en la Alameda, y es donde ocurre uno de los momentos vocalmente más evocadores de la obra, donde el propio Diego, sintiendo la proximidad de su muerte se dirige con Frida a su Casa Azul de Coyoacán. Frida intenta pintar, pero no logra hacerlo al no encontrar el reflejo de su imagen. Diego la anima a pintar y allí es donde aparece escénicamente una secuencia bien lograda de pinturas e imagines realizadas por ella. Con el amanecer, Frida debe volver al inframundo, y Diego entiende que la única forma que podrá vivir eternamente a su lado es yéndose también al más allá, que al final logra gracias a la intervención de la Catrina y del dios Mictlantecuhtli. Un aspecto que ha resaltado el espectáculo además de la radiante partitura de Lena Frank, fue el equipo de trabajo artístico mexicano, que ha aportó  y potenció  la autenticidad de lo que se vio escena con: Lorena Maza (directora escénica), Eloise Kazan (vestuarista), Víctor Zapatero (iluminación), sin olvidar las sencillas pero brillantes y sugestivas escenografías de Jorge Ballina, como las flores y altares de muertos en varios niveles en el primer acto, que crearon escenas muy llamativas; o la casa de Coyoacán con su inconfundible  y particular  color azul, y escenas de su interior;  además de  los cuadros de Frida, aquí representados por actores y coristas, con el fuerte impacto que solo Frida  podía plasmar.  Vocalmente el elenco se mostró muy sólido con la presencia de la mezzosoprano argentina Daniela Mack, quien mostró compenetración con el papel, cantando con brío y su seductora voz, con la que demostró admirable dicción incluso en el uso de ciertos modismos mexicanos.  Por su parte el barítono mexicano Alfredo Daza, personificó un convincente y sufrido Diego Rivera, escénicamente desenvuelto, seguro y creíble, ataviado con su inconfundible overol de mezclilla.  Vocalmente resolvió muy bien el papel, posee una voz redonda que ha adquirido mucho cuerpo, y que es además amplia y sabe modular y enunciar con elegancia, derrochando la experiencia y las tablas que ha adquirido en su larga y exitosa carrera.  El contratenor Jake Ingbar aportó el toque cómico, lúdico necesario en escena, con buen desempeño y vocalidad, y en su caracterización como Greta Garbo. Por su parte la soprano chilena Yaritza Veliz personificó a una enérgica Catrina, nunca sobre actuada, con vestuario y maquillaje que fue un deleite apreciar, además de una amplia y robusta voz de soprano, segura en los registros y en el fraseo. Meritorio fue el desempeño de los aldeanos como del tenor Moisés Salazar, el barítono John Fulton y el bajo Ricardo Lugo. Una mención merece también la soprano MIkayla Sager, y las mezzosopranos Nikola Printz y Gabrielle Beteag, quienes en escena dieron vida a los personajes e imagines extraídas de de las más conocidas pinturas de Frida Kahlo; así como la brillantez en el canto de la mezzosoprano Whitney Steele quien dio vida al papel de Guadalupe Ponti. En el podio, el director mexicano Roberto Kalb, ofreció una lectura detallada, llena de poesía e imaginación, con atención al detalle, matizando los colores de la partitura y sobretodo haciendo resaltar los sonidos folclóricos mexicanos que ofrece la partitura.  La orquesta a su cargo tocó con magia, libertad y gozo. El coro, dirigido por su titular John Keene no solo se mostró participativo en cada escena en la que tuvo actuar y participar si no que agradó por el preciso y seguramente arduo trabajo que debieron realizar sus miembros para pronunciar y sonar lo más natural posible en su canto y dicción en español.  Para finalizar, cabe debe mencionar que la vida Diego Rivera y Frida Kahlo estuvo también ligada a la ciudad San Francisco donde habitaron durante varios meses teniendo un estudio, entre noviembre de 1930 y mayo de 1930, periodo en el cual Rivero realizó tres murales, y Frida Kahlo diversos cuadros. Posteriormente y estando recientemente divorciados, ambos regresaron a la ciudad en 1940, completando Rivero un mural más y Kahlo diversas pinturas. Lo curioso es que ambos artistas decidieron casarse de nueva cuenta y la ceremonia civil se llevó a cabo el 8 de noviembre de 1940 en el Ayuntamiento (San Francisco City Hall)  el edificio que está cruzando la calle, y a pocos metros del teatro War Memorial Opera House, donde casi ochenta y tres años después fueron los protagonistas de una ópera creada en memoria suya, en la seguramente ha sido la temporada más importante del segundo teatro en importancia y nivel en Estados Unidos.



Madama Butterfly en San Francisco

 

Foto: Cory Weaver

Ramón Jacques

Madama Butterfly de G. Puccini no ingresó al repertorio de la Ópera de San Francisco en 1923, año de la fundación de la compañía, sino hasta la temporada siguiente cuando se estrenó el 26 de septiembre de 1924, pero fue incluida en la temporada del centenario porque es uno de los títulos más escenificados y gustados aquí,  donde se ha presentado en  38 temporadas (al igual que dos títulos conocidos del propio compositor como: Tosca presentada también 38 temporadas y La bohème en 45, ausentes en esta ocasión). De la innumerable cantidad de funciones quienes más veces cantaron el rol principal en este escenario –entre los años 40 y 60-  fueron las sopranos  Dorothy Kirstens (estadounidense) y Licia Albanese (italiana), pero lo que marcó un significativo vínculo con el título fue que el 30 de agosto de 1953, en uno de los conciertos de verano que la compañía realizaban en un anfiteatro al aire libre, su director musical y fundador Gaetano Merola falleció en el momento en el que dirigía una escena de la ópera. En esta ocasión, la escena transporta al espectador al año 1929 donde un convaleciente y moribundo Pinkerton, herido en combate de guerra, le entrega a Trouble, su hijo adulto, un diario con sus vivencias y su paso por Japón. Es allí donde inicia la acción, que en la idea del director japonés Amon Miyamoto, intentó crear una secuencia de lo sucedido a los personajes después de la muerte de Cio Cio San, que al final, recuenta la trama original vista a través de los ojos e imaginación de Trouble, un personaje que aparece recurrentemente en cada escena y que expresa sentimientos, interpretado por el actor John Charles Quimbo. Una idea original, quizás novedosa, pero que en escena no logro desarrollarse o lograr el efecto totalmente convincente que habrá concebido el director, y que con un personaje más en cada escena, añadió un distractor, cuya presencia por momentos no concordaba con lo que sucedia en escena. Algunos puntos válidos y actuales que toca aquí la idea de Miyamoto, que se deben mencionar son: el choque de culturas, la imposición o creencia de la superioridad de algunas razas o valores sobre otros, o la discriminación a una persona por su original racial y étnico (no olvidar que Trouble es un joven mitad japonés mitad estadounidense). Todos estos conceptos forman parte de la producción escénica ideada por la Tokyo Nikikai Opera de Japón (en coproducción con la ópera Real Danesa, Semperoper Dresde y la Ópera de San Francisco) con escenografías del diseñador Boris Kudlicka, sencillas, pero llamativas, y los elegantes vestuarios del diseñador japonés Kenzō Takada, creador de la marca de moda y perfumes Kenzo, quienes le infundieron a la escena apropiado, sencillo pero sugestivo toque japonés a cada escena, con un fundamental y bien realizado trabajo en las proyecciones vistas al fondo del escenario de Bartek Macias con la iluminación de Fabio Antoci. Los dos artistas principales convencieron por su desempeño vocal y actoral comenzando por la protagonista, interpretada por la soprano coreana Karah Son que supo gestionar bien en cada registro las cualidades liricas de su voz, y con buena proyección y color supo imprimir y transmitir, tanto en su canto como en su actuación, la dulzura y el candor esencial de su joven personaje; y el tenor Michael Fabiano, como Pinkerton, que es sobresaliente para este repertorio, mostró brillantez y un tono dorado, fresco con el que cantó  con sentimiento y emoción, y en escena se movió con desenvoltura y libertad. El barítono Luchas Meacham, dio autoridad y seguridad vocal al personaje de Sharpless. Nada que reprocharle a un cantante como el, aunque cambiaria ciertos manierismos y posturas que le dan un aire de innecesaria insolencia y malicia a la caracterización de sus personajes. Buen desempeño y una voz amplia mostró la joven mezzosoprano coreana Hyona Kim; y cumplieron en cada uno de sus intervenciones el resto de sus compatriotas, el bajo-barítono Jonwon Han, como un arrogante y mordaz Bonzo, el tenor Julius Ahn como Goro, y el barítono Kidon Choi como Yamadori; así como la soprano Mirayla Sager en su interpretación de la joven y mayor Kate Pinkerton. Sólido y seguro, como siempre, estuvo el coro del teatro que dirige John Keene; así como la orquesta, una de las fortalezas de este teatro, de la que se extrañan sus ciclos y conciertos de música sinfónica, bajo la conducción de su titular Eun Sun Kim que hizo una buena lectura de la partitura con sus fluidas melodías y tonalidades orquestales.



Thursday, November 30, 2023

Intelligence en Houston - Houston Grand Opera

Fotos: Michael Bishop

Ramón Jacques

Intelligence ópera en dos actos del compositor estadounidense Jake Heggie (1961) con libreto de Gene Scheer (1958) es el estreno número 75 que se realiza en el escenario de la Houston Grand Opera, compañía líder en comisionar, abordar y promover óperas contemporáneas, y que por primera ocasión en su historia inaugura una temporada con un título nuevo.  Cabe destacar la trayectoria de Jake Heggie, que lo sitúa como una reconocida figura por su contribución al repertorio operístico estadounidense que incluye  cooperas como: The End of the Affair (2003) y Three Decembers (2008), ambas vistas por primera vez en este escenario; así como otras composiciones estrenadas en años recientes, en la Ópera de Dallas  como: Moby Dick (2010) y Great Scott (2015), sin olvidar su título más conocido, repuesto con regularidad e incluso escenificado por teatros internacionales: Dead Man Walking que vio la luz en la temporada 2000 en la Ópera de San Francisco, ciudad donde reside el compositor y que fue además el título inaugural de la presente temporada del Metropolitan de Nueva York.  La trama de Intelligence está inspirada en un hecho histórico ocurrido en 1865 en Richmond Virginia en la cual Mary Jane Bowser, mujer nacida en esclavitud, alrededor de 1840, en la propiedad de la afluente familia Van Lew, quien obtuvo una educación académica completa, que la llevó a ser misionera en Liberia. A su regreso a Richmond fue prestada a la Casa Blanca Confederada durante la Guerra Civil Estadounidense, donde accedió a documentación e información sobre los movimientos y estrategias de las tropas del sur, que compartió, para ser enviada al norte, por Elizabeth Van Lew, quien encabezaba una red de espionaje pro-Unión. ¡Una historia digna de película de Hollywood!, que ha sido documentada en diversos artículos y libros de historia. La ópera versa sobre la cercana relación existente entre Mary Jane y Elizabeth, los riesgos de ser espías por las sospechas del Guardia Confederado Travis y de Callie Van Lew, cuñada de Elizabeth, y de la serie de vicisitudes por las que debe atravesar el personaje de Mary Jane como: traiciones, propuestas románticas, hasta llegar al final de la guerra.  La historia está contada con intensas, exageradas y viscerales actuaciones, algunas crudas, y cargadas de absurdos clichés, pero con emotividad y  mucho movimiento ya que al proceso creativo del canto y la música, se le incorporaron las danzas de la coreógrafa Jawole Willa Jo Zollar y de su compañía Urban Bush Women, que fusionó diversas expresiones artísticas para lograr una narración hoy poco vista en escenarios operísticos, pero más una indicación de que la ópera evoluciona y busca nuevas maneras de apelar e interesar al público actual. Este espectáculo logró ese cometido.  Musicalmente, Heggie creó una orquestación indudablemente moderna, harmoniosa y accesible al oído, a la que le incorporó pasajes musicales de marcada influencia del jazz y el blues, del canto espiritual (spiritual negro) y algunos motivos musicales que se repiten, que van creciendo en intensidad, desde fuertes percusiones hasta ligera simplicidad.  El libreto y la escritura de Scheer luce en los intercambios y conversaciones entre personajes, pero muestra complicaciones en algunas de las arias y duetos, cuyas floridas frases parecen sonar artificiales, incluso desfasadas.  Sin embargo, hay momentos vocales que destacar como el dueto a capella del segundo acto entre Elizabeth y Callie, con una sutil entrada de la orquesta; o la melodía con la que canta “Oh, Lord have mercy on my soul” Mary Jane al inicio de la ópera, cuyo tema de estilo espiritual o folclórico vuelve en el dúo con Lucinda, que se trata del espíritu de su madre,  donde entonan el conmovedor: “Whose arms were holding me then? Whose arms would not let me go?  El director canadiense-trinitario Kwamé Ryan, mostró la afinidad que tiene por la música contemporánea, y al frente de la Houston Grand Opera Orchestra extrajo la variedad de estilos y dinámicas de la partitura, con entusiasmo y puntualidad, sin cubrir a las voces en los momentos más intensos y pulsantes de la partitura.  El elenco contó con destacados nombres estadounidenses como la soprano Janai Brugger en el papel de Mary Jane, quien aportó su cálida voz, sentimiento y apego al personaje; así como la mezzosoprano Jamie Barton como Elizabeth, con algunas imperfecciones en su canto que fue corrigiendo a lo largo de la función.  J’Nai Bridges, mezzosoprano de claridad y brillantez en su suntuosa voz caracterizó bien al personaje de Lucinda.  La soprano Caitilin Lynch personificó y cantó correctamente a la malintencionada Callie; y el barítono Michael Mayes se mostró adecuado en apariencia y voz para el papel de Travis.  Correctos estuvieron el bajo-barítono Nicholas Newton como Henry y el tenor Joshua Blue como Wilson.  El marco escénico ideado por Mimi Lien, fue un espacio abstracto con pocos elementos escénicos, ayudado de transmisiones y proyecciones de Wendall K. Harrington, que cumplió su intención desde el punto de vista visual y estético, y los vestuarios, considerados de época, de Carlos Soto, que ayudaron a situar o imaginar la escena en los tiempos que indica el libreto.  La dirección escénica también fue de Jawole Willa Jo Zollar, más enfocada en las danzas y las coreografías que lucieron invasivas por momentos, pero que dieron dinamismo a la escena, de la que no se puede hablar de un verdadero desenvolvimiento o trabajo actoral de los personajes cantantes, algunos algo estáticos sobre la escena.




Sunday, November 12, 2023

La Novena de Beethoven con la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México.

Fotos: Andrea Morales / OFCM

José Noé Mercado

Apreciar la esencia humana que puede transmitir una interpretación musical suele ser un gozo que trasciende y da sentido y sensibilidad a una actividad artística. En otras ocasiones, acaso igual de excepcionales, el estatus vital puede condicionar aspectos técnicos de la ejecución y, de hecho, convocar sensaciones de asombro y pena involuntaria. Esto último ocurrió los pasados 4 y 5 de noviembre en la Sala Silvestre Revueltas del Centro Cultural Ollin Yoliztli, cuando la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México (OFCM), como parte de su Tercera Temporada 2023 (que se realiza entre el 10 de septiembre y el 10 de diciembre), interpretó la Sinfonía No. 9 en re menor, Op. 125, Coral, de Ludwig van Beethoven (1770-1827). El programa contó con las participaciones invitadas de la soprano Angélica Alejandre, la mezzosoprano Cassandra Zoé Velasco, el tenor Rodrigo Petate, el bajo-barítono Rodrigo Urrutia, el Coro Filarmónico Universitario bajo la dirección de José Luis Sosa, así como la batuta del maestro estadounidense Michael GilbertJustamente, la presencia en el podio del concertador nacido en Memphis, Tennessee, condicionó de principio a fin el resultado musical de la obra. Su avanzada edad, en combinación con una temblorina constante —acaso producto de alguna enfermedad— generó una lectura musical sucia, con indicaciones confusas e imprecisas que permearon en el sonido producido por las diferentes secciones de la orquesta. Los instrumentistas hicieron su esfuerzo para brindar una imagen sonora en conjunto, pero los fraseos en destiempo y sobre todo una suerte de barullo no logró evitarse, en los contornos y en los respiros de las notas y sus ataques. El punto más penoso, y conmovedor al mismo tiempo, fue cuando el director giró a dirigir al público, en un pasaje que no era ni siquiera coral. Esos lapsus se presentaron de igual manera en el proceso de ensayos, cuando el también director musical de Eroica Ensamble y Music Masters Course Japan, volteaba a dirigir las butacas vacías. En la semblanza musical de Gilbert se consignan actuaciones como concertino o violinista bajo batutas legendarias como la de Herbert von Karajan, Leonard Bernstein, Leopold Stokowski, Pierre Boulez, Zubin Mehta, Kurt Masur, Erich Leinsdorf  o Claudio Abbado. Esa carrera, sin duda destacada —y ahí ese lado humano señalado arriba, que incluye la vejez, la pérdida de facultades o la enfermedad—, contrastó con lo que el público, los integrantes de la OFCM y los intérpretes invitados pudieron constatar en este par de conciertos. Aunque ni el coro ni los solistas eludieron del todo las consecuencias de una dirección farragosa como la descrita, esta sinfonía de Beethoven contiene la suficiente belleza y fuerza musical para disfrutar, mal que mal, de numerosos pasajes, sea como sea. No por nada se trata de una de las obras emblemáticas de la música sinfónica, lírica y universal. Las voces de Angélica Alejandre (brillante, segura en el registro agudo) y Cassandra Zoé Velasco (resonante, madura, con un atractivo color) atravesaron con experiencia y buen gusto sus retos particulares. Ambos Rodrigos, Petate y Urrutia, debieron encontrar primero las ventanas sinfónicas (en volumen, articulación estilística y comodidad de sus emisiones), para integrar sus instrumentos al conjunto y sumarse en un cuarteto mexicano de tintes operísticos, de matices casi verdianos, igual recompensado con tres llamados al escenario una vez concluida la obra, por los intensos aplausos del público asistente, que agotó las localidades en ambas fechas. Los integrantes de la OFCM solicitaron a su dirección artística, encabezada por el maestro Scott Yoo, que fuera la última vez que la agrupación contara con la batuta invitada de Gilbert, ante lo complicado de trabajar en las condiciones que acarrea su presencia. En todo caso, se trató de una Novena de Beethoven única: rara. Acaso por ello no memorable, pero sí anecdótica. Muy humana.    



Pierrot Lunaire en la Sala Nezahualcóyotl de Ciudad de México

Fotos: Sarah Maria Sun / TV UNAM 

José Noé Mercado

Hablar de música contemporánea en el mudo clásico es peculiar, pues se trata de una etiqueta amplia no solo en términos de sonoridades y geografías, sino también de años; épocas que pueden remontar a los ya lejanos albores del siglo XX. Un filtro válido, por su trascendencia y solidez, para aproximarse al repertorio y a los autores que ondean esa bandera de lo contemporáneo puede ser la llamada Segunda Escuela de Viena, pionera y revolucionaria en el desafío de las formas y las texturas de la tradición musical precedente. En esa vertiente, y con el título Foco Viena 1900, el pasado 3 de noviembre se presentó en la Sala Nezahualcóyotl del Centro Cultural Universitario un concierto que incluyó música de los compositores Alban Berg (1885-1935), Arnold Schoenberg (1874-1951) y Anton von Webern (1883-1945), con la participación de la soprano alemana Sarah Maria Sun y el Ensamble Música UNAM (Iván Pérez, violín; Anna Arnal, viola; Luz del Carmen Águila, violonchelo; Betsaida Romero, flauta y piccolo; Fernando Domínguez, clarinete y clarinete bajo; Gonzalo Gutiérrez, piano), bajo la dirección musical de Christian Gohmer. Para abrir el programa se interpretó la Sonata para piano, Op. 1 (1907-1908) de Alban Berg, seguida de las Seis pequeñas piezas para piano, Op. 19 (1911) de Arnold Schoenberg y las Cuatro piezas para violín y piano, Op. 7 (1910) de Anton von Webern. Ya en la interpretación de estas piezas se pudo apreciar las premisas y características de los compositores y sus búsquedas sonoras, como un estilo que forjaría escuela. La brevedad casi disruptiva, la atonalidad, la búsqueda y exploración de texturas y combinaciones rítmicas, así como la disolución de las viejas formas clásicas se convierten en un norte al que apuntan la creatividad y las atmósferas. Antes del intermedio también se ofrecieron Tres pequeñas piezas para violonchelo y piano, Op. 11 (1914) de Von Webern y Cuatro piezas para clarinete y piano, Op. 5 (1913) de Berg, que propiciaron el clímax del concierto, pues luego de la pausa se interpretó como obra principal Pierrot Lunaire, Op. 21 (1912) de Schoenberg. Los 21 incisos de esta obra basada en poemas de Albert Giraud, estructurados en tres partes, permitió a la soprano Sarah Maria Sun dar relieve a los contrastes, claroscuros e incluso contradicciones, del inquietante, oscuro y enigmático mundo de Pierrot, héroe y bufón, nostálgico, malévolo y paródico. Mucho más. Esta incursión lírica interactúa, como lo consiguió la intérprete, en distintos niveles de ritmos, atmósferas, texturas y recursos técnicos, con el atípico ensamble instrumental (clarinete, flauta, piano, cuerdas; si bien originalmente fue concebido solo para voz y piano y suele variarse la dotación). Esa inquietud expresiva de Schoenberg resume en buena medida la necesidad de seguir nuevos caminos que reformularan la música clásica. Sarah Maria Sun, que cuenta con más de dos mil obras en su repertorio (piezas que van desde el siglo XVI hasta el XXI, 400 de ellas estrenos mundiales), apareció en el escenario con un conjunto de chaleco y pantalón en color negro, peinado con coletas, lo que abonó en la esencia sobria y taciturna y a la vez burlesca, precedente del cabaret y el clown, de este Pierrot LunaireLa remarcada gesticulación y, sobre todo, el avezado uso de la soprano del sprechgesang y el sprechstimme, esa frontera lírica donde se mezcla el habla cantada con el canto hablado, dejó en claro que el belcanto y sus florituras ya no estaban en el radar de Schoenberg y que la intérprete alemana fue capaz de convocar herramientas expresivas adecuadas y estilísticas en esta presentación, en la que utilizó micrófono de diadema. Justo la teatralidad de la obra requiere optimizar el volumen y por tanto el entendimiento de las palabras. Musicalmente, el acompañamiento que brindó Christian Gohmer fue seguro y lucidor en tanto que articuló la maquinaria sonora, que encuentra mayor esplendor en su compuesto técnico que en el despliegue melódico o en el lirismo entrecortado. Su experiencia en el repertorio contemporáneo salió a flote y lo hizo también su entendimiento de la voz, instrumento que no es ni contemporáneo ni clásico en su expresividad, sino atemporal, más allá de su uso y disposición.